La parasha Ki Tisá habla acerca de la construcción del Becerro de Oro. La pregunta obvia es: ¿Cómo pudieron los judíos hacer tal cosa? ¡Ellos acababan de presenciar cómo Dios envió las diez plagas y cómo el Mar Rojo se partió milagrosamente! ¿¡Quién, en el campamento israelita, se tornaría hacia la idolatría tan rápidamente!?

Esto es lo que ocurrió: durante cuatrocientos años los judíos fueron simples esclavos en Egipto, fueron abusados y ridiculizados. Luego de las diez plagas, todo se revirtió y ¡tres millones de judíos salieron de Egipto a la luz del día!

Cuando los judíos abandonaron Egipto, algunos egipcios se subieron al carro y se aferraron al campamento judío. Este grupo es conocido como la “multitud que se mezcló”, los erev rav. Dado que no estaban integrados al pueblo judío, el Becerro de Oro era su oportunidad de comenzar una revolución, aunque fuera autodestructiva.

Los cabalistas explican que esta energía de la “multitud que se mezcló” es un paralelo de la inclinación dentro de cada uno de nosotros que nos insta a alejarnos de Dios. Nos frustramos porque las cosas no se desarrollan del modo que deseamos. Entonces nos enojamos y nos rebelamos. Y este es el peor error. Porque el nivel más alto de nuestra expresión humana es utilizar el libre albedrío para descubrir a Dios, a pesar de nuestros problemas y tribulaciones.

Entonces, ¿cuál es la clave para luchar contra esta tendencia autodestructiva? Reconocer que es una entidad ajena, tal como la “multitud que se mezcló”. Porque bien en el fondo, nuestro deseo más puro es servir a Dios, en todo sentido.