Después de vivenciar los milagros de las 10 plagas y la partición del mar, el pueblo judío llega al objetivo de todo el proceso de redención: “Y ahora, si escuchan diligentemente Mi voz y guardan Mi pacto, serán para Mí un tesoro entre todas las naciones… Y serán para Mí un reino de cohanim y una nación santa…” (Shemot 19:5-6). En este momento Hashem se revela en el Monte Sinaí para entregarle la Torá al pueblo judío.

Aquí aprendemos uno de los principios más básicos de la Torá y del judaísmo, un pilar del que depende la aceptación de toda la Torá: “Hashem le dijo a Moshé: ‘He aquí que vengo a ti en la espesura de la nube para que el pueblo escuche mientras hablo contigo, y también crean en ti para siempre’” (Shemot 19:9).

En ese momento histórico en el Monte Sinaí, todo el pueblo judío escuchó hablar a Hashem y oyó que Él designó a Moshé Rabeinu como la única persona que se presentaría ante Dios en la cima de la montaña, estableciendo a Moshé como Su profeta para toda la eternidad. Desde ese momento en adelante, cada vez que Moshé dijo algo en nombre de Hashem, el pueblo tuvo la certeza absoluta de que estaba diciendo la verdad con absoluta precisión.

Esto es lo que hace que la Torá y el judaísmo sean únicos: Dios habló en presencia de toda la nación (1). Moshé no vino un día y nos dijo: "¡Recibí una profecía sobre la religión verdadera! ¡Créanme! ¡Abran sus corazones para recibir la verdad que yo les digo!"

De ninguna manera. Incluso si alguien pudiera convencernos de que ese enfoque es posible con algunas personas, nunca tendría éxito con un pueblo que la Torá describe como “de dura cerviz” (2) y que demostró una y otra vez poseer una mente sumamente analítica, aguda y bastante testaruda. No era posible que el pueblo judío aceptara la Torá a menos que Hashem hablara a todos sus integrantes y que Él designara con absoluta claridad a Moshé como Su único y fiel portavoz para toda la historia. Sólo estaban dispuestos a aceptar la validez de la profecía de Moshé, llamada Torá, si Dios se la comunicaba directamente a ellos.

Respecto a este concepto, Rav Iaakov Weinberg relató una historia muy divertida (probablemente una leyenda):

El líder de una dinastía jasídica murió sin haber designado un sucesor. Este hombre tenía dos hijos, ambos bien calificados para el puesto. En la comunidad comenzó una disputa respecto a quién debía asumir el manto del liderazgo. Durante varias semanas, no pudieron llegar a ninguna decisión.

Un día, el hijo mayor convocó a todos los ancianos de la ciudad a una reunión especial y urgente.

"Tengo que decirles algo de suma importancia. Anoche, mi difunto padre, de bendita memoria, se me apareció en un sueño y me dijo: 'Hijo mío, mi deseo es que tú me sucedas como el nuevo líder de nuestra dinastía. Ve y dile a los ancianos de la congregación que este es mi último deseo y que por favor permitan que se materialice, con lo que causarán gran placer a mi alma'. Eso fue lo que mi ilustre padre me comunicó en mi sueño, y es la razón por la que los convoqué con urgencia”.

Un gran silencio reinó en el salón. Los ancianos de la comunidad se quedaron asombrados, absorbiendo el decreto de su amado y difunto líder. De repente, alguien rompió el silencio:

"Discúlpenme por hablar sin que sea mi turno, pero creo que tengo que decir algo pertinente al tema en cuestión", dijo uno de los miembros más ancianos de la reunión. "Por favor, continúe estimado colega", le respondieron los otros ancianos de la asamblea". El hombre se dirigió al hijo mayor, que acababa de efectuar la conmovedora declaración, y dijo en voz alta, para que todos lo escuchen: "Si tu padre, nuestro sagrado y difunto líder, quería comunicarnos a todos nosotros que debemos designarte como el próximo líder, ¿no debería haberse presentado a nosotros, en nuestros sueños, en lugar de aparecer ante ti en tu sueño?"

Muchas personas juntan una buena cantidad de dinero afirmando poseer la religión verdadera. También hay otros que tienen problemas psicológicos y fantasean con cosas que las personas normales no imaginan ni en sus sueños más salvajes. Hay muchas personas adictas a las drogas, el alcohol o quién sabe qué más. Y, por último, hay muchos que disfrutan enormemente de la posición de líder espiritual de las masas y harán lo que sea para obtenerlo y conservarlo.

