Hay dos pesukim consecutivos que presentan un interesante cambio de expresión. El primer pasuk dice: Ocurrió en el primer mes del segundo año, en el primero del mes, que el Mishkán fue erigido (Shemot 40:17). Pero el segundo versículo dice: Moshé erigió el Mishkán, puso sus bases, colocó sus vigas, puso sus barras y levantó sus pilares” (Shemot 40:18). El primer versículo, en voz pasiva, sólo expresa que el Mishkán fue erigido, mientras que en el segundo versículo encontramos una mención explícita respecto a quién erigió el Mishkán: Moshé.

Rashi nos da una explicación: los artesanos que construyeron las diferentes partes del Mishkán le llevaron todo a Moshé, porque ellos eran incapaces de unir todas las partes y ensamblarlas en una unidad. Como hasta ese momento Moshé no había participado en nada de la construcción, Hashem decidió que él sería quien lo levantaría. Sin embargo había un problema: erigir el Mishkán era una tarea imposible, porque las maderas eran demasiado pesadas para que una sola persona las levantara. Moshé le dijo a Hashem: "¿Cómo puede hacer esto un ser humano?". Hashem le respondió: "Simula que tus manos hacen algo, y el Mishkán se erigirá por sí mismo". A esto se refiere el versículo cuando dice que el Mishkán fue erigido”, a que se erigió por sí mismo.

Pero si es así, ¿no debería ser inverso el orden de los pesukim? ¿No debería decir “Moshé erigió el Mishkán”, y “el Mishkán fue erigido”? De la explicación de Rashi queda claro que Moshé primero debía intentar/simular que él hacía algo, y sólo entonces ocurriría el milagro de que las columnas se erigieran por sí mismas. Entonces, ¿por qué el orden de los versículos es inverso?

Otra pregunta que podemos hacer es: ¿no parece una broma o un juego? Moshé no hizo nada, por lo que Hashem le deja una última tarea, ¡una tarea imposible de hacer, y que Moshé sólo simula hacerla!

Hay un dicho que afirma que Hashem ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. En otras palabras, no podemos quedarnos sentados esperando que Hashem se encargue de todo. Por el contrario, debemos esforzarnos al máximo de nuestra capacidad y recién después esperar recibir ayuda Divina.

Aparentemente encontramos la razón por la que Moshé trató de levantar las columnas. Debía hacer lo que estaba a su alcance y sólo entonces Hashem lo ayudaría y las columnas se levantarían por sí mismas.

Hay una expresión del Jafetz Jaim (1) que ayuda a entender con más profundidad el dicho que citamos: nosotros realizamos nuestras acciones y Dios genera el resultado. Esto implica que no sólo debemos hacer nuestra parte para tener el mérito de recibir ayuda Divina, sino que el esfuerzo que hacemos no es lo que genera el resultado, sino que el resultado sólo depende de la ayuda Divina.

Esta puede ser la clave para entender la secuencia de los versículos. Primero, el versículo indica que las maderas se erigieron por sí mismas. Recién después se menciona el rol de Moshé. Esto implica que el componente principal fue la asistencia Divina, que hizo que las columnas se erigieran, mientras que el esfuerzo humano fue simplemente crear una situación que mereciera esa asistencia.

Interesantemente, esta no es la primera vez que Moshé estuvo en una situación de esta clase.

En la parashat Ki Tisá (2), dice: “Le dio a Moshé, cuando terminó de hablar con él en el Monte Sinaí, las dos Tablas del Testimonio…” La palabra hebrea utilizada en este caso para decir “terminó” es “kejalotó”. Debido a que esta palabra se escribe de forma similar a la palabra kalá (novia), Jazal infiere que Moshé recibió la Torá como un regalo, como una kalá a un jatán (novio), “porque Moshé no podía aprenderla en tan poco tiempo”.

Una vez más vemos que Moshé hace su mejor esfuerzo para lograr un objetivo imposible y luego recibe la ayuda Divina que le posibilita el éxito. De nuevo, el énfasis es que la causa principal para lograr el objetivo es la siata DiShmaia, la ayuda del Cielo.

