Después de dar instrucciones detalladas del procedimiento para la inauguración del Mishkán y la ofrenda del korbán tamid (la ofrenda diaria) el versículo dice: “Residiré entre los Hijos de Israel y seré para ellos un Dios. Sabrán que Yo soy Hashem, su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para residir entre ellos. Yo Soy Hashem, su Dios”. (Shemot 29:45-46).

Los versículos declaran claramente que el objetivo de la redención de Egipto y la subsiguiente entrega de la Torá era que la Shejiná, la presencia de Dios, residiera entre nosotros. Que nuestra vida estuviera llena de la santidad de Dios.

A partir del versículo, queda claro que el punto central de residencia de la Shejiná es el Mishkán (y posteriormente el Beit HaMikdash, el Templo Sagrado). Sin embargo, nuestros Sabios dejan claro que todo hogar judío es un Mikdash Meat, un santuario en miniatura. En el tratado de Brajot 6b, la Guemará dice que alegrar al novio el día de su boda es como reconstruir una de las ruinas de Jerusalem.

Asimismo, la Guemará en el tratado de Sotá 17a dice que si un hombre y su esposa conviven de forma meritoria (es decir, llevan una vida de Torá con paz y armonía), la Shejiná reside entre ellos.

Dado que lograr una vida de santidad es el objetivo principal de nuestro pacto con Hashem, debemos esforzarnos mucho para asegurarnos de alcanzar ese objetivo.

Al final del Shemá leemos: “…para que recuerden y hagan todas Mis mitzvot y sean santos para su Dios” (Bamidbar 15:40). Vemos que la clave para alcanzar ese estado de santidad es respetar las mitzvot. A través del estudio y del cumplimiento de la Torá logramos el objetivo para el cual entramos al pacto con Hashem.

Sin embargo, es crucial tener siempre en mente las palabras de reproche del profeta: “Y Hashem dijo: ‘esta nación se acerca [a Mí], con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón se ha distanciado de Mí, y su temor a Mí es una cuestión de rutina’" (Isaías 29:13).

En otras palabras, no es suficiente cumplir las mitzvot por rutina, aunque eso es infinitamente preferible a no realizarlas. El mandamiento es “servir (a Dios) con todo tu corazón y toda tu alma” (Devarim 11:13).

Estudiar Torá y cumplir mitzvot no debe ser el cumplimiento mecánico de rituales religiosos, sino que debe ser el camino a una relación real y verdadera con Dios. Un versículo en Shir HaShirim (3:11) que dice: “Salgan y vean, hijas de Sión, al rey Shlomó (en este contexto es una referencia a Hashem) [adornado] con la corona con que su madre lo coronó el día de Su boda y el día de la alegría de Su corazón”. La Guemará, en el tratado de Taanit 26b, explica que “el día de su boda” se refiere al día en que Hashem nos dio la Torá en el Monte Sinaí. Debemos entender que ingresar al pacto de la Torá entre Hashem y el pueblo judío fue similar a la relación que se forma entre un esposo y su mujer a través del lazo del matrimonio.

Un hombre debe ser compasivo y considerado con su esposa, y también ella debe serlo con él. Además, para que el matrimonio tenga éxito, ambos deben tener responsabilidades y obligaciones el uno para con el otro. Con certeza, si no se concretan las acciones más básicas y críticas, el matrimonio estará destinado al fracaso. Sin embargo, es igualmente claro que esas obligaciones no deben realizarse por rutina, porque si fuera así daría como resultado la anulación de la base de la relación matrimonial, y sólo quedaría algo comparable a una sociedad comercial. Puede que esa sociedad comercial” sea muy beneficiosa en un sentido práctico, pero no es una verdadera relación matrimonial.

Lo mismo ocurre en nuestro pacto de Torá con Hashem: debemos crear una relación real con nuestro Creador. Para ello es necesaria la participación completa y constante de nuestras emociones más profundas. El Zóhar dice: “Dios desea el corazón”. El objetivo es estudiar Torá y cumplir Sus mitzvot con un éxtasis constante de amor hacia el Creador, Quien nos inunda constantemente con Su infinita beneficencia y nos brinda permanentemente oportunidades, a través de Su Torá, para alcanzar la recompensa máxima en el Olam Habá, el Mundo Venidero.

Por supuesto, al igual que en la relación del matrimonio humano, esto es algo que desarrollamos y profundizamos a lo largo de la vida. En este aspecto, el factor principal es evitar tanto como podamos caer en la complacencia y la rutina. Siempre debemos recordar que Dios valora infinitamente cada nivel que alcanzamos. Y algo todavía más importante: cada pequeño esfuerzo que invertimos, incluso cuando no sentimos ningún resultado tangible, para Dios es un enorme tesoro.