“Y ocurrirá que cuando entres a la Tierra que Hashem tu Dios te entrega en heredad… tomarás de lo primero de todos los frutos del suelo que traerás de tu tierra que Hashem tu Dios te entrega, los pondrás en una canasta e irás al lugar que Hashem tu Dios escogerá para hacer residir allí Su nombre” (Deuteronomio 26:1-2).

Estos versículos describen la mitzvá de bikurim, de llevar los primeros frutos al cohen en el Beit Hamikdash.

Los siguientes versículos describen la declaración que se debe efectuar al llevar los bikurim:

“Vendrás al cohen que esté en esos días y le dirás: ‘Declaro hoy ante Hashem tu Dios que he entrado a la tierra que Hashem juró a nuestros ancestros que nos entregaría’. El cohen tomará la canasta de tu mano y la pondrá delante del altar de Hashem tu Dios. Alzarás la voz y dirás delante de Hashem tu Dios: ‘Un aramí era la perdición de mi ancestro y descendió a Egipto, residiendo allí pocos en número, y se convirtió allí en un pueblo grande, poderoso y numeroso. En Egipto nos hicieron mal y nos afligieron, nos impusieron una dura servidumbre. Entonces clamamos a Hashem, Dios de nuestros ancestros, y Hashem escuchó nuestra voz y vio nuestra aflicción, nuestra pena y nuestra opresión. Hashem nos sacó de Egipto con mano dura, con brazo extendido y con gran pavor y con signos y prodigios. Y nos trajo a este lugar, nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Y ahora, he aquí que traje lo primero de los frutos de la tierra que me diste, oh Hashem’. Y lo colocarás delante de Hashem tu Dios y te postrarás ante Hashem tu Dios. Y te regocijarás en todo el bien que Hashem tu Dios te dio a ti y a tu casa, tú, el leví y el converso que está en medio de ti" (Devarim 26:3-11).

El acto de llevar al cohen en el Beit Hamikdash lo primero de los frutos que uno obtuvo, junto con esta declaración especial, debe ser un poderoso recordatorio de que no es “mi fuerza y el poder de mi mano lo que generó para mí este éxito”,(1) sino que “Hashem tu Dios te da la fortaleza para amasar riqueza”.(2)

¿Por qué no es suficiente declarar que Hashem nos trajo a la Tierra, nos la entregó y, a través de ella, nos provee frutos continua y generosamente? ¿Por qué no es suficiente declarar que le agradecemos a Hashem Su beneficencia? ¿Por qué debemos mencionar la esclavitud en Egipto y que Hashem nos salvó de ella?

Quizás no es tan difícil responder estas preguntas. Reflexionar sobre el contraste entre las dificultades de Egipto y el regalo de la tierra de Israel ayuda a la persona a valorar lo que Hashem le dio.

Pero, ¿por qué debemos mencionar que Iaakov Avinu vivió en la casa de su tío Laván, y que este quería matarlo? Obviamente, no es necesario que mencionemos toda la cadena de eventos que en definitiva nos llevó a Egipto, porque si así fuera no deberíamos detenernos al mencionar que Iaakov escapó de la casa de Laván. ¿Por qué no es necesario mencionar que en primer lugar Iaakov huyó hacia la casa de Laván por el odio de su hermano Esav, que quería matarlo? ¿O por qué no ir más atrás y recordar la primera vez que Hashem le habló a Abraham Avinu, o el comienzo mismo, cuando Hashem creó el mundo y a Adam HaRishón?

De esto resulta obvio que tiene que haber una conexión específica entre la fuga de Iaakov de la casa de Laván y la mitzvá de llevar los bikurim al cohen en el Beit Hamikdash.

La verdad es que hay otra pregunta que debemos formular antes de aventurarnos a encontrar una respuesta.

El versículo parece implicar que el descenso de Iaakov a Egipto fue el resultado de que Laván quisiera destruirlo. ¡Esto sí parece una novedad! Si volvemos por un momento al libro de Bereshit, veremos que Iaakov y su familia después de salir de la casa de Laván no se fueron directamente a Egipto. Primero ellos volvieron a lo que era entonces Canaán y permanecieron allí durante un tiempo. Entonces los hermanos que envidiaban a Iosef, lo vendieron como esclavo a los egipcios. Allí Iosef llegó a ser el segundo al mando. En ese momento hubo una terrible hambruna mundial y entonces Iaakov llevó a su familia a Egipto, donde Iosef podía cuidarlos. Por lo tanto, el hecho de que Laván haya querido matar a Iaakov parece haber tenido, en el mejor de los casos, una influencia muy indirecta en el descenso de nuestro patriarca a Egipto.

