El mensaje de esta parashá es evidente a partir de su nombre: “vaietzé”, “y salió”. Iaakov salió al mundo. Sin embargo, él no eligió salir al mundo: su hermano Esav lo estaba persiguiendo para matarlo y Iaakov no tuvo otra opción más que escapar.

Personalmente, creo que hay en el mundo judío dos actitudes opuestas. Tal vez un enfoque comenzó como una reacción ante el otro, pero ninguno representa el ideal de la perspectiva judía.

Existe el enfoque que dice que el judío debería encerrarse en un ghetto y nunca aventurarse hacia fuera – sin importar las circunstancias – para evitar ser influido negativamente por el mundo exterior. Y está por otro lado la visión opuesta, la cual dice que el judío debería interactuar con el mundo exterior – sin importar las circunstancias – para evitar transformarse en un ser insular y extraño.

Como ocurre con todos los extremos, ambos enfoques están errados. El judaísmo verdadero se encuentra en el equilibrio entre éstos.

Un entorno carente de espiritualidad no es algo de lo cual un judío debería desear ser parte. Un ambiente como ese distrae y confunde. Sin embargo, existen momentos y lugares en los que sí debería hacerlo: para escapar del peligro, como en el caso de Iaakov, o para ganarse un sustento; para defender valores que le son importantes, o como en nuestra generación, para acercarse a otros y educar. Algunas veces nosotros, los judíos, debemos salir al mundo. Y debemos hacerlo en contra de nuestra voluntad, tal como lo hizo Iaakov. Pero de todas formas debemos hacerlo, al igual que Iaakov, con todo el corazón.

Para el judaísmo no hay nada malo en ser una persona insular, siempre y cuando al hacerlo no eludamos nuestras responsabilidades, y además, al igual que Iaakov, estemos listos para aventurarnos en el mundo si la situación lo requiere. Del mismo modo, no hay nada malo en participar del mundo, siempre que no se torne en un fin en sí mismo que difumine la distinción entre lo que es valioso y lo que no lo es.

Los extremos son siempre más cómodos y por eso nos atraen más. Pero para un judío, los extremos son improductivos. Únicamente el esfuerzo por encontrar el equilibrio es lo que allana el camino hacia una existencia con sentido.