Uno de los mandamientos que aparecen en esta parashá es limpiar las cenizas del altar. Ciertas partes de los sacrificios eran quemadas y los sacerdotes debían quitar las cenizas diariamente antes del amanecer. Ésta era la única sección del servicio del Templo que era realizada según el orden de llegada. Las demás secciones del servicio eran asignadas con anterioridad. Pero respecto a sacar las cenizas, quien deseaba hacerlo debía llegar primero y esperar en fila.

Uno podría pensar que para un trabajo tan simple e incluso degradante – que se asemeja casi al trabajo de un conserje – sería sumamente difícil encontrar quien lo realizase. Existían muchas tareas más glamorosas en el Templo, como el encendido de las velas o el quemado del incienso.

Sin embargo, ocurría justo lo contrario. Eran tantos los sacerdotes que deseaban limpiar las cenizas diariamente, que estos corrían sobre la rampa del altar para llegar primero. Cierta vez, corrieron tantos sacerdotes por la rampa que uno de ellos cayó y se quebró la pierna.

En nuestra generación, solemos juzgar a la gente según el prestigio de su profesión o según su posición económica. Un abogado que gana muchísimo dinero por defender a esposos abusadores puede ser más respetado que otro que defiende gratuitamente a mujeres abusadas. Es un sistema de valores un poco complejo. Defender a un criminal puede ser muy lucrativo, pero eso no te convierte en una buena persona.

Obviamente, la verdadera evaluación de una persona no debería basarse en la cantidad de dinero que gana o en si su trabajo impresiona a la gente. El verdadero valor de la persona se encuentra en su contribución a la familia, amigos y a la sociedad en general.

Los sacerdotes entendían que limpiar las cenizas – remover los deshechos Divinos por así decirlo – era un gran honor. No porque lo dictara la sociedad ni porque fuera bien pagado. Sino porque si Dios quiere algo, por definición ese algo es bueno. Y el esforzarnos para hacer algo bueno es realmente lo que nos da valor.

Entonces, si deseas competir hazlo en bondad y no en honor o riqueza. Si debe haber una carrera, que sea hacia el altar de nuestra propia divinidad. Los sacerdotes corrían para recoger los deshechos, no porque el acto mismo fuera significativo, sino porque Dios así lo había ordenado.

Hay muchas cosas que la gente valora y que carecen totalmente de sentido. De la misma forma, hay otras muchas cosas en la vida que no son valoradas y que sí son buenas y significativas. No juzgues por la riqueza ni por cómo piensan los demás. Juzga por lo que honestamente consideras bueno. Y hazlo sin importar lo indecoroso y desagradable que parezca ante los ojos ajenos porque, a la larga, eso sí es digno de alabar.