Si Pablo, Mahoma, John Smith, Mary Baker Eddy o cualquier otro se acercara a ti y te dijera: "¡Recibí una profecía de Dios sobre la religión verdadera! ¡Créeme! ¡Abre tu corazón a la verdad de mis palabras!", ¿por qué deberías creerle? Quizás sea ladrón y un mentiroso (3). ¿Tal vez tiene alucinaciones? ¿Cómo puede una persona pensante e inteligente darle incluso un mínimo de crédito y validez a semejante afirmación? Cualquier persona podría inventar una historia creativa y afirmar que la recibió directamente de Dios. ¿Debes creerle sólo porque él lo dice? Decir que es ridículo es poco.

Sin embargo, millones de personas son devotas de toda clase de religiones basadas exclusivamente en argumentos similares. Muchas personas, muy inteligentes, creen firmemente en esas absurdas afirmaciones. ¿Cómo se explica este fenómeno tan confuso?

La respuesta es bastante simple.

Sin duda sabes que hay muchas personas inteligentes que fuman. También hay muchas personas inteligentes que tienen un peligroso sobrepeso y continúan permitiéndose el consumo de alimentos que ponen en riesgo su salud. Hay personas que de forma habitual manejan superando el límite de velocidad. Muchos realizan actividades que se sabe que son peligrosas o se comportan de formas indudablemente destructivas. No hablamos de gente simple; estos fenómenos incluyen miríadas de personas cuya inteligencia está por encima del promedio.

El ser humano tiene una complejidad increíble, y el factor central de su composición es la mezcla entre la mente y el corazón, es decir, entre el intelecto y las emociones. La mente (el intelecto), es racional y lógica. Se ocupa de hechos concretos, hipótesis razonables e ideas plausibles. Por otro lado, las emociones son completamente diferentes. La emoción existe en el presente y arrasa todo con la excitación y la urgencia del sentimiento, el deseo y la necesidad del momento. Es irracional y quiere disfrutar de todo lo que hace que la persona se sienta bien en el momento, incluso si en verdad no es bueno para ella.

Esto no significa que la emoción sea un molesto obstáculo que sólo sirve para causar problemas. Por el contrario, las emociones son un aspecto muy positivo del ser humano y una necesidad vital para su funcionamiento general.

Si construyes un auto con la dirección y la estructura más modernas, no te llevará a ninguna parte salvo que también le coloques un buen motor. La emoción brinda la motivación que hace que las personas hagan, avancen, aspiren y logren cosas. Pero si quieres que ese poderoso motor no te estrelle contra una pared, debes conectarlo con el mecanismo de dirección del intelecto. Cuando la emoción está sujeta y depende del intelecto, se puede llegar a la grandeza. Pero, si se le da rienda suelta, el resultado es un desastre absoluto.

Las personas que se dedican a ideas fantasiosas y sin ninguna base no son diferentes de las que se dedican a actividades peligrosas. Ambas se convencen a sí mismas de lo que quieren creer. Ambas permiten que sus emociones se desconecten de su intelecto racional y, como resultado, disfrutan de lo que las hace sentir bien en el momento.

Cuando Pablo se acerca a ti y te ofrece el Paraíso en una bandeja de plata al decirte: "Sólo cree y serás salvado", es difícil resistirse a la propuesta. De hecho, es muy difícil superar la tentación de la felicidad eterna al precio de simplemente decir: "Yo creo". De esta manera, las personas permiten que una fuerte emoción las desconecte de su intelecto racional y aceptan argumentos que en realidad son completamente ridículos.

Es sorprendente observar la enorme diferencia que hay entre los absurdos que mencionamos y la Torá del pueblo judío. ¿Acaso la profecía de Moshé nos ofrece la felicidad eterna a cambio de decir: "Yo creo"? No, de ninguna manera. El judaísmo no es una religión de día domingo, ni siquiera de Shabat. Quien cree que asistir al servicio religioso una vez por semana es una observancia judía, comete un triste error. Las 613 mitzvot de la Torá abarcan todos los aspectos de la vida, literalmente desde el momento en que nos despertamos hasta que nos acostamos a dormir… ¡Incluso mientras dormimos! Cada mitzvá es una categoría que contiene muchos, muchísimos detalles. La Torá no es sólo una bonita infraestructura social, no es sólo "la parte religiosa de la vida", ¡sino que es la vida entera!

