El Gran Diluvio provocó la destrucción completa y absoluta de toda la civilización y de toda vida. La única excepción fue Nóaj y su familia. Está escrito: “con Hashem marchó Nóaj” (6:9); por ello tuvo el mérito de que él y su familia se salvaran de la destrucción. Sin embargo, la salvación de Nóaj es mucho más compleja que lo que se aprecia a simple vista.

La porción de la Torá describe la desolación del mundo y que sólo quedó Nóaj. Entonces, la Torá dice: “Dios recordó a Nóaj… y Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas se calmaron” (8:1).

Rav Iaakov Weinberg zt”l explicó que cuando la Torá usa el concepto de recordar en referencia a Hashem, esta es una expresión de juicio. Esto significa que (por así decirlo) Hashem analiza algo para decidir qué hacer con ello.

En nuestro contexto, esta idea revela muchas cosas: que Nóaj y su familia debieran salvarse de la aniquilación es una cosa, pero que tuvieran el privilegio de abandonar el arca y comenzar a reconstruir el mundo desde cero… eso requiere un juicio por separado.

El resultado es que Hashem le ordena a Nóaj abandonar el arca con su familia y con todos los animales y comenzar la reconstrucción del mundo. ¡Vaya un nuevo lote de tierra!

Nóaj tiene ante sí la oportunidad de un millón de vidas: ¡determinar el curso y la dirección de toda la historia mundial! La civilización previa fue destruida porque se volvió completamente perversa y corrupta. Ahora Nóaj tiene la oportunidad de supervisar y dirigir la fundación de un mundo nuevo y mejor. ¡Qué increíble responsabilidad!

Si bien Nóaj comenzó con el pie derecho al ofrecer sacrificios a Hashem (a los que Hashem respondió estableciendo el arco iris como señal eterna del pacto en el que Él se comprometió a no volver a destruir nunca el mundo), posteriormente Nóaj cometió un error terrible, como vemos en el siguiente pasuk: “Nóaj, hombre de la tierra, comenzó y plantó un viñedo. Bebió del vino y se emborrachó, y fue descubierto en el medio de su tienda(9:20-21).

Rashi explica que la palabra hebrea para “comenzó”, vaiajel, tiene la misma raíz que la palabra julín, que significa mundano o profano. Nóaj se profanó porque debería haber elegido plantar otra cosa. Esto se enfatiza todavía más por el hecho de que la Torá se refiere a Nóaj como el hombre de la tierra, lo cual indica que se involucró demasiado con el ámbito material y físico para alguien de su altura y posición.

Nóaj plantó un viñedo. Si bien es cierto que el vino tiene muchos beneficios para la humanidad, sigue siendo, principalmente, una bebida para disfrutar. Inherentemente, no tiene nada de malo que el hombre disfrute de placeres. De hecho, cuando son disfrutados de la manera correcta y con el objetivo adecuado, los placeres pueden ser una actividad muy meritoria. Por ejemplo, quien come exquisiteces en Shabat para expresar la importancia del día cumple una gran mitzvá.

Sin embargo, con certeza el placer corporal cuyo objetivo de afianzar al hombre en el materialismo mundano es bastante negativo. ¡Mucho más cuando se trata del hombre que tiene la obligación de fundar los cimientos del nuevo mundo! ¡Él debería haber estado sumamente preocupado por el bienestar de la civilización a largo plazo!

Hashem no nos creó para que usemos el mundo con ilimitada indulgencia, como si nuestras acciones no tuvieran consecuencias. En cambio, se espera que utilicemos el potencial físico del mundo para un propósito más elevado. Ese objetivo más elevado es el servicio a Dios. Cuando construimos escuelas para brindarles a nuestros niños una educación judía apropiada, cumplimos ese objetivo. Cuando utilizamos nuestros recursos para realizar actos de caridad y bondad, cumplimos ese objetivo.

Debemos aprender de Nóaj y no repetir su error. En nuestra vida encontramos constantemente nuevos lotes de tierra esperando ser labrados, y nosotros decidimos lo que plantamos en ellos. Las oportunidades son abundantes y debemos usarlas para lograr la tarea que se nos asignó en este mundo: servirle a Hashem.