Antes del fallecimiento de su padre Iaakov, Iosef llevó a sus dos hijos (Efraim y Menashé) para que recibieran las bendiciones de su venerado abuelo. Si bien Menashé era el primogénito de Iosef (y como tal tenía el derecho oficial a recibir la bendición más prestigiosa), Iaakov reconoció que era Efraim quien debía recibir la bendición más importante.

Israel extendió su [mano] derecha y la puso sobre la cabeza de Efraim, aunque era el menor, y su [mano] izquierda sobre la cabeza de Menashé… y puso a Efraim delante de Menashé (Génesis 48:14-20).

La Torá describe el diálogo que tuvo lugar entre Iaakov y Iosef sobre esta acción peculiar. Iosef creyó que su padre (que a esta altura había perdido la vista) cometió un error, por lo que intentó corregirlo. Sin embargo Iaakov le respondió: “y su padre se negó y dijo: ‘lo sé, mi hijo, lo sé. Él (Menashé) también será una nación y también será grandioso. Sin embargo, su hermano menor será más grandioso que él…’” (Génesis 48:19).

La pregunta que podemos formular es: ¿por qué es tan importante qué mano se pone sobre quién? Podríamos pensar que la fuerza de una bendición depende exclusivamente de su contenido y de la intención con la que se dice. Pero la Torá nos enseña claramente lo contrario. Es decir, que la mano que pone sobre la cabeza de cada uno tiene un impacto y una importancia muy grande en la fuerza de las bendiciones.

Encontramos una idea similar respecto a Itzjak Avinu, cuando quiso bendecir a Esav (1). Él le ordenó a Esav que le trajera sus platos favoritos, y dijo: “[Los] comeré para que mi alma te bendiga” (Génesis 27:4). También aquí no podemos dejar de preguntarnos qué tiene que ver el hecho de comer los manjares con darle una bendición a un hijo.

Lo que aprendemos de esta observación es uno de los principios más fundamentales de la Torá y del judaísmo. Hashem creó un universo que tiene una realidad dual: la realidad física y material por un lado, y la metafísica/espiritual por el otro. El ser humano está compuesto por cuerpo y alma. Uno sin el otro simplemente no es un ser humano. Por lo tanto, si queremos servir a Hashem de la mejor forma debemos utilizar ambas facetas de nuestra existencia en conjunto.

Sin embargo es todavía más profundo. Como seres humanos que viven en un mundo físico (la neshamá-alma es enviada a este plano físico de existencia, en vez de que el cuerpo sea enviado al cielo), nuestro modo principal de funcionamiento es en el mundo físico. En general, sólo logramos acceder completamente al mundo espiritual a través del uso adecuado del mundo físico y al funcionar correctamente en su interior.

Por esa razón, el hecho de colocar la mano derecha sobre la cabeza de Efraim marcó una gran diferencia. Al utilizar su mano más fuerte para bendecir a Efraim, Iaakov accedió a su potente fuerza espiritual interior. No sólo existe una correlación directa entre lo físico y lo espiritual, sino que la forma principal mediante la que podemos acceder y expresar nuestra fortaleza espiritual es a través del uso adecuado de nuestras capacidades físicas.

Cuando Itzjak comió los manjares que le trajo su hijo, la satisfacción y la alegría física que sintió se convirtieron en un conducto a través del que accedió y expresó su entusiasmo espiritual.

Por supuesto que el acceso a la fortaleza espiritual a través de acciones físicas depende de la forma en que uno utiliza el mundo físico. Si uno lo utiliza como un fin en sí mismo, entonces funciona como un bloqueo a la espiritualidad y provoca que la persona se hunda en la tosquedad del materialismo. Sólo cuando uno conduce sus actos físicos de acuerdo con la Torá y de esta forma los imbuye de un elevado propósito y significado, el mundo material se convierte en un mecanismo para acceder y amplificar el mundo espiritual.

Esta idea nos ayuda a entender el énfasis de la Torá en una lista prácticamente infinita de mitzvot que se cumplen con acciones físicas. Cada acción física que realizamos para servir a Dios sirve para imbuir todo nuestro ser con espiritualidad, porque a través de esas acciones físicas accedemos a la espiritualidad. Comprender esto nos ayuda a entender mejor lo cuidadosos que debemos ser con todas nuestros actos físicos y cómo debemos intentar constantemente imbuirlos con propósito y significado, a través del cumplimiento meticuloso de las mitzvot.

Algunas religiones dicen que para que el ser humano alcance su pináculo de grandeza y espiritualidad, debe negar su aspecto físico (y dado que la abstinencia llevaría a la cesación de la especie humana, sólo unos pocos elegidos están destinados a alcanzar esa santidad, mientras que los demás deben honrarlos). Los judíos decimos que eso no tiene ningún sentido. La Torá nos enseña que debemos tener consciencia de que nuestro ser incluye también un componente físico y que debemos funcionar y crecer espiritualmente dentro de una existencia física. No negamos lo físico, sino que más bien lo canalizamos.


Nota:

(1) En ese momento, Itzjak deseaba bendecir a Esav, pero Rivka recibió una profecía que le informó que era Iaakov quien debía recibir la brajá. Por eso Rivka le instruyó a Iaakov que engañara a Itzjak y se hiciera pasar por Esav.