Al comienzo de esta parashá, Nóaj es descripto de una manera que refleja su naturaleza inicial: "…Nóaj era un hombre justo (ish tzadik), perfecto en su generación; con Dios marchó Nóaj" (Génesis 6:9). Él es un hombre de perfección que se esfuerza en la vida por llegar a lo ideal. En contraste con la comunidad amoral que lo rodea, Nóaj se adhiere cuidadosamente a un código de comportamiento ético y es un ish tzadik, elevando lo que de otra manera podrían parecer experiencias mundanas.

Dios envuelve la tierra en un diluvio y de esta forma la limpia de toda iniquidad y le brinda una segunda oportunidad a la humanidad. Nóaj, el ish tzadik, tiene la oportunidad sin precedentes de volver a dar comienzo a la civilización. Pero da el paso equivocado y pierde la oportunidad. Al volver a entrar a ese nuevo mundo impoluto, "Nóaj, el hombre de la tierra (ish adamá) se degrada a sí mismo y planta una viña" (9:20), lo que lleva a su intoxicación y su consiguiente vergüenza. En esta nueva etapa de su vida, Nóaj vive para su propia complacencia. De ser un ish tzadik elevado y recto, cae al estado de ish adamá, un hombre de la tierra desprovisto de ideales que ya no aspira a la perfección.

Irónicamente, cuando Nóaj es desafiado con la formidable tarea de construir y mantener el arca, un microcosmos del nuevo mundo, él personifica el ish tzadik. En contraste, cuando esta tarea pierde importancia al volver a entrar a la vida cotidiana en la tierra, él planta una viña en el campo, se vuelve completamente egocéntrico y pasa a ser un ish adamá. En este contraste se revela la importancia de un sentido de propósito. El peligro del pecado de Nóaj, en comparación con los pecados explícitos que lo rodeaban en la generación del diluvio, está en su sutileza. Él no se degeneró moralmente, no es demasiado arrogante ni pagano, simplemente es un ish adamá, una persona desprovista de ideales elevados. Así también, los mayores desafíos a menudo surgen cuando uno menos los espera, ocultos en los momentos que parecen ser los más mundanos.

El Midrash yuxtapone la regresión de Nóaj con la evolución de Moshé (Midrash Tanjuma, capítulo 3). Las hijas de Moshé presentan a Moshé como un ish mitzrí (un egipcio) (Éxodo 2:19). Moshé creció en el palacio del faraón, y naturalmente es asociado con los egipcios y sus caminos inmorales. Posteriormente, Moshé es descripto como un ish ha-Elokim (un hombre de Dios) (Deuteronomio 33:1). Con este sutil cambio en el título, la Torá revela la gran transformación de Moshé del ish mitzrí criado en el centro de la sociedad egipcia, al líder espiritual del pueblo judío, un ish ha-Elokim.

A través de la narración de la vida de Moshé, uno puede ver el potencial de crecimiento, las oportunidades de grandeza, y el gigante en que una persona se puede convertir incluso cuando sus antecedentes son poco favorables. Sin embargo, el paralelo con Nóaj demuestra la simple realidad del potencial que se desperdicia debido a la falta de fortaleza y convicción.

Quizás hay otra gran diferencia entre estos dos personajes que, cada uno a su manera, redefinieron en quién se convirtieron. Dios le dijo a Nóaj: "…Yo destruiré la tierra" (Génesis 6:13). Nóaj, sin heroísmo, aceptó pasivamente este hecho y siguió adelante. Construyó un arca exclusivamente para su familia y el resto del mundo pereció. Cuando finalmente tuvo la oportunidad de volver a poblar el mundo y reconstruir todo lo que se había perdido, su primer acto fue plantar una viña para sí mismo, el máximo acto de autocomplacencia.

Moshé escuchó una declaración casi idéntica: "Dios le dijo a Moshé… déjame que se encienda Mi ira y los consumiré y haré de ti una gran nación" (Éxodo 32:10). Dios le ofreció a Moshé comenzar de cero, construir una nueva nación que fuera digna, con Moshé a la cabeza. Moshé podría haber reaccionado pasivamente como Nóaj y aceptar el decreto de Dios. Sin embargo, Moshé no aceptó una respuesta negativa. Su verdadero heroísmo quedó expresado cuando desafió a Dios para defender a su amado pueblo. "¿Por qué Dios se encenderá Tu ira contra Tu pueblo…?" (32:11) Por su propia historia personal, Moshé conocía bien el potencial de crecimiento y sabía que, incluso de lo más bajo, el pueblo podía elevarse a grandes alturas espirituales.

A menudo en la vida seguimos el camino más fácil y nos concentramos únicamente en nuestros propios intereses personales a costa de las responsabilidades comunitarias que son más complicadas. De Nóaj aprendemos que este enfoque puede provocar una caída de ser un ish tzadik a un ish adamá, y sabemos que en las circunstancias de Nóaj eso llevó a que desaparecieran todas las personas que lo rodeaban. En contraste, Moshé optó por el camino menos recorrido; enfocarse en las necesidades de los demás y no en las propias, y en dictaminar las circunstancias en vez de dejar que se las dictaminen. Moshé triunfó tanto en lo que hace a sus logros personales como con respecto al bien mayor, porque salvó a toda la nación del exterminio y logró el elevado estatus de ser un ish ha-Elokim.

En un mundo donde el enfoque más conveniente es el de Nóaj, preocuparse exclusivamente por uno mismo, la grandeza de Moshé se nos presenta como un paradigma y nos coloca frente a un desafío. Enfocarnos en las necesidades de los otros antes que en las propias en el proceso eleva nuestra existencia.