Hace unos años, una mujer anciana que conozco viajó con un grupo de amigas en auto por todo Estados Unidos. Para esta mujer, el momento culminante del viaje fue llegar a Denver, donde había vivido los primeros 15 años de su vida.

Después de llegar a la ciudad, buscó su viejo barrio y encontró la casa en la que había crecido. Los ocupantes actuales le permitieron ingresar, y la mujer pasó un par de horas dentro de la casa de su infancia. La envolvió una ola de serenidad que la acompañó durante el resto del viaje. Una semana después de volver a su casa, ella falleció.

Volver a las raíces, al comienzo de nuestra travesía en la vida, puede ser una experiencia muy fuerte. Además de permitir cerrar un círculo, también puede ayudar a la persona a reconocer todo lo que ha pasado en el largo camino de la vida.

Un ejemplo sorprendente lo encontramos en la parashá de esta semana, Vaishlaj. Después de una pausa de unos 20 años, Iaakov vuelve a Canaán. Dos décadas antes, sin un centavo y lleno de temor, él había huido de su hermano Esav. Una noche, durante ese viaje atemorizante, en un lugar llamado Beit El, Iaakov tuvo un sueño en el que Dios le prometió que lo ayudaría y lo guiaría.

Ahora, 20 años después, Iaakov vuelve a Canaán y Dios le ordena regresar a Beit El. Sin embargo, esta vez Iaakov no está solo, porque vuelve casado y con 12 hijos. Ya no es un hombre pobre sino que tiene grandes riquezas. Y mientras que antes él tenía miedo, ahora es la población local la que teme a Iaakov y a su comitiva.

Pero no sólo mejoró su situación material sino que Iaakov también ha cambiado espiritualmente. En ese encuentro previo con Dios en Beit El, Iaakov se reprochó no haber reconocido la santidad del lugar. (Ese error no sorprende, dado que hasta ese momento Hashem nunca antes se le había aparecido a Iaakov). En el segundo encuentro, 20 años después, Iaakov sabe que está siguiendo las instrucciones de Dios y, de hecho, anticipa un encuentro con lo Divino.

El texto alude sutilmente a este crecimiento espiritual de Iaakov. Después de su primer encuentro con Dios, él erigió una matzevá, un pilar compuesto por una única piedra, en reconocimiento a su comunión con Dios. En su visita posterior a Beit El, Dios le dice que construya un mizbéaj, un altar compuesto por muchas piedras.

Rav Shimshon Refael Hirsch (siglo XIX, Alemania) explica la diferencia entre estas dos formas de adoración. El pilar de una sola piedra, un producto de la creación de Dios, simboliza la bondad de Dios hacia el hombre. Sin embargo, el altar construido con muchas piedras y ensamblado por el hombre, refleja una orientación diferente. Simboliza la necesidad del hombre de involucrarse activamente en acciones que cumplan la voluntad de Dios. Ese es el significado de los sacrificios que se ofrecían sobre el altar, ellos simbolizan la necesidad de acercarse a Dios y cumplir Su deseo.

Cuando Iaakov partió 20 años antes, juró que si volvía a salvo se dedicaría completamente al servicio de Dios. Ahora que pasaron los años, vuelve con éxito del exilio y ha dado impresionantes pasos en su crecimiento espiritual.

En este momento, Iaakov ya está preparado para comenzar un nuevo capítulo en su vida. No sorprende que Dios lo haga volver al lugar donde su viaje había comenzado, dándole la oportunidad de reflexionar sobre todo lo que le ocurrió en las dos últimas décadas. Dios lo deja en claro, recordándole a Iaakov que Beit El es el lugar donde “Dios apareció ante ti cuando huiste de tu hermano Esav” (Génesis 35:1).

Ahora se cierra un capítulo de la vida de Iaakov, el que comenzó en Beit El. Y está a punto de comenzar un nuevo y emocionante capítulo.