Basado en Divrei Torá de Rav Iaakov Weinberg ztz"l.

Un tema importante que aparece en Ki Tisá es el infame pecado del éguel hazaav, el becerro de oro. Esta horrenda trasgresión es uno de los peores errores que cometió Klal Israel en toda la historia.

La reacción inmediata de Dios fue: Déjame… y los destruiré…” (32:10). De hecho, este pecado de idolatría fue tan grave que era de esperar semejante decreto Celestial. Sin embargo, nuestros Sabios revelan que la expresión “déjame” tuvo la intención de permitirle saber a Moshé que Dios destruiría al pueblo judío sólo si él no rezaba para salvarlo. Hashem le estaba diciendo a Moshé que sus plegarias podían salvar al pueblo (1).

Moshé entendió lo que se esperaba de él, rezó fervientemente en favor del pueblo y evitó el decreto. Sin embargo, el pecado no quedó absuelto de todo castigo: “…en el día que Yo tome en cuenta, tomaré en cuenta su pecado contra ellos” (32:34). Rashi explica que esto significa que a lo largo de las generaciones, siempre que el pueblo judío sufra un castigo por haber cometido una trasgresión, también sufrirá un poco por el castigo que merece a causa del pecado del éguel hazaav. En cada castigo hay una parte que es consecuencia de este terrible pecado.

¿Cómo podemos entender lo que ocurrió aquí?

¿Cómo es posible que después de las diez plagas, la partición del mar y, por supuesto, la revelación en el Monte Sinaí, de repente el pueblo judío creyera que una estatua de oro con forma de vaca era un dios? Además, si su trasgresión fue un claro y evidente acto de avodá zará, idolatría: ¿por qué tuvo lugar cuando pensaron que Moshé se demoraba en bajar del Monte Sinaí? La Torá explica claramente que el pueblo pensó que Moshé no iba a volver, y por eso le exigieron a Aharón que hiciera un dios que los liderara.

“La nación vio que Moshé se demoró en descender de la montaña y el pueblo se reunió alrededor de Aharón, y le dijeron: ‘levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moshé, el varón que nos hizo subir de la tierra de Egipto, no sabemos qué le ocurrió’" (32:1).

¿Acaso de repente el pueblo judío creyó que Moshé era un dios, por lo que ahora necesitaban reemplazarlo con un dios nuevo? Obviamente que no.

¿Cómo se entiende lo que ocurrió?

Algunos pasajes interesantes de los Neviim generan más preguntas sobre este tema.

En el libro Reyes II está registrada la división del pueblo judío. Rejavam sucedió a su padre, Shlomó, como rey único de Klal Israel. Sin embargo, a causa de los grandes impuestos que impuso sobre la nación (en contra del consejo de sus principales asesores), surgió una rebelión y un hombre llamado Ierovam (ben Nevat) se coronó como rey de diez shvatim (tribus) (3). Rejavam permaneció como rey de las tribus de Iehudá y Biniamín.

El profeta continúa relatando que Ierovam quiso mantener a su gente lejos de Ierushalaim y del Beit HaMikdash (4). Con este fin, Ierovam erigió un becerro de oro en la ciudad de Beit El y otro en la región de Dan. A continuación Ierovam le dijo al pueblo: “Ya subieron suficiente a Ierushalaim. Este es su dios, que los sacó de la tierra de Egipto” (5). Esta expresión fue exactamente la misma que la multitud que comenzó con el becerro de oro les dijo a los judíos en ese momento: y dijeron: este es tu dios, oh Israel, que te sacó de la tierra de Egipto” (32:4).

Es imposible no sorprenderse. Si hay un pecado que podríamos pensar que el pueblo judío no repetiría, ese es el éguel hazaav. Un pecado que casi trajo la destrucción completa del pueblo y por el que sufrimos generación tras generación… ¿Y ahora lo repiten? Sin embargo, vemos que el pueblo no sólo no rechazó de inmediato la propuesta de Ierovam, sino que sus becerros de oro acompañaron a todos los reyes del Reino de Israel hasta su exilio, generaciones más tarde.

Quizás todavía más confuso sea el siguiente relato. En Reyes II, capítulos 8-10, leemos que el profeta Elisha le ordenó un hombre llamado Iehú exterminar la dinastía del Rey Ajav (6). Ajav y su esposa, Izével adoraban a un ídolo llamado báal y usaban todo el poder de su reino para esparcir esa idolatría en el pueblo judío (7). Obedeciendo la orden, Iehú exterminó toda la descendencia del malvado Ajav y por ello recibió cuatro generaciones de reinado.

Sin embargo, el profeta nos dice: “Y Hashem le dijo a Iehú: ‘Como hiciste bien en hacer lo correcto… cuatro generaciones se sentarán por ti en el trono de Israel’. Y Iehú no fue cuidadoso de ir de acuerdo con la Torá de Hashem, el Dios de Israel, con todo su corazón, porque no se alejó de los pecados de Ierovam, quien hizo que Israel pecara” (10:30,31).