La Torá es un pacto con Dios, una relación real con el Creador del Universo. Ella dirige cada aspecto y detalle de la vida, guía al judío en cada momento del día para acercarlo más a Hashem. En consecuencia, aceptar la Torá es aceptar una dedicación y devoción absoluta de la vida al propósito supremo de la creación. Sin ninguna duda es una inversión bastante grande. ¡Es toda nuestra vida! ¡Literalmente! Desde el cashrut hasta el Shabat, desde rezar tres veces al día hasta dar tzedaká, desde las leyes sobre lo que está permitido y prohibido hablar hasta las hiljot taharat hamishpajá, y mucho más. La Torá abarca todos los aspectos de la vida.

De hecho, nadie podría siquiera llegar a imaginar que otros acepten una obligación tan amplia y abarcadora sin tener la certeza de que es completamente verdadera.

Por eso Hashem hizo exactamente lo que era necesario para que el pueblo judío aceptara la Torá con absoluta firmeza: Él le habló a Moshé frente a toda la nación. Entonces, y sólo entonces, supimos sin lugar a dudas que Moshé es realmente el profeta de Dios y que sus enseñanzas en nombre de Hashem son la Torá verdadera.

Hay otro aspecto asombroso de esta idea fundamental. Recordemos que los judíos ya habían visto a Moshé profetizar y asumir un rol activo con las diez plagas. Con certeza, los judíos aún sentían la emoción de haber atravesado el Mar de los Juncos caminando sobre tierra seca, rodeados por muros de agua. Lo que vemos aquí es realmente asombroso: a pesar de que el pueblo judío había sido testigo de los impresionantes milagros que trajo Moshé, ni siquiera eso era suficiente. Ni siquiera el más grandioso milagro era suficiente para estar cien por ciento convencidos.

Lo único que genera una certeza absoluta es el conocimiento empírico de primera mano: ¡oímos hablar a Dios! Punto.

Esta es nuestra honesta y claramente documentada historia nacional. La enseñamos en nuestras escuelas, leemos sobre ella en Shabat y en los iamim tovim, la mencionamos en numerosas plegarias y brajot, tenemos festividades que la conmemoran y la reviven y, en especial, la vivimos en la infinidad de detalles de nuestra vida. Un hecho histórico simple, claro, experimentado por toda la nación, transmitido de generación en generación y vivido a diario por cada uno de sus miembros.

Por lo general, la palabra hebrea emuná se traduce como creencia o fe. Sin embargo, esa traducción es incompleta. Cuando Amalek atacó a los judíos en el desierto, Iehoshúa lideró al pueblo judío en la batalla mientras Moshé se apostó en la cima de una colina y rezaba con sus brazos extendidos hacia el cielo. La Torá dice que las manos de Moshé eran emuná (Shemot 7:12). En este contexto, queda claro que el entendimiento de la palabra emuná se relaciona con neemanut, que significa lealtad. Ser leal significa que uno puede contar contigo o, en otras palabras, algo firme e inquebrantable. La creencia puede implicar algo que se cree sin ninguna razón particular para hacerlo. La fe alude a una aceptación ciega. Cuando hablamos de emuná en la Torá y en el judaísmo, esto no tiene lugar. No hay una aceptación ciega ni saltos de fe. En cambio, emuná es una dedicación firme a la Torá, algo estable, una completa afirmación y validación de que Dios es el único Amo del universo y de que nosotros somos Su pueblo elegido.

Esta verdad la conocemos como un hecho simple de nuestra historia nacional y de nuestra continuidad existencial, y nos aferramos a ella con absoluta firmeza, determinación y lealtad.


NOTAS

(1) Consistió por lo menos de 600.000 hombres mayores de veinte años. En base a esto, se puede calcular que la nación contaba con varios millones de personas, porque los levitas, las mujeres y los varones menores de veinte años no fueron incluidos en esta cuenta. Ver Shemot 12:37, 38:26 y Bamidbar 1:2, 46-47.

(2) Shemot 32:9

(3) A propósito, Rav Iaakov Weinberg mencionó que en una ocasión leyó el texto considerado como la historia oficial del desarrollo de la Iglesia Católica y allí está escrito que Pablo era famoso por ser un ladrón y un charlatán que se arrepintió y se dedicó a desarrollar su religión. ¡Esto es lo que tienen escrito como su propio dogma!