El Talmud describe la vida después de la muerte como "un mundo al revés". Esto significa que muchas personas que recibieron poco respeto aquí, en la tierra, recibirán grandes honores en el Mundo Venidero. Por el contrario, muchas personas que eran prominentes en esta vida allí recibirán muy poca atención. En otras palabras, desde nuestro punto de vista en este mundo, no podemos saber cuál es la verdadera rectitud de una persona.

Rav Arie Levine, conocido como el "Tzadik de Jerusalem", contó sobre un zapatero al que veía todos los días en el mercado de Jerusalem. Aunque nunca habían conversado, cada vez que Rav Arie pasaba junto al zapatero algo lo llevaba a poner un poco de dinero en la alcancía de caridad que tenía en su tienda. Un día, el zapatero invitó al rabino a participar de una comida especial para celebrar la finalización del estudio de un tratado de Talmud.

La noche siguiente, durante la celebración, el zapatero enseñó a un grupo de judíos ancianos el último pasaje del Zóhar, el texto fundamental del misticismo judío. Al oír la discusión, Rav Arie, que era un gran cabalista, se emocionó ante la profundidad y el entendimiento de cabalá que tenía el grupo. A la mañana siguiente, Rav Arie fue a buscar al zapatero. Pero cuando llegó a su negocio, encontró las puertas cerradas. El zapatero había fallecido la noche anterior.

La tradición judía enseña que en cada generación hay “36 tzadikim ocultos”, 36 personas cuya presencia justifica la existencia del mundo. Es posible que ese zapatero haya sido una de ellas.

Sin embargo, no siempre es bueno que las personas rectas estén ocultas. Un ejemplo clásico lo encontramos en la parashá de esta semana: Lej Lejá. Allí, Dios le dice a Abraham: "deja tu tierra, tu lugar de nacimiento y la casa de tu padre, y dirígete a la tierra que te mostraré". Los comentaristas explican que si Abraham hubiera permanecido en Jarán, no hubiese sido bendecido con hijos. La falta de santidad de Jarán no habría permitido el nacimiento del grandioso Isaac, el único patriarca que jamás salió de la tierra de Israel. Por lo tanto, para que Abraham pudiera tener a Isaac, tenía que irse a la Tierra Santa.

Para Abraham, tener que irse a Canaán fue una gran prueba. Tuvo que dejar a sus padres, sin saber si volvería a verlos. Además, aventurarse a una tierra extraña siempre fue peligroso, porque nunca se podía saber cómo lo recibirían los nativos. Pero la posibilidad de recibir las bendiciones de Dios, y obedecer Su voluntad, fue lo que alentó a Abraham para hacer la travesía.

Si bien esta travesía era para beneficio de Abraham, el Midrash deja claro que también fue para beneficio del mundo. El Midrash compara a Abraham con una botella de perfume: mientras la botella está cerrada, nadie puede disfrutar su aroma. Pero una vez que la botella se abre, todos se benefician. El Midrash explica que así también ocurrió con Abraham: mientras él permaneciera en Jarán, las personas de otras tierras no podrían ser expuestas a él ni a su mensaje. El viaje de Abraham permitió que otras personas escucharan su revolucionario concepto del monoteísmo.

El Jafetz Jaim, líder espiritual de los judíos de Europa a principios del siglo XX, criticó duramente a quienes no efectuaban esa "travesía". Ibn Pakuda, autor de la obra clásica de ética Obligaciones del corazón, insiste en que uno debe estar dispuesto a "meterse en el barro y, si es necesario, también embarrarse, para ayudar a otros a salir de la devastación espiritual".

Por supuesto, hay límites a los riesgos que uno debe tomar. Por ejemplo, no debemos poner en peligro nuestra propia vida para ayudar a otros.

La conclusión es que los caminos que transitamos son muy estrechos y aunque una persona parezca recta, quizás sus actos sean egoístas. También debemos dedicarnos a ayudar a los demás. Sólo en el Mundo Venidero se revelará la verdad absoluta.