La parashá Haazinu incluye el versículo: “Cuando pronuncies el nombre de Dios, debe ser con grandeza”. Los comentaristas explican que cuando decimos el nombre de Dios debemos concentrarnos en el gran significado de Su esencia – que Él abarca todo el pasado, el presente y el futuro.

Aprendemos este principio del sumo sacerdote en el Templo Sagrado en Jerusalem, quien vestía una chapa de oro en su frente, en la cual estaba escrito el nombre de Dios. El Talmud dice que al vestir esta placa, el sumo sacerdote debía estar concentrado constantemente en aquel nombre. Entonces si se requiere que nos concentremos en el nombre de Dios escrito, cuánto más debemos concentrarnos al pronunciar Su nombre.

Tengo un amigo que contaba cuántas veces en el día pronunciaba el nombre de Dios. Entre los rezos en el templo, bendiciones por la comida y estudio de Torá, él pronunciaba el nombre de Dios más de 900 veces por día. Imagínense a lo largo de la vida, ¡tenemos como 25 millones de oportunidades de honrar y respetar a Dios!

Lo que me recuerda una historia. Un hombre piadoso murió y subió hacia la Corte Celestial para ser enjuiciado. La corte llamó a los ángeles para que se presentaran y atestiguaran a favor de este hombre. Aparecieron miles y miles de ángeles, quienes habían sido creados cada vez que había hecho una mitzvá. Y entonces la Corte Celestial llamó a los ángeles acusadores, quienes habían sido creados cuando este hombre actuó inapropiadamente. Millones de ángeles aparecieron, que representaban las veces que este hombre había pronunciado el nombre de Dios sin la apropiada concentración.

Dios hace tanto por nosotros, en cada momento y cada día. Debemos brindarle nuestro total respeto y honor, como está dicho en esta parashá: “Cuando pronuncies el nombre de Dios, debe ser con grandeza”.