En la parashá de esta semana encontramos algo que, a primera vista, parece muy simple. Sin embargo, al observarlo con mayor detenimiento, resulta ser una de las declaraciones más sorprendentes de la Torá.

“En ese momento le supliqué a Hashem, diciendo: ‘Hashem, Dios, comenzaste a mostrarle a Tu siervo Tu grandeza y Tu mano poderosa, pues ¿quién tiene poder en el cielo o en la tierra para hacer como Tus acciones y como Tus actos poderosos? Por favor, déjame pasar y ver esa buena Tierra que está al otro lado del Iardén, esa montaña buena y el Líbano’. Pero Hashem se encolerizó conmigo a causa de ustedes y no me escuchó. Hashem me dijo: ‘¡Que te baste ya! No sigas hablándome más de este asunto. Asciende a la cima y eleva tus ojos hacia el mar y hacia el norte, hacia el sur y hacia el este y mira con tus propios ojos porque no cruzarás este Iardén. Y encomienda a Iehoshúa, fortalécelo y aliéntalo, porque él pasará delante de este pueblo y los hará tomar posesión de la Tierra que verás" (Devarim 3:23-28).

En síntesis, Moshé le cuenta al pueblo judío cuánto le imploró a Hashem para que anulara el decreto que le prohibía entrar a la Tierra, pero Hashem rechazó su pedido.

Parece muy claro y simple, ¿verdad?

Bueno, sí y no. Sí, queda claro: Hashem se negó a anular el decreto. Punto. Pero no es tan simple…

Recordemos exactamente quién fue el que efectuó ese pedido a Hashem: Moshé Rabeinu, el maestro supremo de todo el pueblo judío, el conducto a través del cual recibimos la Torá que nos capacitó para llevar a todo el universo a cumplir el objetivo de su creación.

Un currículum impresionante, ¿no te parece?

Recordemos también todas las veces que las plegarias de Moshé salvaron al pueblo judío de ser aniquilado (por ejemplo, en el episodio del Becerro de Oro y con los 12 espías), y cómo Moshé estuvo dispuesto a arriesgar su propia vida para lograrlo. Moshé Rabeinu es el siervo principal de Hashem y de Su pueblo, el ejemplo máximo de zajá veziká et harabim (quien actúa de forma meritoria y también da méritos a las masas).

Imagina que no conoces los versículos previos y que alguien te preguntara si crees que Hashem accederá a la súplica desesperada de Moshé para que le permitan entrar a la Tierra. La mayoría responderíamos con absoluta seguridad: “¡Por supuesto! Todo lo que Moshé tiene que hacer es rezar lo suficiente y Hashem, Quien es misericordioso y bondadoso y dio testimonio de que Moshé era bejol beití neemán (1), sin dudas le concedería su deseo. No olvidemos que Moshé sólo quería entrar a Israel para tener la posibilidad de cumplir las mitzvot hatluiot baáretz, los mandamientos que dependen de la tierra. Por lo tanto es obvio que Hashem aceptaría este pedido tan altruista, ¿no?

Bueno… parece que no.

El hecho es que, tal como dicen los versículos que mencionamos, Hashem rechazó el pedido de Moshé y mantuvo firme Su decreto prohibiéndole entrar a la Tierra. Moshé había cometido una averá y recibió su castigo. Eso es todo. No sigas hablándome más de este asunto”, dijo Hashem. Fin de la historia, caso cerrado. Moshé Rabeinu siguió teniendo prohibida la entrada a la Tierra.

¡Realmente sorprendente!

Lo que debemos preguntarnos es cuál es la lección moral eterna que podemos aprender de esta historia.

Lo que viene a la mente es la afirmación de los Sabios citada por el Ramjal en Mesilat Iesharim (2): "Kol haomer HaKadosh Baruj Hu vatrán hu, ievasru meohí", "a todo el que diga que Hashem es un vatrán, alguien que deja pasar por alto las cosas, se pasarán por alto sus entrañas".

