En el camino a Jarán, al irse a vivir temporalmente en la casa de su tío Laván, Iaakov se detuvo a descansar. Tomó de las piedras del lugar y las puso a su cabecera, y se acostó en ese lugar” (Génesis 28:11). Esa noche, Iaakov tuvo su famoso sueño en el que los ángeles subían y bajaban la escalera, sobre la cual se encontraba la Shejiná, la Presencia Divina. Tras esta revelación, “Iaakov madrugó, tomó la piedra que había puesto a su cabecera y la puso como pilar, y vertió aceite sobre ella” (Génesis 28:18).

Nuestros Sabios señalan la obvia discrepancia entre la palabra “piedras”, en plural, en el versículo 11, y “piedra”, en singular, en el versículo 18. Ellos explican que las piedras comenzaron a discutir, diciendo: "Sobre mí este tzadik apoyará su cabeza". Para satisfacerlas a todas, Dios fundió todas las piedras en una.

Con esta expresión homilética, nuestros Sabios describen una realidad fundamental de la existencia y transmiten una lección sumamente importante respecto a la obligación moral del ser humano en general y del judío en particular.

Este concepto es elucidado en Mesilat Iesharim. En el capítulo “La obligación del ser humano en su mundo”, el Ramjal escribe:

Y si investigas aún más el asunto verás que el mundo fue creado para que el ser humano lo utilice. Sin embargo, el hombre se encuentra ante una seria disyuntiva, porque si se deja arrastrar por el mundo y se aleja de su Creador, como consecuencia se corromperá y, además, corromperá al mundo con él. Pero si se controla y se apega a su Creador y sólo utiliza al mundo como un medio para servir a su Creador, entonces el hombre se elevará existencialmente y el mundo se elevará con él. Porque para todas las criaturas es una gran elevación existencial servir al hombre que se perfeccionó y se santificó con la santidad Divina.

Los seres humanos no son como las vacas que están perfectamente satisfechas con un poco de césped y un poco de sombra. El ser humano tiene un impulso innato y constante que lo obliga a una búsqueda incesante de logros, propósito y significado. Dios creó al ser humano con esta conciencia innata interior porque sólo por medio del ser humano la creación puede alcanzar su objetivo.

El ser humano, tanto si tiene o no consciencia de ello, está en una búsqueda constante de su Creador.

Al tomar consciencia de esta verdad de la condición humana, podemos entender que el ser humano nunca hallará significado en búsquedas exclusivamente mundanas. El verdadero significado sólo puede encontrarse en aquello que trasciende a la existencia física, sólo en el ámbito de lo espiritual (imbuido en lo físico).

Sólo al servir y apegarse a su Creador el ser humano puede hallar verdadera satisfacción y alegría. Si ignora los llamados de su alma, estará destinado a pasar de distracción en distracción (algo que la sociedad tristemente llama “entretenimiento) para escapar las tortuosas dolencias de una vida sin sentido.

Por supuesto, la Torá es lo que nos enseña cómo alcanzar la profundidad y el significado que nuestra alma busca en la vida.

Sin embargo, no debemos creer que se trata de un asunto personal, algo que cada individuo decide para sí mismo. Debemos entender que las decisiones que tomamos en este sentido impactan sobre toda la existencia. El mundo fue creado sólo para este objetivo: alcanzar el significado verdadero, servirle al Creador y apegarse a Él. Todo lo que el ser humano (y en particular el judío) utiliza con este objetivo, se imbuye de kedushá (santidad) al estar apegado al Creador. Además, genera una unificación de los diferentes aspectos de la creación al revelar que todos provienen de Una misma Fuente. Esto lo aprendemos a partir de que las piedras se fundieron en una.

En síntesis, debemos saber que el camino que elegimos en la vida determina no sólo el logro de nuestro objetivo personal, sino que el impacto llega mucho más allá de la esfera personal.