Torá tzivá lanu Moshé, morashá kehilat Yaakov”. ‘Moshé nos ordenó la Torá, [el] legado de la comunidad de Yaakov’. “Vayehí bishurún mélej behitatef rashei am yajad shivtei Israel”. ‘Él [Dios] se convierte en Rey de Yeshurún cuando se reúne el total del pueblo, las tribus de Israel juntas’. (Devarim 33:4-5).

Estos dos pesukim preceden inmediatamente las brajot que Moshé les da a cada una de las tribus. El mensaje es bastante claro: si bien cada una de ustedes tiene sus propias fortalezas y bendiciones, todas deben unificarse en el objetivo de respetar la Torá y proclamar Maljut Shamáim en el mundo. Las partes de Klal Israel pueden y deben complementarse y suplementarse unas con otras en la búsqueda de este objetivo.

Obviamente, la Torá y las mitzvot obligan por igual y de manera absoluta a todo el pueblo judío. Sin embargo, dentro de este marco general de la Torá y las mitzvot, cada shévet ‘tribu’ tiene una contribución única para hacer en el logro y el cumplimiento de nuestra tarea y objetivo nacional de portar la bandera del Maljut Shamáim y traer la luz de Hashem al mundo.

Quizás el ejemplo más conocido de este principio sea la sociedad entre Isajar y Zevulún. “Y a Zevulún dijo: alégrate Zevulún en tu salida, e Isajar en tus tiendas” (Devarim 33:18). Las tribus de Isajar y Zevulún hicieron un trato: Zevulún se enfocaría en objetivos financieros y sustentaría a Isajar, para que este se sumerja completamente en el estudio y la enseñanza de Torá. Gracias a su apoyo financiero a los estudiosos de Torá de Isajar, Zevulún puede disfrutar y tener éxito en sus emprendimientos financieros porque sirven un propósito muy sublime.

Este modelo, en que cada uno hace su contribución particular, y la realidad de la interdependencia en nuestra avodat Hashem general, resalta la gran importancia de cada judío en la vida nacional de Torá del pueblo judío. Las bendiciones, fortalezas y desafíos particulares de cada individuo no son sólo para que él utilice, disfrute o enfrente. Por el contrario, son un regalo y una asignación de Hashem para que utilice dentro de la obligación común de vivir como un pueblo santo, y el pueblo santo necesita su completa participación y contribución.

Esta necesidad de la contribución individual y de la interdependencia general no sólo aplica a cada tribu de Klal Israel, sino también a cada individuo dentro del pueblo judío.

No todos terminamos cumpliendo el glamoroso rol de estudiar o enseñar Torá a tiempo completo, o de ser un gran sustentador de Torá. De todos modos, cada uno de nosotros tiene fortalezas y talentos únicos, formas únicas de pensar y de sentir, así como experiencias y desafíos únicos en la vida. Entonces, cada uno de nosotros tiene una contribución única para hacer al plan general de nuestra avodat Hashem nacional. Sin embargo, esta contribución única no necesariamente se verá en el exterior.

Cada individuo es una mezcla completamente única de características innatas, experiencias de vida, desafíos inherentes y exteriores, nivel de inteligencia, composición emocional, fracasos y triunfos, etc. Cada individuo desarrolla y utiliza sus propias fortalezas, talentos y modo de pensar y sentir para formar su propio nicho, dentro del marco general de Torá y mitzvot, en el servicio a Hashem. Cada individuo se esfuerza dentro de sus experiencias y desafíos únicos para seguir la voluntad de Hashem.

Como tal, cada pensamiento, discurso o acto también es completamente único, por lo que representa un logro completamente único en el proceso general hacia el tikún haolam bemaljut Shakai (1).

Es cierto que algunas personas tienen situaciones de vida que le transmiten al mundo la grandeza y necesidad de su contribución al klal y su avodá, mientras que otras personas parecen ser "del montón", cuya contribución no es tan obvia y aparenta ser dispensable.

Sin embargo, esta es sólo una manifestación de la ilusión del alma deshikra en el que vivimos.

No por nada la Guemará dice que, en el Shamáim, Rav Yosef vio un olam afuj ‘un mundo al revés’ en el que personas que estaban en la cima en este mundo estaban en el fondo allí, y muchas personas que estaban en el fondo en este mundo estaban en la cima en el Olam Haemet.