El Ramjal lo explica basado en el versículo que dice que Hashem es justo. Así como la justicia adecuada requiere recompensar las buenas acciones hasta el más mínimo detalle, así también las malas acciones deben ser castigadas hasta el más mínimo detalle.

Sí, Hashem es misericordioso y no necesariamente castiga de inmediato. Le da a la persona tiempo para hacer teshuvá. Él está dispuesto a aceptar un acto de teshuvá relativamente pequeño como kapará (expiación) por el terrible acto de cometer una averá, (3) e incluso cuando castiga, no lo hace de forma proporcional a lo que el perpetrador realmente merece. En cambio, el castigo se administra con gran moderación , por así decirlo. Pero es imposible que un mal acto no tenga ninguna clase de repercusión. Dios es justo, y la justicia exige llevar la cuenta”, sin importar de quién sea esa “cuenta”.

La conclusión de todo esto, en los términos de Rav Iaakov Weinberg, es que la vida es real. Dios no está jugando.

La vida no es un juego. Es muy, muy real. Tenemos libre albedrío y, por lo tanto, somos completamente responsables por nuestras acciones. Y nuestros actos tienen consecuencias, grandes consecuencias.

Un padre que siempre salva a su hijo de toda situación difícil en que se mete, lo deja lisiado de por vida. En esencia, ese niño crecerá sintiendo que la vida no tiene ninguna consecuencia importante. Estará siempre en las nubes, y es muy probable que su actitud caprichosa de hacer siempre lo que le da la gana lo lleve de una forma u otra a una vida criminal. Carecerá por completo de las herramientas necesarias para navegar en el mundo real.

Tampoco disfrutará de la vida, porque sin esfuerzo no hay recompensa. En la vida, para tener éxito se debe ser responsable, es necesario esforzarse y aceptar la responsabilidad por los propios actos o por no actuar. Su estilo de vida inadecuado no sólo lo llevará a ser moralmente corrupto y a dañar a quienes tengan contacto con él, sino que también le generará gran desilusión y miseria. Por lo tanto, estar condicionado a tratar la vida como un juego se opone por completo a lo que es mejor para la persona.

Hashem creó un mundo real en el que la vida tiene consecuencias reales, porque esa es la única forma de obtener la mayor satisfacción posible. Dios sólo nos dio la existencia con el propósito de que experimentemos ese placer y esa satisfacción.

Por supuesto, le rezamos a Hashem y sabemos que la plegaria es una de nuestras herramientas más poderosas para mejorar nuestra situación (además de ser el medio clave para desarrollar una relación directa e inmediata con Él). De todos modos, al comprender que no es un juego que jugamos con Hashem (y que Él no juega con nosotros), tomamos consciencia de que Su respuesta a veces será si y a veces no.

Por lo tanto, la enseñanza que aprendemos de la negación a la plegaria de Moshé es fundamental: el judaísmo no es una religión de "sólo cree y sálvate". En absoluto. Esto se debe a que el judaísmo, la Torá, no es un juego, sino la verdadera realidad de toda la existencia. Esa realidad verdadera es el vehículo que nos capacita y nos da permite lograr lo que tanto queremos: el éxito. Nuestras acciones, sin importar cuán grandes o pequeñas sean, tienen consecuencias reales, y asumir esa enorme responsabilidad es tanto nuestra obligación como nuestro mayor privilegio.


NOTAS

(1) Es decir, absolutamente confiable.

(2) Cap. 4.

(3) Podemos preguntar: si en verdad todas las tefilot sinceras de Moshé Rabeinu mostraron suficiente teshuvá como para merecer recibir clemencia, ¿por qué Dios se rehusó? La respuesta es que no tenemos acceso a los jeshbonot Shamáim. No sabemos por qué algunas veces parece que Hashem acepta la teshuvá y en otros casos rechaza ciertos pedidos. Sin embargo, el hecho de que la Torá registre ejemplos de esto último, incluso con nuestras más grandiosas figuras históricas, nos enseña este importante iesod sobre la forma en que tenemos que enfrentar la vida y nuestra relación con Hashem: con una buena dosis de seriedad y madurez.