Hacia el final de la parashá, encontramos la descripción del sacrificio que llevaron los nesiim (los príncipes de las tribus) para la dedicación del altar. Cada nasí llevó exactamente el mismo sacrificio que los demás. Sin embargo, la Torá repite con todo detalle la descripción del sacrificio de cada uno de los nesiim.

Es imposible no sorprenderse ante esta repetición, aparentemente superflua. Sabemos que en la Torá no hay ni una letra de más, ni siquiera una corona de más sobre una letra. ¿Cuál es, entonces, la enseñanza eterna que la Torá nos brinda con esta detallada repetición?

Por lo menos podemos ver con claridad que Hashem declara: cada uno de estos sacrificios es importante para Mí. A pesar de que esta persona traiga exactamente lo mismo que los demás, de todos modos para mí es especialmente significativo.

Esto es muy distinto de lo que tendemos a esperar de un ser humano. Por ejemplo: ¿cuántos niños que hacen el bar mitzvá reciben el mismo regalo dos o tres veces? Después de la tercera o cuarta vez que abre el mismo paquete rectangular con mellas de un lado, el entusiasmo del flamante bar mitzvá ya no es tan ferviente. Incluso puede ser que llegue a suspirar y a murmurar: "Oh, genial, tengo que escribir otra carta de agradecimiento por algo que ni siquiera deseaba".

Otro fenómeno de la recepción de regalos de los humanos, y este es un consejo para todos los abuelos y las abuelas del mundo (zeide/bobe o saba/savta si lo prefieres): ¿Alguna vez le llevaron un regalo a su nieto de seis años (o de cualquier edad, eso no importa)? ¿Invirtieron mucho tiempo para elegir algo que seguramente disfrutará? ¡Y no olvidemos el papel de regalo! Por supuesto trataron de asegurarse que tuviera una experiencia emocionante al descubrir su nuevo tesoro.

Abue, qué regalo genial!" - Y se va corriendo, lejos de ti, de tus brazos y de tu vista, para mostrarle a sus amigos o hermanos qué juguete increíble.

Una respuesta un poco fría para ti, ¿no? No puedes evitar sentirte un poco desilusionado por su falta de reciprocidad a los intensos sentimientos de amor con los que le diste el regalo.

En realidad, ese niño hace exactamente lo que se espera de un niño: ser infantil. En lugar de reconocer el regalo por lo que realmente es (una manifestación y expresión física del amor de sus abuelos), está totalmente absorto en las garras superficiales de lo "genial", con las que el materialismo lo sostiene con fuerza.

Sin embargo, nuestra esperanza es que katán ze gadol ijihé, que este pequeño, inmaduro (y, por supuesto, inocente) niño algún día se vuelva grande. Que no sólo crezca en centímetros y kilos, sino que también desarrolle una madurez genuina: que su entendimiento mental y su procesamiento emocional sea más sabio y sofisticado para entender qué es realmente valioso y significativo.

La gran pregunta que cada uno de nosotros, personas adultas, debemos formularnos es: "¿Merezco realmente el título de adulto? ¿Realmente estoy en ese nivel?"

"¡Ah, qué deliciosa comida preparaste, querida esposa! Muchas gracias". Y a continuación el esposo vuelve a sumergirse en su libro favorito.

¿Qué puedes decir sobre este leal esposo? ¿Es realmente más grande que un niño de seis años que corre a mostrarles a sus amigos lo genial que es su juguete nuevo? ¿Acaso este esposo valoró algo más que la fugaz sensación de las suntuosas delicias que entraron en contacto con sus papilas gustativas? Después de cenar, ¿tiene consciencia de algo más allá de la sensación un poco incómoda de saciedad?

Si realmente mereciera el título de adulto, comprendería que una comida preparada por su devota esposa es una oportunidad para profundizar el lazo que existe entre ellos. Entendería la cantidad de esfuerzo, amor e interés que su esposa invirtió en esa comida, cómo ella se encarga incansablemente de sus necesidades y que él y sus hijos son su primordial preocupación. Cada bocado que llevara a su boca sería una experiencia de valoración de su esposa. El sabor (o, quizás, la falta de sabor) de la comida le sería casi insignificante, prácticamente no le importaría. En cambio se sentiría cautivado por la consciencia de que detrás de cada pizca de condimento y de cada sensación de sabor yace una poderosa expresión de profunda emoción (1).