¡Increíble!

¿Iehú recibió una gran recompensa por destruir una forma de idolatría, y participó en otra idolatría?

Obviamente, “los pecados de Ierovam” no pueden haber sido una simple idolatría.

La respuesta a estas preguntas debe ser que no idolatraban al becerro de oro mismo sino a Hashem, usando la imagen del becerro de oro como una ayuda, un intermediario para dirigir su concentración hacia Hashem.

No te equivoques, esta es una trasgresión muy severa, incluida en el segundo de los Aséret HadDibrot: "No tendrás otros dioses… no harás para ti ni efigies talladas ni otra imagen… (Shemot 20:3-4). Incluso está prohibido hacer una figura para servirle a Hashem a través de la misma. Eso es un desprendimiento de la prohibición general de idolatría.

Relacionarse directamente con Dios es bastante difícil. Él es completamente trascendente. No lo podemos sentir a través de los cinco sentidos, tampoco podemos entenderlo intelectualmente, ni siquiera de una forma muy abstracta. Es el ser absoluto, es infinito, está por completo fuera de nuestra capacidad de entendimiento. Sí, podemos saber que Hashem existe, pero no podemos entender qué es. Dios es un ser real, completo, absoluto, independiente, infinito. Es completamente imposible describirlo o entenderlo.

Al parecer fue por esta dificultad para relacionarse con Dios que el pueblo judío cometió un error sutil pero muy grave y comenzó a pensar que Moshé no sólo era su intermediario para recibir la Torá de Hashem, sino también un intermediario para servirle a Dios. Este fue un error grave, porque cuando se trata de servir a Hashem, no hay intermediarios. Está prohibido hacer cualquier imagen, incluso como un medio para relacionarnos con Dios. Esto está incluido en la prohibición de idolatría.

Por esta forma incorrecta de relacionarse con Moshé, cuando pensaron que Moshé estaba muerto necesitaron algo que cumpliera su función, es decir, que fuera un intermediario entre el pueblo y Hashem. Por eso hicieron el éguel hazaav. Es decir que el éguel hazaav no fue la típica idolatría, sino una forma más sutil: la trasgresión de usar imágenes o íconos en el servicio de Dios.

De la misma manera Ierovam convenció a sus súbditos de que el pueblo judío sólo tenía prohibido hacer el becerro de oro en el desierto. Allí tenían a Moshé y debían seguir esperando que regresara. Además, en el desierto también tenían un contacto más directo con la Shejiná, la Presencia Divina. Pero Ierovam les dijo que ahora tener becerros de oro no sólo estaba permitido sino que era recomendable. Asimismo Iehú si bien se esforzó para eliminar la idolatría, tropezó con los pecados de Ierovam”, que era una forma de idolatría mucho más sutil basada en la utilización de íconos para servir a Hashem.

La raíz del error de utilizar íconos para adorar a Hashem es la dificultad de relacionarse con un Ser que no puede ser percibido con los sentidos. Normalmente, nuestra mente procesa la información que recibimos por los sentidos: al ver los límites de un objeto o el aroma de un alimento, la mente desarrolla definiciones que permiten entender al objeto en cuestión. Con Hashem, esto es imposible. Ni siquiera los más elevados ángeles pueden entender qué es Hashem.

Cuando se trata de servir a Hashem, la idea es: “Y sabrás… y lo harás llegar a tu corazón, que Hashem es Dios, en los Cielos y en la tierra debajo, y que no hay otro” (Devarim 4:39).

Simplemente debemos saber y tener consciencia de que Él es; que Él es el único Ser Verdadero y que guía el universo, da leyes, recompensa y castigo, etc. A fin de cuentas, el objetivo es llevar esa conciencia a nuestras emociones para sentir respeto y amor por Dios, para rezar con intención y, en general, para servir a Hashem no sólo con la conciencia de nuestra mente, sino también con la devoción de nuestro corazón.


NOTAS

(1) Brajot 32a

(2) Libro 1, Capítulo 12

(3) Generalmente mencionado como Maljut Israel, el Reino de Israel, aunque también se lo llama Efraim, el shevet de Ierovam. El reino de Iehudá y Biniamín controlado por los reyes de Beit David era llamado Maljut Iehudá, o sólo Iehudá

(4) Que estaba ubicado en el área de Maljut Iehudá. Además, en el Beit HaMikdash sólo se podía sentar en la עזרה el rey de Maljut beit David

(5) Pasuk 28

(6) Principal discípulo y sucesor de Eliahu HaNaví

(7) Después de una lectura cuidadosa de estos prakim, queda claro que sólo unos pocos cientos de personas (o, a lo sumo, unos pocos miles) adoraban al Báal. Si tenemos en cuenta su influencia y el grado de fuerza que ejercieron para lograr su objetivo, podemos ver la gran virtud del pueblo judío en general.