Cuando era pequeño, recuerdo cómo solía observar a nuestro perrito Krishna mientras éste devoraba su ración de comida de perros. Me impresionaba cuán excitado se veía, a tal punto que parecía que la comida era aspirada directamente del recipiente hacia el interior de su estómago, sin siquiera tocar su boca.

Dado que yo era un niño pequeño, podía sacar solamente una sola conclusión de lo que veía: seguramente ésa era la comida más deliciosa que existía. Y obviamente yo también quería probarla. Y eso hice. No fue la comida más repugnante que he probado – creo que cuando comí pulpo, en los tiempos en que no consumía casher, fue peor – pero de todas formas termine vomitando y no fue una experiencia muy placentera.

En la parashá de esta semana se nos ordena “no seguir a nuestros ojos”. Nuestros sabios nos dijeron que “los ojos ven y el corazón desea”. ¿Qué es lo que está faltando allí? Exacto, la mente. Es muy fácil que nuestros ojos vean algo, que nuestro corazón lo desee y que finalmente tomemos una decisión sin siquiera pensarlo.

Mis ojos vieron la comida de perro. Mi corazón la deseó. Entonces olvidé consultar con mi mente, que seguramente me habría recordado que el perro disfrutaba también de comer ratas en el parque y que además nuestras papilas gustativas fueron diseñadas de forma diferente. Pero eso no ocurrió: mis ojos vieron, mi corazón lo deseó e inmediatamente aquella comida se convirtió en mi plato de cena.

Este es un ejemplo extremo. Pero nuestras vidas están colmadas de circunstancias como ésta. Nuestros ojos ven una torta, luego el corazón la desea y consecuentemente nos la metemos en la boca – olvidándonos que estamos a dieta sólo porque no consultamos con nuestra mente. Cuando los ojos se percatan de algo nuevo para comprar, el corazón comienza a desearlo. Entonces sacamos la tarjeta de crédito e ignoramos el hecho que no tenemos nada de dinero en el banco. Los ojos pueden observar una mujer hermosa, y el corazón la desea – y la responsabilidad, el compromiso, el matrimonio y todo lo demás se va por la ventana.

No debemos regirnos según lo que ven nuestros ojos, nos recomienda la Torá. En vez de eso, debemos seguir nuestro intelecto. Los ojos nos guiarán hacia una gratificación inmediata, pero el intelecto sabe diferenciar infinitamente mejor sobre qué nos hará verdaderamente felices.