Cuando Moshé le rezó a Dios por el bienestar del pueblo judío, le preguntó cómo era posible que un solo individuo pecase (Koraj) y que Dios se enojara con toda la nación. ¿Acaso un hombre afecta a toda la nación?

La respuesta, según la filosofía judía, es que efectivamente esto sí es así. Desde la perspectiva de Dios es fácil de entender – somos responsables los unos por los otros y si una persona actúa incorrectamente, la culpa es colectiva.

También se puede observar esto desde una perspectiva más práctica. Nuestros sabios nos enseñan una hermosa analogía. Lo asemejan con una persona que se encuentra dentro de un barco lleno de gente y que comienza a perforar la superficie del barco bajo su asiento. Obviamente toda la tripulación le reclama que deje de hacerlo, pero él no entiende por qué se enojan con él; después de todo, él está agujereando bajo su propio asiento, ¡no debajo del de ellos!

Es fácil entender que la deforestación en Brasil afecta a los habitantes australianos. Y que si China está contaminando la atmósfera con sus gases tóxicos, todos obtendremos a cambio una mayor cantidad de zonas desérticas. Sin embargo, la analogía del barco funciona también a nivel espiritual.

Todos vivimos en el mismo barco, y ese barco es nuestra sociedad. Si ésta se hunde, nos hundiremos todos con ella. Si ésta se dirige a un determinado lugar, todos nos dirigiremos allí. Si una persona mantiene una conducta inmoral dentro de su casa, sin que nadie lo observe, él igualmente estará perforando un agujero bajo su asiento. Porque al disminuir sus propios parámetros de moralidad afectará a todas las personas con quienes interactúa. Nos guste o no, todos somos responsables el uno por el otro. Las personas buenas y decentes nos elevan, y la gente mala nos hunde. Las personas son arrastradas por su entorno y cada uno de nosotros es parte del entorno del otro. Afectamos a los demás según quiénes somos y según cómo vivimos.

La trasgresión de una persona repercute en la totalidad de la nación, aunque de modo pequeño. Pero la sumatoria de transgresiones pueden crear una especie de “efecto mariposa” espiritual. Nuestras decisiones y actos inciden – no sólo en nuestras vidas personales y en las de quienes nos rodean, sino que también influyen en toda la sociedad.