La parashá Masei enumera los 42 lugares en los cuales el pueblo judío acampó durante los 40 años en el desierto. La ruta del viaje estaba determinada por las Nubes de Gloria de Dios que los acompañaban. Cuando las Nubes se elevaban, los judíos viajaban, cuando las Nubes se detenían, ellos acampaban. El pueblo nunca sabía cuán largo sería cada campamento; en algunos lugares se quedaban por varios años, en otros durante sólo 12 horas. Dios no emitió ningún itinerario de viaje.

Basados en estos campamentos, el Talmud deriva muchas leyes de la observancia del Shabat. Una de esas leyes es la prohibición de desmantelar una estructura a fin de construir una nueva en su lugar. Esto se aprende del hecho que los judíos desmantelaban y rearmaban el campamento en cada viaje.

Pero los comentaristas se preguntan, ¿por qué esta ley de Shabat se aplica únicamente cuando alguien desea reconstruir en exactamente la misma ubicación? Durante el trayecto de los judíos, el desmantelamiento era a fin de reconstruirlo en el próximo campamento, ¡en un lugar diferente!

Para entender la respuesta, imaginemos un bebé en un viaje en tren, viajando en los brazos de su madre. Desde la perspectiva del niño, él nunca se ha movido. Está siempre donde debería estar, en los brazos de su madre.

Así también ocurrió con los judíos. Dado que los judíos en el desierto viajaban y acampaban según el plan de Dios, ellos estaban siempre exactamente donde debían estar. El lugar geográfico había cambiado, pero finalmente su posición era la misma.

¿La lección para nosotros hoy? Las etapas que tenemos en la vida son temporarias. Nuestra dirección cambia constantemente, llevándonos hacia nuevos destinos. Algunas veces deseamos volver a nuestros lugares anteriores de confort. Pero en realidad, el lugar al que Dios nos dirige… es el lugar ideal para estar.