Cuentan la historia de un rey que un mes al año salía a las ciudades y a los pueblos a visitar a los ciudadanos. En ese momento, estaba disponible y accesible para todo el mundo y manifestaba su bondad a todo el que se aproximaba a él. Al final del mes, el pueblo lo acompañaba de regreso al palacio.

El Báal HaTania, el gran maestro jasídico, explicó que esta parábola se refiere a Dios y a la cercanía de Su presencia durante el mes previo a Rosh Hashaná. Es un momento en el que Dios está cerca de todos los que Lo invocan”. Sin embargo, cuando llega Rosh Hashaná, Dios regresa a Su palacio, donde afirmamos la majestuosidad de Su Reinado.

Sobre este tema encontramos una interesante excepción en la ley judía. Normalmente, en el Shabat previo a cada mes lunar, se recitan bendiciones para dar la bienvenida al nuevo mes. Pero antes de Rosh Hashaná (es decir, el comienzo del mes de tishrei), no se dicen esas bendiciones. El Báal Shem Tov explica que esto se debe a que Dios Mismo bendice al mes de tishrei y brinda las bendiciones para todo el año entrante.

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En la parashat Vaiélej, que leímos el Shabat pasado, Moshé reúne a toda la nación el último día de su vida y hace que todo hombre, mujer y niño reafirme su compromiso con el pacto hecho con Dios. De hecho, es este pacto (y no el que se hizo en el Monte Sinaí y luego se rompió con el becerro de oro), el que conforma la base del vínculo eterno entre el pueblo judío y Dios.

Sin embargo, el pueblo judío no entró en ese pacto solamente con Dios. También entró en un pacto de responsabilidad mutua entre los judíos. Las enseñanzas de Dios sólo pueden cumplirse cuando todos los judíos tienen una preocupación sincera por el bienestar de los demás.

Esta idea no debe ser relegada a la historia, sino que continúa tan vigente hoy como hace 3000 años. De hecho, el Báal HaTania explica que esta “reunión de todo Israel” alude también a la reunión de todos los judíos cada año en Rosh Hashaná. Así como en la época de Moshé afirmamos nuestra lealtad a Dios, en nuestra época reafirmamos a Dios como Rey en Rosh Hashaná. Tal como en ese entonces asumimos la responsabilidad los unos por los otros, en las Altas Festividades nos pedimos perdón los unos a los otros e incrementamos nuestra preocupación por el bienestar de todos.

En Rosh Hashaná, cada judío se presenta ante Dios de la misma manera, porque al final de cuentas, todos tenemos la misma misión: cumplir Su voluntad.