La creación de Internet cambió para toda la eternidad la idea de la interconectividad. Hoy, todo asunto global cuenta con el potencial de transformarse en un tema local. Por supuesto, hay muchas consecuencias positivas de este desarrollo. Los ejemplos incluyen el prospecto de formar redes de trabajo, fuentes para micromecenazgo (crowdfunding) y la posibilidad de que tenga lugar un flujo de ideas sin paralelos. Todas estas son oportunidades extraordinarias que deben celebrarse.

Pero es muy fácil cerrar los ojos a los peligros inherentes. En las grandes ciudades occidentales comenzamos a ver que los pequeños negocios se ven obligados a cerrar. Ellos ya no pueden competir con el mercado digital ni con las grandes cadenas.

Aunque por lo general lo dejamos pasar de largo, esta tendencia en verdad se extiende más allá del mercado económico hacia el mundo de la caridad.

Instagram y Facebook están repletos de publicaciones sobre casos de necesidad que requieren una atención "heroica". ¿Quién no desea poner fin al hambre, la enfermedad y la guerra? Todas estas son causas nobles que merecen recibir ayuda de forma urgente. Pero, a menudo, nuestras prioridades se confunden y lo global reemplaza a lo local. Lo más público, emocionante y famoso reemplaza a los temas más anónimos, de menos escala, que es en donde en verdad tenemos más posibilidades de marcar una clara diferencia.

Tomemos por ejemplo el caso típico de un adolescente que lee en las redes sociales sobre una enfermedad que afecta a una tribu africana. El jovencito sigue enlace tras enlace tratando de entender el problema y se siente terrible por las personas cuyas vidas se ven afectadas por esa enfermedad. Él comparte una foto y un comentario en sus cuentas de Facebook, Twitter e Instagram. Sus sentimientos de caridad fueron exitosamente transmitidos a su esfera de influencia. De esta manera mostró que le importa. Como resultado de su altruismo, ahora puede disfrutar la satisfacción de haber hecho algo para ayudar a salvar el mundo.

Lo que logró de hecho es positivo y no debemos menospreciarlo. Pero lamentablemente, su sed por hacer el bien en cierta medida se ha saciado. Ahora, cuando su madre le pide que haga cualquier acto de bondad (visitar a su abuela, ayudar con las tareas del hogar, sacar a pasear a un amigo enfermo, ofrecerse como voluntario en una organización de ayuda local), él puede sentirse menos obligado. Puede sentir que ya hizo su parte por la sociedad, por así decirlo.

Este fenómeno puede verse agravado por el hecho de que a menudo quienes sufren en nuestros círculos más cercanos no parecen estar tan desesperados por recibir ayuda como las personas de las tragedias sensacionalistas del otro lado del planeta. El hecho de dedicar tiempo a este último objetivo no es algo negativo. Sin embargo, que eso sustituya la responsabilidad de lo primero sin dudas es algo negativo.

La Torá dice: "si hubiera un necesitado en ti, de entre uno de tus hermanos, en una de tus ciudades, en tu tierra que Hashem tu Dios te entregue, no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano destituido. Sino que ciertamente abrirás tu mano para él" (Deuteronomio 15:7-8). El Midrash deduce de esto que debemos priorizar nuestra caridad, comenzando con los destituidos más cercanos: tu familia, tu propia ciudad, Israel y luego el resto del mundo (Rashi ad loc., basado en Sifri 116). De hecho, esta priorización de los esfuerzos caritativos fue codificada en la ley judía: uno comienza con su esfera inmediata y de allí se mueve hacia afuera (Ramó, Ioré Deá 251:3, Kitzur Shulján Aruj 34:6).

Esto no quiere decir que no debamos preocuparnos por lo que ocurre del otro lado del mundo. Debemos hacerlo. Sin embargo, si tenemos recursos limitados. Nuestra obligación es en primer lugar para aquellos que están en nuestra esfera inmediata y sólo subsecuentemente con aquellos que están en esferas más amplias. Responder a cualquier causa, cercana o lejana, sin dudas es un comportamiento noble. Sin embargo, debemos asegurar que esta caridad telescópica no tenga lugar a costas de la diferencia tangible que podemos hacer para aquellos que están más cerca.

La siguiente declaración se le suele atribuir a Rav Israel Salanter, un ético y el fundador del movimiento de Musar:

Cuando era un hombre joven, quise cambiar el mundo. Descubrí que era difícil cambiar el mundo, así que traté de cambiar a mi país. Cuando entendí que no podía cambiar a mi país, comencé a enfocarme en mi ciudad. No logré cambiar a mi ciudad, y cuando ya era un hombre mayor traté de cambiar a mi familia. Ahora, como un hombre anciano, comprendo que lo único que puedo cambiar es a mí mismo, y de repente entiendo que si mucho antes me hubiera cambiado a mí mismo podría haber impactado en mi familia. Mi familia y yo hubiéramos podido impactar en nuestra ciudad. Su impacto hubiera cambiado a la nación y de hecho hubiera podido cambiar el mundo.

Tenemos un mandamiento bíblico de dar caridad (Ver Levítico 25:35-38; Deuteronomio 15:7-11). La ley judía requiere que entre el diez y el veinte por ciento de nuestra ganancia sea distribuida, de modo que mientras más tenemos, más damos (Shulján Aruj, Ioré Deá 249:1). Esta idea puede extenderse más allá de lo económico, incluyendo también nuestro tiempo y nuestro talento. Para la persona promedio, el costo de la oportunidad de seguir las emocionantes "mega causas" globales implica comprometer lo simple por lo que parece más interesante. En vez de mirar a través del telescopio de la caridad digital, deberíamos sacar un microscopio y enfocarnos en las necesidades de los más cercanos a nosotros, en casa.