La parashá Shemot habla sobre cómo el bebé Moisés - flotando dentro de una canasta en el río - es salvado por la hija del Faraón, quien lo adopta y lo lleva a vivir al palacio real.

Pero de inmediato surge un problema: ¿Cómo alimentar al bebé? En aquellos días no existía una fórmula para bebés embotellada; cuando la madre biológica no se encontraba presente, la persona a cargo del bebé debía conseguir una nodriza capaz de amamantarlo. Sin embargo, Moisés se negaba a ser amamantado por mujeres egipcias, hasta que finalmente la hija del Faraón encontró a una mujer de la cual Moisés sí aceptaba su leche - Yojeved, ¡la madre biológica de Moisés!

Ahora debemos apreciar la ironía de este suceso. El decreto de muerte del Faraón en contra de los bebes judíos tenía como intención específica evitar una nueva generación de liderazgo judío. Pero, ¿qué ocurre en lugar de eso? Moisés, el próximo gran líder judío es criado, educado y entrenado justo bajo las narices del Faraón, en su propia casa y a expensas suyas. Y para colmo, ¡la madre de Moisés recibe un salario!

Aquí podemos encontrar una profunda lección. Dios tiene un plan para el mundo, y cada uno de nosotros tiene la posibilidad de elegir: asociarse a Dios y disfrutar del placer de llevar a cabo este plan, o (como el Faraón) ir en contra de Dios y terminar como un tonto.

“Haz de la voluntad de Dios tu voluntad” declara el Talmud. Esto suena como un buen consejo. Porque, como vimos en los casos de Moisés y el Faraón, Dios finalmente solucionará todo a Su modo.