De hecho, el grado de madurez se puede medir en base a nuestros intereses. ¿Nos atrapan constantemente las cosas "geniales" del materialismo, o disfrutamos el inmenso placer que emana de una vida llena de sentido y significado?

Esta es por lo menos una de las enseñanzas que transmite la repetición de los sacrificios de los neviim: no te enfoques en las apariencias externas; en cambio, busca más allá y descubre la profundidad de las cosas.

Puede que cada nasí llevara el mismo sacrificio físico que los demás, pero esa repetición es trivial si consideramos el profundo significado de cada sacrificio. Cada nasí expresó a través de su sacrificio emociones propias y únicas. Un sacrificio debería ser un medio para expresar sumisión y devoción a nuestro Creador. Un sacrificio es un vehículo para expresar gratitud y valoración, para glorificar el gran Nombre de Hashem en este mundo.

Hashem cuenta cada sacrificio, con todos sus detalles, como una persona puede contar diamantes valiosos: analizando y admirando el brillo y diseño particular de cada uno. Es cierto, llega un punto en que los objetos físicos se vuelven redundantes y podemos llegar a sentir repulsión hacia ellos (2). Pero una expresión genuina de amor y reverencia tiene un valor eterno e inextinguible. La adoración genuina que emana del corazón, eso es lo más importante. Como dijeron Nuestros Sabios: Hakadosh baruj Hu libá baei - el Santo, bendito Sea, desea el corazón.

Por supuesto, cumplir con las obligaciones físicas, tanto entre el hombre y Dios como entre el hombre y su prójimo, respetando todas las instrucciones y detalles, es la base fundamental del servicio a Hashem y de ser una buena persona. Sin eso, todo el amor, la devoción y las buenas emociones del mundo no valen nada. Sin embargo, si uno realiza estas obligaciones de forma superficial y mecánica, sin ningún aspecto de profundidad ni valoración por lo que son, de lo que uno hace, para quién las hace y cuál es el objetivo supremo de las mismas, entonces uno cumple sus obligaciones básicas en la vida, pero no es una persona grandiosa. Sí, la persona debe cumplir sus obligaciones, con todos sus detalles, incluso si su acción carece de toda profundidad. Pero si quiere ser realmente grandiosa, siempre se esforzará para agregar profundidad y valoración a lo que hace y a la vida que vive.

Entonces, esta es por lo menos una enseñanza que podemos aprender de la repetición: cómo ver el mundo de la forma adecuada y cómo relacionarnos con lo que hacemos y lo que experimentamos en la vida. Esta sección nos enseña el verdadero significado de katán ze gadol ijié. El significado real de la madurez es reconocer y vivir la profundidad del propósito y del sentido de nuestra existencia.


NOTAS

1. Nota muy importante: elegí el ejemplo de un hombre no completamente maduro porque soy un hombre. Si esta idea fuera expuesta por una mujer, estoy seguro que usaría como ejemplo a una mujer no completamente madura. Esto es muy importante al leer este artículo, así como cualquier otro ensayo que trate sobre los defectos de carácter: no caer en la trampa de pensar en los demás y en cómo "si ellos mejoraran…". En cambio, nuestra tarea en este mundo es enfocarnos siempre en lo positivo al observar a los demás (a menos, por supuesto, que exista la necesidad de reprochar, etc.) y pensar en las palabras de musar sólo en relación a uno mismo. Un famoso darshán contó que dio un shiur sobre la habilidad de reconocer los errores propios. Al salir del shiur, escuchó que un hombre le dijo a su esposa: "¿Escuchaste lo que dijo el Rabino? ¡Estás equivocada!" Obviamente, no entendió la idea. Debemos pensar en estas cosas sólo en relación a nosotros mismos, no respecto a los demás.

2. De hecho, vemos que cuando el pueblo judío pecó pero continuó llevando korvanot por rutina, Hashem dijo: ¿Para qué necesito tu abundancia de korvanot? (Ieshaiá 1:11).