Cuando fallece Moshé, la Torá no nos revela dónde lo enterraron. Hay muchas explicaciones que se dan para esto, pero hay una de ellas que me gusta especialmente. A pesar de que Moshé era un hombre muy grande, aún así era un ser humano. El peligro de que su tumba se convirtiese en un lugar de culto y que el pueblo judío lo considerara un semidiós era simplemente demasiado grande. No hay nada de malo con que la gente le rece a Dios en la tumba de un tzadik (hombre justo), pero en el caso de Moshé, la gente probablemente habría terminado rezándole a él en lugar de a Dios.

La mayor prueba que ha enfrentado el pueblo judío desde sus inicios ha sido la idolatría. Nuestros sabios nos cuentan que los primeros 2 de los 10 mandamientos fueron dichos directamente por Dios a toda la nación, pero la experiencia fue tan abrumadora que el pueblo le pidió a Moshé que escuchara el resto y que les transmitiera lo que Dios quería decir. Este fue el inicio de un camino cuesta abajo que los llevaría —tan sólo 40 días después— a construir el Becerro de Oro. Y, en realidad, éste es un camino en el que seguimos transitando hoy en día.

Una relación directa con Dios es un concepto sumamente desafiante. Preferiríamos tener algo que actúe de intermediario. En el libro de Shmuel vemos un ejemplo en el que el pueblo judío cayó incluso más bajo: cuando pidieron un rey. Shmuel se enfureció, y una de las explicaciones es que había vuelto a surgir nuevamente el mismo problema. Una relación directa con Dios era demasiado difícil, por lo que Dios se comunicaba por medio de profetas. Pero ahora incluso esto era demasiado; ellos querían un gobierno secular —“como el resto de las naciones”— de forma tal que pudieran situar a Dios un poco más lejos.

Maimónides nos enseña que el primer paso hacia la idolatría es dar demasiado honor a los intermediarios de Dios. Una vez que la gente hace eso, el paso siguiente es establecer sus propios intermediarios. Y finalmente, los intermediarios aparentan tener poder por sí mismos y Dios es relegado a la distancia.

Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de tener una relación sumamente profunda e intensamente personal con Dios. Los hijos no necesitan de ningún intermediario para hablar con su padre. No necesitamos que ningún otro ser humano interceda por nosotros o que nos bendiga. No necesitamos talismanes o amuletos para combatir el mal de ojo.

Dios se relacionará de forma tan directa con nosotros como nosotros nos relacionemos con Él. En los días de Shmuel, Dios le permitió al pueblo tener un rey, ya que Él nos conduce por el camino que nosotros queremos seguir. Pero si queremos —y seguramente es así— tener nuestra línea directa de comunicación con Dios, entonces todo lo que tenemos que hacer es establecerla.