Al igual que los equipos de fútbol y los países, también cada una de las tribus de Israel tenía su propia bandera y su símbolo (Números 1:52; 2:2). El Midrash explica que cuando el pueblo judío recibió la Torá en el Monte Sinaí, vio que cientos de miles de ángeles acampaban de acuerdo con sus banderas. Entonces el pueblo deseó hacer lo mismo (Números Rabá 2:3). Uno podría asumir que esas banderas, diseñadas como una forma de imitar a los ángeles durante el momento histórico de la Revelación, serian ondeadas y celebradas cada vez que estas tribus fueran mencionadas a lo largo de la Biblia. Pero sorprendentemente, más allá de esta parashá, la Torá nunca vuelve a mencionar estas banderas. ¿Por qué?

La vida es una travesía constante para llegar a nuestro máximo propósito, y "cada persona tiene su enfoque personal, porque no hay dos personas exactamente iguales… y no hay dos personas que tengan la misma naturaleza" (Gaón de Vilna, sobre Proverbios 16:1). El desafío para cada uno es identificar su propio propósito en este mundo. Pero ese punto constantemente está en movimiento y en cambio, porque a medida que crecemos y evolucionamos, lo mismo ocurre con nuestro contexto y nuestro marco de referencia. Nuestro propósito hoy no será el mismo que nuestro propósito mañana, porque mañana seremos diferentes de lo que somos hoy. A través de los años y las décadas, desarrollamos nuestras habilidades, nuestro medio se transforma y nuestras prioridades maduran. Estos elementos en constante cambio crean una miríada de coordenadas en el mapa de nuestra vida, cada una de las cuales presenta nuestra meta singular en ese momento en el tiempo. Sobre la base de este escenario personal dinámico, identificar nuestro propósito individual en un momento determinado es uno de los desafíos más emocionantes de la vida, algo que curiosamente identifica a la humanidad.

De forma similar a los humanos, también cada ángel tiene una tarea singular. Sin embargo, por definición, un ángel está confinado sólo a esa tarea, porque "un ángel no puede cumplir dos misiones y dos ángeles no puede cumplir una misión" (Génesis Rabá 50:2). Por lo tanto, si bien tratar de imitar a los ángeles en el sentido de aspirar a la perfección en una cualidad tras otra, es un emprendimiento positivo; es importante reconocer que para los humanos, lograr la perfección en nuestra propia misión no es más que un solo paso en el camino para alcanzar nuestro propósito final en la vida.

Otra distinción entre los ángeles y los humanos es que los ángeles están consistentemente en su trayectoria de crecimiento. Ellos se mueven constantemente hacia arriba, siempre acercándose a la perfección. En contraste, los seres humanos somos dinámicos y complejos. Nuestro camino no es unidireccional. A lo largo del camino para cumplir nuestro propósito podemos crecer, caer o volar en cualquier momento. "La Torá no fue entregada a los ángeles" (Tratado Brajot 25b). Fue entregada a seres de carne y hueso. A nosotros, a los seres humanos, completos con nuestras debilidades y fallas por un lado y con nuestras fortalezas y éxitos por el otro. Por lo tanto, en nuestro interior existe el potencial para elevarnos a grandes alturas y la posibilidad de volar incluso más alto que los ángeles.

Si alguien se destaca en cierta área, debe ondear la bandera sobre su cabeza con orgullo. Pero confinarnos sólo a esa bandera sería quedarnos cortos respecto a nuestro singular propósito humano de múltiples niveles en esta tierra. Llevar sólo esa bandera no hace justicia a los muchos otros momentos de satisfacción y propósito que nos esperan a la vuelta de la esquina. Al cumplir una tarea particular, una misión o un propósito, de inmediato debemos comenzar a buscar cuál es la siguiente área de la vida que requiere nuestra contribución singular, y trabajar para lograrlo y levantar esa bandera.

Por eso, una vez que las tribus establecieron sus respectivas fortalezas y ondearon sus banderas en ese momento en el desierto, tuvieron que seguir adelante a la siguiente misión que les esperaba. Sus banderas fueron significativas en ese momento en particular y en ese lugar. Pero cuando las tribus siguieron su camino, las banderas perdieron su relevancia y por eso la Torá no vuelve a mencionarlas.

Imagina alguien que logra dominar la habilidad del golpe de revés en tenis. No importa en qué lugar de la cancha se encuentre, si hace falta un golpe de revés, el golpe es perfecto. ¿Pero qué ocurre cuando la habilidad necesaria es un saque? ¿Qué ocurre con un golpe de derecha o una volea en medio de la cancha? El revés sólo le ayudará a ganar el partido si las habilidades del otro tenista son similares. Así también en la vida no es suficiente desarrollar sólo una habilidad y sentarse satisfecho apenas se logra dominar esa destreza particular.

Al viajar por nuestro complejo camino humano, recolectando habilidades y experiencias, a veces teniendo éxito y otras fracasando, para lograr finalmente concretar nuestra misión es esencial trabajar constantemente sobre nuestras debilidades, adquirir nuevas habilidades y esforzarnos por encontrar confort fuera de nuestra zona de confort. Esto significa que las metas de la vida no sólo se mueven eternamente, sino que idealmente deberíamos estar activos para moverlas, tomar las riendas de nuestras vidas mientras buscamos mejorar, crecer y perfeccionarnos. Este enfoque nos prepara para enfrentar cada nuevo desafío con las habilidades y la actitud adecuada, lo que nos permite tener más éxito.