Los grandes líderes crean sus propias eras. Sus actos influyen profundamente en la manera que entendemos el mundo, tanto que el mundo parece diferente ante su ausencia. Marcon Turnbull, el primer ministro australiano anti monarquista, al explicar por qué Australia no tendría otro referéndum de independencia mientras la reina Isabel II siguiera viva, declaró que si bien él es definitivamente un republicano, "también soy un fuerte isabelino"(Sydney Morning Herald, 3 de julio 2017). Generaciones de ciudadanos del Commonwealth asocian la idea de un jefe de estado especialmente como "Su majestad", incapaces de contemplar un mundo sin la reina. De esta manera, los contornos de la historia se ven limitados por las personalidades de los líderes más destacados.

La última parashá de la Torá describe las circunstancias de la muerte de Moshé, el mayor líder del pueblo judío. Hubiéramos podido pensar que al acercarse el final de sus días, su imagen comenzaría a menguar. Pero Moshé continuó impartiendo cruciales lecciones de vida respecto al liderazgo y la humildad, incluso en sus momentos finales (Ibn Ezra sobre Deuteronomio 34:5).

En un obituario típico de un líder nacional moderno, podemos esperar encontrar una lista de los logros de su carrera, lo grandes premios que ganó y las formas en que sus actos impactaron las vidas de sus pueblos. Uno puede cuestionar legítimamente cuál fue su motivación subyacente. ¿Buscaba la benevolencia o el poder y la superioridad sobre los demás? Quizás ambas cosas ocupaban un lugar. Sin embargo, la Torá designa a su máximo líder como un eved Hashem, un "siervo de Dios" (Deuteronomio 34:5). Este es un elogio extraordinario para un líder: decir que dedicó su vida al servicio de algo mayor que sí mismo y que se dedicó a una causa más allá de su propia elevación.

Ni un momento de la vida de Moshé estuvo dedicada a adelantar sus propios intereses, una verdad que Kóraj y sus seguidores no lograron entender. El título de "siervo de Dios" puede verse como una culminación de todos sus esfuerzos durante las cuatro décadas previas. Al final de su vida, Moshé verdaderamente había servido: había logrado llevar al pueblo judío a las puertas de la Tierra Santa, lo defendió de sus enemigos y de la ira de Dios, le enseñó la Torá y aseguró la transición a la siguiente generación de líderes. Precisamente esta dedicación al máximo bien es lo que lo acercó a Dios más que ningún otro mortal antes o después. En un emotivo comentario que da testimonio del vínculo entre este siervo y su Amo celestial, Rashi describe la manera en que fue tomada el alma de Moshé: "con un beso" (neshiká).

Otra lección importante que transmite la Torá sobre los momentos finales de Moshé tiene relación con la declaración de que Moshé está enterrado en algún lugar de la llanura moabita y que "ningún hombre ha sabido su lugar de sepultura hasta este día" (34:6). El secreto respecto a la tumba de Moshé es sumamente apropiado teniendo en cuenta la obra de su vida. A diferencia de todos los líderes nacionales del mundo antiguo, Moshé no buscó riqueza ni grandeza. La Torá resalta el contraste entre Moshé y su oponente, el faraón. Los faraones construyeron sus imperios sobre las bases de riqueza y poder, y los enterraban en enormes pirámides. Sin embargo, hoy en día sus civilizaciones están en ruinas. En contraste, el sitio donde está enterrado Moshé es simple y anónimo, pero cada día millones de personas estudian sus palabras en el mundo.

A través de este contraste, la Torá nos enseña una valiosa lección: hay que invertir con sabiduría. No dediques tu vida a adquirir dinero, poder, propiedades, honor o cualquier cosa que deja de ser relevante en el momento que partes de este mundo. En cambio, invierte tu tiempo y tu energía en las cosas que realmente son importantes: ser bondadoso, actuar moralmente, enseñar con humildad, respetar a los demás y asegurarte que tu vida se convierta en una bendición y un ejemplo para quienes sigan tus pasos.

Los días de Moshé en esta tierra pueden haber terminado en esta parashá. Pero su presencia se sigue sintiendo a nuestro alrededor. En la sinagoga, seguimos oyéndolo instruir sabiamente a nuestro pueblo, y él sigue guiando con humildad a nuestros líderes. Seguimos recordando la forma en que él elevó sus brazos hacia el cielo pidiendo inspiración y fuerza de Dios. Por lo tanto, "no se levantó nunca más un profeta en Israel como Moshé" (34:10) y su mensaje sigue vivo hoy en día.