Hay otro punto interesante que necesita ser aclarado. Obviamente, de los ejemplos anteriores debemos aprender que nuestra obligación es hacer todo lo que podemos y sólo entonces confiar en que Hashem hará que todo salga bien. Sin embargo, la regla de oro es que está prohibido confiar en los milagros. Por ejemplo, una persona puede esforzarse mucho moviendo los brazos con el objetivo de volar, pero si salta del edificio probablemente enfrentará una dolorosa desilusión. Confiar en Hashem no es una excusa para actuar tontamente. Por el contrario, el bitajón, la confianza en Hashem, es el ingrediente principal para obtener el éxito de acuerdo con las reglas específicas con las que Hashem dirige y mantiene al universo.

Con esto en mente, necesitamos entender por qué Moshé recibió esos logros que, efectivamente, fueron milagros (porque de acuerdo con las reglas de la naturaleza, era imposible conseguirlos). ¿Qué debemos aprender de esto?

Quizás la lección sea que hay una diferencia fundamental entre los asuntos espirituales y los materiales. Cuando nos referimos a cosas o situaciones de índole exclusivamente mundana, debemos seguir el estricto orden de la naturaleza mediante el que Hashem dirige el mundo, sin confiar para nada en los milagros. Sin embargo, cuando se trata de rujaniut, de temas espirituales, debemos estar preparados para exigirnos más y lanzarnos hacia lo desconocido, tal como lo hicieron los judíos al seguir a Hashem hacia el árido desierto y cuando Najshón entró en las aguas del Iam Suf. Cuando se trata de rujaniut, debemos estar preparados para tener un poco más de agallas y asumir riesgos que la razón y la prudencia no recomendarían.

Por supuesto, esto no significa que debamos asumir riesgos similares a mover los brazos y saltar desde el techo; pero sí que, en ciertas ocasiones, debemos asumir ciertos riesgos que un análisis práctico de la situación no vería con buenos ojos.

Hay otra condición muy importante respecto a tomar de riesgos para el crecimiento espiritual, como explicó en una ocasión el Rav Iaakov Weinberg. Él afirmó que lo que convirtió a Moshé en la persona más idónea para recibir la Torá y transmitirla fue haber sido la persona más humilde de la historia (3). Para aprender de otro, incluso si el maestro es nada menos que Dios Mismo, uno debe ser realmente humilde y subordinarse a la supremacía del maestro. De lo contrario no podrá absorber apropiadamente las enseñanzas, porque el alumno siempre tendrá un grado de “yo sé más”.

Parece razonable sugerir que esta es también la lógica detrás de la milagrosa asistencia Divina que recibió Moshé al absorber la Torá y erigir el Mishkán. Como Moshé se elevó a un nivel casi sobrehumano de humildad y sumisión a Hashem, también pudo en ese grado volverse un recipiente apto para recibir una asistencia Divina sobrenatural incluso en tareas que, en esencia, pueden lograrse mediante el esfuerzo físico.

Esto indica que sólo quien actúa en verdad con la única motivación de cumplir la voluntad de Hashem, y lo hace con la humilde conciencia de ser sólo un mensajero de Dios en este mundo, puede esperar que Hashem le brinde la dosis extra de siata DiShmaia necesaria en los proyectos espirituales que conllevan cierto grado de riesgo.

En general, cuando se deben asumir riesgos para posibilitar el crecimiento espiritual esto debería hacerse bajo la guía de un rabino. En todo caso, necesitamos estar dispuestos a abandonar nuestra zona de comodidad siempre que sea necesario, tanto a nivel individual como colectivo, y mostrarle a Hashem que estamos dispuestos a seguirlo hacia el árido desierto o a sumergirnos en las furiosas aguas del mar cuando eso es necesario.


Notas:

(1) Atribuido también a muchos otros guedolim.

(2) Shemot 31:18.

(3) Bamidbar 12:3.