¡Las apariencias engañan! (2)

Una de las herramientas más grandes del yétzer hará para convencer a las personas para no materializar su potencial es murmurarles al oído: "Ah, ¡para qué sirve! Nunca seré como tal y tal. ¿Cuánto le importan a Hashem mis pequeños esfuerzos cotidianos? ¿Qué sentido tiene esforzarme tanto?".

No hay nada que Hashem haya creado en el mundo que no tenga un objetivo, y si eso aplica hasta a la lombriz más pequeña, cuánto más a cada judío, que posee un alma elevada que fue extraída. Si pudiéramos ver los impresionantes efectos que tienen en el mundo incluso nuestros logros relativamente más pequeños en Torá, tefilá, mitzvot o tikún hamidot (etc.), así como en todos los mundos superiores, quedaríamos prácticamente sin libre albedrío por la increíble inspiración que nos generarían los efectos positivos que pueden ocurrir a causa de nuestras acciones.

Incluso los esfuerzos positivos que son muy pequeños en la escala relativa, tienen, en realidad, un efecto tan grande que nos es imposible siquiera imaginar (3). Cuánto más tienen las acciones positivas que sólo nos parecen pequeñas porque estamos en el alma deshikra pero que, en realidad, tienen proporciones inmensas por el esfuerzo que se requiere para llevarlas a cabo.

El yétzer hará y su alma deshikra nos influencian para que creamos que nosotros, junto a nuestros esfuerzos, somos nimios y comunes, consecuentemente dispensables y para nada importantes. Nos conviene despojarnos de esa idea falsa y reemplazarla con la hashkafá verdadera de la Torá, como se explicó en los párrafos anteriores.

Cada judío es completamente único, y cada esfuerzo que hace tiene una grandeza e importancia suprema. La contribución de cada individuo al klal y su trabajo en este mundo al servirle a Hashem y expresar Su maljut es absolutamente única y completamente indispensable.

La Torá es la yerushá de toda la kehilat Yaakov, y el Maljut Shamáim sólo puede expresarse y manifestarse por completo en el mundo cuando cada individuo dentro de la nación contribuye con su parte y se esfuerza junto al todo para realizar su rol único en la avodá general de respetar la Torá y las mitzvot.

Quizás esta sea una de las razones por la que esta parashá es la última de la Torá.

Al concluir, todos nosotros alrededor del mundo, el último de los jamishá jumashei Torá, cantamos y bailamos con gran alegría por la completitud de toda la Torá. De hecho, el logro de haber leído los jamishá jumashei Torá es, en sí mismo, un gran motivo para sentir alegría.

Sin embargo, es razonable asumir que el contenido de esta última parashá contendría alguna enseñanza que también despierte esos sentimientos de gran alegría.

Saber que somos importantes y necesarios, que nuestra participación y contribución es indispensable y que hasta mis esfuerzos que parecen pequeños son, en realidad, realmente grandiosos es, sin duda, un motivo de regocijo. Se puede realmente sentir la inmensa alegría de contemplar la grandiosa importancia que uno tiene en la tarea de alcanzar el objetivo para el que Hashem creó el universo y formó al pueblo judío.

Este es, con certeza, uno de los principios más esenciales que debemos tener presentes en nuestra conciencia, que cada uno de nosotros es infinitamente importante en la contribución única que hace para portar la bandera de la Torá de Hashem, y que recién cuando todos nos unamos como un pueblo unificado para lograr este objetivo brillará el maljut de Hashem en su máximo esplendor en el mundo.


NOTAS

1. El desafío particular, por ejemplo, de una persona que tiene que controlar su temperamento al tratar con sus compañeros de trabajo no es el mismo que el de otra persona con sus deseos físicos. No sólo eso, sino que ni siquiera es el mismo desafío que tiene otra persona al tener que controlar su temperamento con sus compañeros de trabajo. Cada situación individual, si bien puede tener muchas similitudes con otras situaciones que otras personas puedan enfrentar es, a fin de cuentas, única e individual.

De la misma forma, cada palabra de Torá que procesa cada persona con su forma única de pensar y entender, con su perspectiva específica y forma exclusiva de expresar la idea, trae un rayo único de la luz de la Torá que, si no fuera por ella, no hubiera podido ser manifestado.

Además, cada tefilá y cada brajá de cada individuo son únicas por su forma única de pensar y sentir, y por las experiencias y desafíos exclusivos que la precedieron y que llevaron a ella. No sólo eso, sino que hasta en una misma persona, nunca dos tefilot o brajot son iguales, porque lo que tiene la persona en mente, sus emociones y su situación de vida son distintas en cada momento y, por lo tanto, expresan una faceta única de avdut a Hashem.

