Una de las pocas maneras de lograr un nivel de inmortalidad en este mundo es transmitir nuestro legado a la siguiente generación. Cuando los días de Itzjak llegaban a su fin, él comprendió la importancia de transmitir el manto del liderazgo judío, y supo que estaba destinado a uno de sus hijos. Esav, el primogénito, parecía el candidato más probable, a diferencia de Iaakov. Por eso, "Cuando Itzjak envejeció… llamó a Esav, a su hijo mayor" para bendecirlo antes de morir (Génesis 27:1-4).

Esta decisión pareció ser la más lógica. En primer lugar, la Torá misma explica que incluso si el hijo menor es el preferido, el primogénito adquiere una herencia mayor (Deuteronomio 21:17). En segundo lugar, una comparación básica de caracteres mostraba que Esav era más adecuado para ser un líder. Iaakov y Esav son presentados en el mismo versículo como dos personas muy diferentes: "Esav era un hombre conocedor de la caza, un hombre del campo; pero Iaakov era un hombre íntegro (ingenuo), morador de tiendas" (Génesis 25:27). Rashi señala que Iaakov es contrastado con Esav para resaltar su falta de experiencia en el "mundo de Esav". Se lo presenta como un erudito estudioso, pero carente de experiencia en el "mundo exterior".

Sin esposa ni hijos, y bajo el tierno patrocinio de sus padres, Iaakov parece llevar una vida muy protegida. Durante catorce años estudió en la academia de Shem y Éver (Rashi 25:17). Esav, en cambio, es un hombre de medios y tremenda fuerza; él sabe cómo manejar el mundo complejo en el que vive. Itzjak ama especialmente su capacidad de cazar y preparar delicias y estipula que esa es una condición para que darle su bendición (25:28, 27:4). El liderazgo requiere acción y una valoración de la realidad que va más allá del ingenuo entendimiento académico. Esto, unido con los derechos de primogenitura de Esav, llevó a que Esav pareciera ser el candidato más apropiado para ser el líder.

Uno de los encuentros más icónicos de la Torá tuvo lugar cuando Iaakov se presentó ante Itzjak para adquirir la bendición del primogénito. Itzjak esperaba que llegara Esav y se dio cuenta que quien estaba allí no era su primogénito, por lo que desafió al intruso. A pesar de no tener experiencia en el arte del engaño, de todos modos Iaakov lleva el manjar adecuado y logra vestirse (con ayuda de su madre) para hacerse pasar por Esav. Pero es incapaz de enmascarar con éxito su voz. Itzjak comprende esta palpable encrucijada en la vida de Iaakov, una coyuntura entre su pasado idealista donde todo era blanco o negro, y un futuro más complejo, donde comprende las realidades más grises y matizadas de la vida. Al parecer, Iaakov aprendió algunos de los caminos de Esav, y por lo tanto Itzjak declara: "'La voz es la voz de Iaakov, pero las manos son las manos de Esav'. Y no lo reconoció, pues sus manos eran velludas como las manos de Esav…" (27:22-23)

A pesar de sentirse confundido ante la repentina aparición de Iaakov, él percibe un gran desarrollo en la capacidad de liderazgo de Iaakov, quien mantiene su "voz" idealista, pero finalmente manifiesta su capacidad de actuar en un momento de necesidad con las "manos de Esav". Parece que finalmente Iaakov aprendió cómo compartimentar en la práctica lo que aprendió como un aislado "estudiante de ieshivá" en el mundo teórico y "perfecto" de la verdad, y aplicarlo en el mundo complejo y nada perfecto en el que vive. Sobre esta base, Iaakov se convierte en el portador del legado de Itzjak como el último patriarca de la nación judía.

En un período relativamente breve, Iaakov deja su protegida zona de confort, se casa con cuatro mujeres, tiene muchos hijos, trabaja para ganarse la vida y aprende a enfrentarse con su deshonesto suegro, Laván. Pero este abrupto cambio de vida parece ser una experiencia demasiado discordante. Por momentos, da la impresión de que Iaakov se parece demasiado a Esav. Cuando Iaakov se vuelve extremadamente exitoso en el mundo que una vez le resultaba tan ajeno, la Torá no se refiere a él como Iaakov, sino como "el hombre" (30:43), quizás sugiriendo que ya no es él mismo.

Mientras que en el pasado Iaakov soñó con ángeles que ascendían y descendían en el sitio más espiritual del mundo (28:12), al estar en la casa de Laván sueña con ovejas, su profesión terrenal y su nueva fuente de ingresos (31:10). Sus sueños pasan de lo místico a lo material, hasta que se le aparece un ángel en su nuevo sueño y le recuerda su pasado más elevado (31:11). Inmediatamente antes de que le cambien su nombre, Iaakov lleva a su familia al otro lado del río Iabok y luego regresa, solo y vulnerable, para buscar unos pequeños recipientes que habían quedado atrás (Julín 91a). Iaakov literalmente arriesgó su vida por un placer material (Kli Iakar 32:25) y en ese momento nuevamente un ángel le recuerda lo que es importante. Pero entonces resulta que ese ángel misterioso cambia el nombre de Iaakov por Israel.

El Talmud cuenta que incluso cuando eran embriones dentro del útero, Iaakov y Esav luchaban por dos mundos (Avodá Zará 11a), demostrando que ambos hermanos luchaban con la realidad de ambos elementos del mundo. Pero lo que dio origen al legendario nombre y a la nación de Israel fue la capacidad de extraer lo mejor de los mundos contrastantes representados por Iaakov y Esav y la capacidad de equilibrar a ambos. Siguiendo su pasado idealista y su presente mundano, Iaakov finalmente recibió el nombre de Israel, porque "luchó con Dios y con el hombre y prevaleció" (32:29).

Tal vez este título encapsula la evolución de Iaakov de la ingenuidad a la sofisticación, reflejando su capacidad de luchar tanto con lo Divino en el mundo ideal, tal como aprendió en la academia de Shem y Éver, como con el hombre en el mundo real, lo que tradicionalmente era el dominio de Esav. Como descendientes de Israel y portadores de su nombre, debemos aceptar el desafío de lograr el matiz y el equilibrio necesario entre los dos mundos.