En el Templo Sagrado, la vestimenta que utilizaban los Cohanim (sacerdotes) estaba constituida por objetos simples: una capa, pantalones, una gorra y un cinturón, todos ellos de color blanco. Y eso era todo. Lo suficiente para cumplir su propósito de ropas – cubrir el cuerpo – y nada más. Aparentemente, “la ropa no hace al hombre” – en especial cuando está sirviendo a Dios.

La primera vez que se habla de ropas en la Torá es justamente en el momento de su invención. En el Jardín del Edén, Adam y Eva estaban desnudos. Pero cuando comieron del Árbol del Conocimiento, inmediatamente se cubrieron. En su estado puro e inocente, podían relacionarse entre sí en un nivel totalmente espiritual. Los deseos físicos no los distraían, por lo que no necesitaban vestirse.

Sin embargo, una vez que pecaron y que sus deseos se tornaron más prominentes, ellos se sintieron atraídos por el cuerpo físico y se vieron por tanto en la necesidad de cubrirlo para no distraerse. El propósito de la ropa era permitirle a los seres humanos relacionarse entre ellos como seres humanos, en vez de como animales. Al cubrir el aspecto físico se enfatiza el espiritual.

Es gracioso cómo ha cambiado el mundo.

Hoy en día, la ropa se ha convertido en una expresión de lo físico. Enfatiza la forma y figura. Atrae con sus colores y diseños. Crea estatus – a pesar de que sea un estatus irreal. En lugar de permitirnos dirigir nuestra atención hacia el alma divina que hay en aquellos que nos rodean, la ropa hace justamente lo contrario. Nos distrae de quien es realmente la persona al crear una impresión superficial.

Las vestimentas de los Cohanim eran simples porque sus acciones eran lo que importaba, y no sus ropas. Verse bien puede ser un simple sustituto, un placer falso que otorgue una mera ilusión de la perfección y belleza que todos buscamos.

Sí, es importante verse impecable y presentable. Pero para el judaísmo más importante que “verse bien” es “hacer el bien”. No te contentes con crear una impresión en base a tu forma de vestir; mejor, transfórmate en una persona cuyas acciones son lo que realmente cuenta.