La parashá Ajarei Mot habla acerca del servicio de Iom Kipur que se llevaba a cabo en el Templo Sagrado en Jerusalem. Uno de los momentos más cruciales era cuando dos cabras eran traídas al Templo y se realizaba una lotería a fin de determinar cuál sería ofrecida en el sagrado altar y cuál seria arrojada desde un acantilado a Azazel como “chivo expiatorio”.

El Talmud explica que ambas cabras debían ser idénticas en apariencia, tamaño y valor. No debía haber nada aparente para distinguirlas. Todo se decidiría en base a la lotería, tenían un probabilidad de 50/50 de convertirse en una ofrenda sagrada o de enfrentarse a una espantosa muerte.

Los cabalistas explican que esto simboliza la idea del libre albedrío. En todo momento, actuar correctamente siempre es una decisión de 50/50. Comúnmente ninguno de nosotros tiene deseos de cometer asesinato. Y por el otro lado, es poco probable que estemos dispuestos a abandonar todo y salvar a los niños que mueren de hambre en África. Las opciones reales están confinadas a un punto específico en el cual la elección verdaderamente es 50/50.

La implicancia de esto es que nadie es intrínsecamente justo o malvado, sino que en cada momento elegimos ser – para ese momento – justos o malvados, decidimos crecer o quedarnos estancados. Y luego, el conjunto de todos esos “momentos” es lo que define nuestra posición espiritual y moral.

El rabino Hirsch explica que el solo hecho de entender la idea de las dos cabras nos posiciona en un nivel más elevado. Ya que, a pesar de que el libre albedrío nos otorga un poder enorme, si no sabemos que poseemos este poder, entonces, dejamos que nuestras decisiones “simplemente ocurran”, sin utilizar activamente nuestro libre albedrío.

El Talmud dice: “Mayor que el regalo del libre albedrío, es que Dios nos dijo que tenemos libre albedrío”. De hecho, como aprendemos de las dos cabras, el punto de elección puede marcar la diferencia entre el crecimiento y el estancamiento… entre la vida y la muerte.