Esos son sólo unos pocos ejemplos de la miríada y prácticamente infinitos aspectos en los que cada persona es única en su avodat Hashem, y cada aspecto es una pieza indispensable en el majestuoso rompecabezas de la avodá de klal Israel en este mundo, sin la cual el rompecabezas estaría incompleto.

2. Porque, en realidad, la forma verdadera para medir cuánto kavod Shamáim expresa una persona en la vida depende del esfuerzo que realice para lidiar con los desafíos de su vida, como dice la Mishná en Pirkei Avot (5:23) "De acuerdo al esfuerzo es la recompensa". Por ende, puedes tener una persona sumamente rica que sustenta muchas organizaciones de Torá pero que no se esfuerza internamente para hacerlo. Mientras que un cierto individuo pobre puede tener que lidiar con gran esfuerzo sólo para mantener su simjat jaim.

Sin embargo, es muy posible que en este mundo el primero esté "en la cima" y el segundo "en el fondo", mientras que cuando lleguen al Olam Haemet la situación se revertirá porque, en realidad, la persona pobre es la que más manifestó en este mundo el Maljut Shamáim a través de su lucha interior.

En una biografía de la rebetzin Batsheva Kanievsky se relata la anécdota siguiente:

Un hombre adinerado visitó a Rav Jaim y le dijo que quería donar un gran cheque a cualquier tzedaká que Rav Jaim eligiera, leilui nishmat para la rebetzin. Rav Jaim respondió preguntando sobre la rutina de estudio diaria del hombre. Al escuchar la cantidad de tiempo que el hombre pasaba estudiando Torá a diario, Rav Jaim dijo: "Si quieres hacer algo leilui nishmat para la rebetzin, deberías agregar media hora de estudio al día". El hombre dudó mucho, diciendo que le sería muy difícil hacer eso, y le insistió a Rav Jaim para que aceptara su oferta. Sin embargo, Rav Jaim permaneció firme en su lugar y no quiso aceptar el dinero. Le dijo al hombre, con absoluta firmeza, que si quería hacer algo leilui nishmat para la rebetzin debería hacer como Rav Jaim le había dicho.
         

A primera vista, esta anécdota es muy difícil de entender. Si Rav Jaim hubiera aceptado la oferta del hombre, se hubieran podido estudiar incontables horas de Torá en el máximo nivel en mérito de la rebetzin. Por el otro lado, el estudio del filántropo hubiera sido limitado tanto en cantidad como, mucho más aún, en calidad. ¿Por qué, entonces, le insistió Rav Jaim al hombre en que agregar media hora a su estudio diario de Torá era la cosa que debía hacer leilui nishmat de la rebetzin?

Parece que la decisión está basada en lo expresado anteriormente. Para este hombre, escribir un cheque tan grande no hubiera exigido prácticamente ningún esfuerzo. Por lo tanto, el zejut que hubiera generado para la rebetzin hubiera sido relativamente mínimo. Por el otro lado, para este hombre agregar media hora al día a su propia rutina de estudio le hubiera requerido un gran esfuerzo (por eso su duda) y, por lo tanto, hubiera generado un zejut muy grande para la rebetzin.

3. Como ilustración, imagina un estadio abarrotado con decenas de miles de personas. El partido fue difícil y parejo, bajo condiciones climáticas hostiles. En los momentos finales, un jugador del equipo local hace un movimiento genial que inclina el partido a favor de su equipo… ¡y la multitud se vuelve loca! Las vigas están literalmente vibrando por la erupción de aliento, y la multitud canta el nombre del jugador durante minutos enteros. ¿Puedes imaginar lo que siente ese jugador?

Ahora imagina no a decenas de miles, sino a cientos de miles, incluso millones de ángeles en el Cielo. Vuelves a casa después de un largo y agotador día de trabajo, y estás con un humor de perros. Sin embargo, te controlas y te fuerzas a sonreírles a tu esposa y a tus hijos al entrar a tu casa y… ¡LA MULTITUD SE ENLOQUECE! Miles y miles de ángeles, liderados por el Director, alientan y cantan tu nombre con la máxima adulación y acoladas.

La verdad es que esta descripción no es una exageración, ¡sino en realidad una subestimación! E imagina si se nos brindara conocimiento de esto cada vez que nos fortaleciéramos para hacer lo correcto. ¿Quedaría lugar para el libre albedrío? Sin embargo, trata de imaginar esto ocurriendo cada vez que haces algo bien (algo que ocurre todo el día). ¡Es muy, muy alentador!