En la parashá de esta semana vemos que el pueblo judío “engordó y pateó” (Deuteronomio 32:15), lo cual hace referencia a que se rebelaron en contra de Dios.

Parte de la naturaleza humana es que cuando las cosas andan bien nos olvidamos de Dios. No hay ateos atrapados en una cueva, pero de seguro hay muchos en los yates de lujo. O, para utilizar una metáfora distinta, los mercados económicos que están en baja generalmente son mejores para nosotros en términos espirituales que los mercados que están en alza, ya que el éxito material y la espiritualidad son una combinación sumamente difícil. Y es una lástima que esto sea así, ya que no existe ninguna razón técnica para que no puedan convivir en armonía.

Vemos incluso en la gente más grande que su éxito ha significado también su caída. Mira por ejemplo a mi tocayo, el Rey Shaul. Él era el hombre más humilde y piadoso de todos… hasta que se convirtió en rey. O Koraj, sobre quién la Torá oral dice que tenía el potencial para ser más grande que Moshé, pero que se desplomó por culpa de su riqueza. Incluso el Rey Shlomó, el más sabio de todos los hombres, tuvo una difícil lucha para poder mantener la perspectiva pese a su éxito.

Y mira al pueblo judío a lo largo de la historia. Las épocas en las que hemos florecido espiritualmente han sido épocas de persecución, como los grandes rabinos que había en la época de los romanos y la increíble creatividad que hubo en la judería de la época medieval en Europa del oeste o durante los pogromos y las expulsiones de Europa del este. Por otro lado, las épocas de riqueza y éxito para el pueblo judío han sido épocas en las que nos hemos asimilado, como por ejemplo en la “época dorada” de España, en la Europa del oeste de principios del siglo 20 e incluso en nuestra generación.

¿Por qué el éxito nos lleva a rebelarnos? Porque mientras más logramos, menos creemos que necesitamos a Dios en nuestras vidas. Si tengo una gran casa, comida en el refrigerador para alimentar a mi familia, dinero en el banco para mi seguridad y buenos doctores y hospitales para mantenerme sano, entonces ¿para qué necesito a Dios? Es demasiado fácil expulsarlo de nuestras vidas hasta que necesitemos llamarlo cuando falle el sistema bancario o cuando un niño se enferme y los doctores digan que no hay nada que ellos puedan hacer.

Pero Dios sí quiere ser parte de nuestras vidas, por lo que realmente hay dos caminos posibles. Podemos luchar para intentar recordar constantemente la fuente de nuestro éxito —lo cual es una lucha difícil—, o bien podemos llamar a Dios sólo cuando atravesemos una crisis, lo que consecuentemente podría causar que cada vez sean necesarias más crisis. Y eso es exactamente lo que dice la Torá a continuación: “Reuniré males sobre ellos; les enviare mis flechas…”.

Entonces, ¿cuál es la solución? Si queremos que nuestro éxito perdure, simplemente debemos estar agradecidos. La gratitud protege lo que tenemos. Mientras más lo disfrutamos, más lo apreciamos, y mientras más agradecidos estemos, más probable es que podamos proteger las bendiciones que hemos recibido. En otras palabras, si invitas a Dios a tu yate de lujo, es mucho más probable que te mantengas a flote.