Si lo analizamos, podemos notar una gran similitud entre la situación de Iaakov Avinu en la casa de Laván y la del pueblo judío en Egipto. Iaakov llegó a la casa de Laván pobre y solitario.(3) En la casa de Laván Iaakov se casó con Rajel y Leá, sus dos esposas, y construyó su gran familia. También fue allí que Iaakov amasó una gran fortuna gracias a una bondad especial del Cielo.(4) Pero primero Iaakov tuvo que trabajar intensamente para Laván durante muchos años, durmió muy poco, sufrió por las altas temperaturas durante el día y el duro frío durante la noche.(5) Incluso después de que gracias al jésed de Hashem, Iaakov logró evitar las trampas y los engaños de su malvado tío y construyó su familia y su fortuna, igualmente Iaakov apenas se salvó de ser aniquilado. Los versículos relatan que Laván era capaz de destruir a Iaakov y su familia (y en la parashá de esta semana nos enteramos que efectivamente quería hacerlo), y que la única razón por la que no lo hizo fue porque Hashem le advirtió proféticamente que no lo lastimara.(6) Podemos decir que la historia de Iaakov en la casa de Laván fue un proceso de intenso sufrimiento, de éxito familiar y económico y de salvación de una destrucción total casi segura.

A esta altura, el paralelo es bien claro. Como sabemos, los judíos sufrieron terriblemente durante muchos años a causa de los malvados egipcios. Sin embargo, durante ese tiempo se incrementaron hasta convertirse en una gran nación. Finalmente, después de las diez makot, fueron liberados y recibieron toda la riqueza de Egipto. A continuación, cuando estaban frente al Iam Suf, el faraón con su enorme ejército se acercó para atacarlos. Sin dudas, de acuerdo al orden natural, ellos hubieran destruido por completo al pueblo judío. Pero, como sabemos, Hashem hizo el milagro de la partición del Iam Suf, nosotros lo atravesamos por tierra seca y nuestros opresores se ahogaron en sus aguas.

Sufrimiento intenso, éxito de crecimiento numérico y económico, salvación de una inminente destrucción total.

Quizás ahora podemos entender la respuesta. No sólo atravesamos este proceso de esclavitud y redención como pueblo, sino que también nuestro patriarca Iaakov pasó por el mismo proceso. No fue simplemente un evento único en la historia que Hashem decidió que debíamos atravesar, sino algo que pertenece a nuestra naturaleza, que forma parte de nuestra constitución como nación.

Abraham y Sará eran estériles. De forma natural, no hubieran tenido hijos. Pero Hashem le dijo a Abraham que saliera, que saliera de su mazal, de sus limitaciones predestinadas.(7) De hecho, tal como lo describe la Torá, el nacimiento de Itzjak fue completamente milagroso. Y no termina allí. El Gaón de Vilna explica que de acuerdo con el orden natural, el pueblo judío no tiene ninguna existencia. No somos parte del orden natural que Hashem creó y dirige con un conjunto específico de reglas y regulaciones constantes. En cambio, existimos como resultado de y gracias a la providencia directa de Dios para materializar el objetivo de la existencia. Un pueblo judío que trae luz al mundo debe existir dentro de una relación directa y constante con el Creador; una relación que se manifiesta de una forma que le muestra al mundo cuál es el propósito de la creación.

Para nosotros es sumamente importante comprender que incluso cuando disfrutamos de la riqueza de la tierra, incluso cuando todo es maravilloso y somos poderosos, exitosos y ricos, cuando disfrutamos de todas las bondades que el mundo físico tiene para ofrecer, más que nadie debemos ser plenamente concientes de que nuestros esfuerzos no son nada sin la bondad de Hashem, que sin ella ni siquiera existirían.

Existimos y funcionamos exclusivamente dentro de esta relación de servicio al Creador y al ser guiados directa e íntimamente por Él por un camino muy especial. Por lo tanto, ser conscientes de nuestra forma exclusiva de existencia, reconocer la relación especial que tenemos con el Creador y reconocer la bondad absoluta y constante que recibimos de Él como resultado de esa relación es fundamental para saber qué y quiénes somos.

Expresamos esta conciencia al llevar nuestros primeros frutos, producidos con tanto esfuerzo, al cohen en el Beit Hamikdash, y declarar que tenemos consciencia de lo especial y única que son nuestra existencia y nuestra relación con Hashem, como queda enfáticamente expresado en la historia de esclavitud y redención de Iaakov de la casa de Laván y de los Hijos de Israel de Egipto.

NOTAS

1. Ékev 8:17.

2. Ékev 8:18.

3. Vaishlaj 32:11, Rashi en Vaietzé 29:11.

4. Vaietzé 30:43, 31:9-12, Rashi en 31:10 y 31:42.

5. Vaietzé 31:38-42.

6. Vaietzé 31:22-29.

7. Rashi en Lej Lejá 15:5.