En la parashá Emor Dios le dice al pueblo judío:

“No profanarán Mi nombre Sagrado, sino que debo ser santificado entre los hijos de Israel” (Levítico 22:32)

El mayor privilegio y responsabilidad de cada judío es crear buenas relaciones públicas para Dios y la Torá. Ciertas mitzvot lo logran claramente, como el Brit Milá – la circuncisión. ¿Por qué haríamos una cirugía sin necesidad médica, en un bebé indefenso y en una parte tan sensible del cuerpo? La única motivación posible es el simple hecho de que ¡Dios lo dijo! Al actuar de esta forma, estamos aumentando el respeto hacia Dios en el mundo, lo cual es la esencia de santificar Su nombre.

Cada aspecto de nuestra conducta puede fomentar esto. Una vez le pregunté a una mujer qué fue lo que la incentivó a comprometerse con la observancia de la Torá. Ella dijo que, cuando su sobrina de 10 años se volvió observante, la niña pasó de ser una mocosa malcriada a un ejemplo de bondad y compasión. Esta mujer me dijo: “Si este es el efecto que la Torá tiene sobre la persona, ¡entonces yo también la quiero!”.

Por el contrario, un judío que actúa de un modo despreciable, está profanando el nombre de Dios – es por eso que nos molesta tanto cuando un judío engaña en los negocios. Además de violar la prohibición de la Torá de no robar, la persona que actúa de manera incorrecta comete una tragedia adicional, porque la gente dirá: “Si este es el efecto que tiene la Torá sobre la persona, entonces yo no quiero tener nada que ver con ella”. Esta conducta aleja a las personas de Dios.

Más aún, aquel comportamiento es desmoralizador ya que causa una impresión de que si el pueblo judío – que es “Una Luz para las Naciones” – es corrupto, entonces ¿qué esperanza hay para el resto de las personas?

Cada gran oportunidad se presenta con una gran responsabilidad. El nombre de Dios está en juego. Depende de nosotros.