Richard Dawkins, el biólogo evolucionista, etiqueta al Dios del Antiguo Testamento como “el más desagradable personaje de toda la ficción”, un “caprichoso y malvado matón”. La parashá de está semana es un gran material para él, ya que Dios discute de forma sumamente gráfica qué es lo que le pasará al pueblo judío si no escuchan sus mandamientos. Enfermedades, guerras, exilio y hambruna – a tal punto que un padre llegará a comer la carne de su propio hijo, ¡y no estará dispuesto a compartirla con el resto de su familia! (Deuteronomio 28:53-55).

Son cosas realmente desagradables, y lo penoso del asunto es que todo lo que está escrito en la parashá de esta semana ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo de la historia judía.

¿Qué pretende Dios? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué tanta brutalidad?

Obviamente no voy a dar una respuesta completa, pero me gustaría al menos responder esta pregunta con otra pregunta (como todo buen rabino debería hacer).

¿Por qué nos quejamos por las consecuencias, cuando una vida sin consecuencias sería nuestra peor pesadilla?

Imaginemos por un momento cómo sería un mundo sin consecuencias. Me podría levantar tan tarde como quisiera y no sería despedido de mi trabajo. De hecho, no tendría ni siquiera que presentarme e igualmente me sería depositado mi gran sueldo automáticamente en mi cuenta bancaria. Podría gastar lo que quisiera y donde quisiera, sin quedarme sin dinero. Podría tener relaciones extra-matrimoniales, pero éstas no afectarían lo que siento por mi esposa y viceversa. Podría cruzar la calle sin mirar, manejar a 200 kilómetros por hora, manejar borracho – y nada malo me pasaría a mí o a quienes me rodean.

¿Anhelaríamos realmente una existencia así? ¿Una existencia en la que nuestras decisiones no hacen ninguna diferencia? No. Sin consecuencias, la vida sería vacía y carente de significado. Es muy simple: las consecuencias hacen que valga la pena vivir la vida.

Las consecuencias por no cumplir con la Torá también ayudan a que ésta sea significativa. Si paso toda mi vida luchando por ser una buena persona y Dios me sienta al lado de Adolf Hitler en el Cielo, sería una burla para mis logros. Igualmente, si desperdicié mi vida y Dios me sienta al lado de Moshé, me sentiría como un fraude.

Queremos que hayan consecuencias. Nos gusta que hayan consecuencias. Su respuesta a nuestra falta de interés en Él no es la de un “caprichoso y malvado matón”; es la de Quien quiere ayudarnos a tener vidas significativas.