En la parashá Bereshit, se relata la famosa historia de Adán y Eva, que comieron del fruto prohibido en el Jardín del Edén. Este incidente es realmente sorprendente, considerando que Adán escuchó directamente de Dios la instrucción de no comer. ¿Qué pasó?

De hecho, Dios le dijo a Adán: “No comerás de ese árbol”. Sin embargo, Adán quiso tomar una precaución extra y cuando le comentó a Eva acerca de la prohibición le habló de “no tocar” el árbol.

La serpiente aprovechó estas palabras de Adán para su astuto plan. La serpiente la preguntó a Eva: “¿Qué problema hay con ese árbol? A lo que Eva respondió: “No nos está permitido tocarlo”.

En ese preciso momento, relata el Midrash, la serpiente empujó a Eva contra el árbol y le dijo “¿Viste? ¡Tocaste el árbol y nada sucedió!”. Esto confundió a Eva y la serpiente continuó diciendo: “Dios te ordenó permanecer alejada de ese árbol con el fin de protegerse a Sí mismo. ¿Sabes de dónde obtuvo Dios la fuerza para construir el mundo? ¡De ese árbol, comiendo de él! Por eso Dios pretende que nadie se acerque a él, pero”, continuó la víbora, “tú tocaste el árbol y nada ocurrió. Ahora, pues, ve y come de él también”.

Eva comió, y nosotros sufrimos las consecuencias hasta el día de hoy.

Permítanme analizar la secuencia de los eventos. El hecho de que Adán prohibió tocar el árbol era una buena medida preventiva contra el peligro que éste representaba. Las personas erigen barreras en las calles en torno a los hoyos cuando están haciendo alguna reparación. ¿Por qué no poner barreras entonces, a fin de no violar la palabra de Dios?. La falla de Adán reside en el hecho de que no comunicó a Eva la clara distinción entre lo que Dios ordenó y la valla preventiva que él agregó.

Por eso a lo largo de la historia judía nuestro sabios se esforzaron siempre en diferenciar si la ley está ordenada por la Torá directamente o por una orden rabínica. El error fatal de Adán fue no comunicar esa distinción.