La parashá Ki Tavó trata sobre el precepto de traer las primicias (las primeras frutas) al Templo en Jerusalem. Allí se hacía una declaración de gratitud que decía lo siguiente:

Un hombre arameo intentó destruir a mi padre, y nuestra nación sufrió la esclavitud egipcia”.

¿Cómo? Un arameo intentó destruir a mi padre, sufrimos en Egipto, ¿¡y supuestamente esto es una declaración de gratitud!?

Los comentaristas explican que el arameo era Labán, quien engañó a nuestro patriarca Yaakov al cambiar a Lea por Rajel. (Yaakov pretendía casarse con Rajel pero finalmente Lea apareció bajo la jupa). Ahora pensemos: si Labán nunca hubiera hecho ese truco, entonces Yaakov se habría casado con Rajel como quería, y Yosef habría sido el primogénito. Entonces cuando Yaakov mostró favoritismo hacia Yosef, probablemente los demás hermanos no lo hubieran celado, y Yosef nunca habría sido vendido como esclavo.

Ahora, aquí está el tema: Yosef nunca se habría convertido en primer ministro egipcio quien, años más tarde estaría en posición de salvar al pueblo judío de la hambruna. Entonces, sí, a pesar de que Labán el arameo, intentó destruir a nuestro patriarca, expresamos gratitud que de algún modo, fue todo para bien.

Cuando una tragedia ocurre, se torna difícil ver “la imagen completa” y entender por qué ha sucedido.

Cierta vez asistí a la shivá (casa de duelo) de una mujer que había sido asesinada en un atentado en Jerusalem. Era madre de cinco chicos y la cantidad de deudos era terrorífica: su marido, padres, hermanos, hijos, nietos, todos en estado de shock y con sus ropas desgarradas por el duelo.

Yo estaba sentado allí en silencio, tratando de entender esta tragedia, cuando su marido tomó la palabra: “Estamos muy agradecidos por la vida que ella tuvo. Hijos, nietos, no todos tienen el mérito de criar generaciones. Y el hecho de que muriera como judía, santificando el nombre de Dios… estamos muy agradecidos”.

No, no siempre sabemos por qué suceden las cosas. Cuando ocurren eventos tan insondables, lo único que podemos hacer es confiar en Dios. Esta es la lección que aprendemos al traer las primicias al Templo: Expresamos gratitud, ya que al final de cuentas, todo es para bien.