Y ahora, no crean que ustedes me enviaron aquí, sino que fue Dios, y me puso como consejero del Faraón y señor de todo su palacio y gobernante en toda la tierra de Egipto” (Bereshit 45:8).

Recordemos un poco la historia previa para entender la grandeza de la actitud de Yosef:

Los hermanos lo venden como esclavo y Yosef llega a Egipto. Posteriormente, Yosef es encarcelado injustamente durante varios años. Después de estar en la cárcel, Yosef es liberado casi milagrosamente y nombrado virrey de Egipto. Posteriormente, llegan los hermanos y Yosef dirige los eventos para lograr que sus hermanos tomen conciencia del error que cometieron al venderlo. Cuando Yosef percibe que los hermanos defendieron a Binyamín y así corrigieron el error que habían cometido con él, se revela ante ellos diciéndoles que él es Yosef. Los hermanos quedan anonadados ante esta revelación.

Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la oportunidad de reprender a quien nos perjudicó durante tantos años. Después de todo, ellos lo vendieron como esclavo, fue por culpa indirecta de ellos que él estuvo tantos años en la cárcel, fue por culpa de ellos que su padre Yaakov sufrió durante tanto tiempo. Yosef tenía razones suficientes y justificadas para aprovechar la oportunidad de reprenderlos extensamente, hacerlos sentir mal y así obligarlos a pedir disculpas. En vez de eso, Yosef los reconforta diciéndoles que no deben sentirse mal por haberlo vendido como esclavo a Egipto, sino que fue Dios quién lo mandó allí para ser consejero del faraón y tener el poder suficiente para poder velar por su manutención: “Y ahora, no se entristezcan por haberme vendido, pues Dios me mandó aquí para poder mantenerlos a ustedes” (Bereshit 45:5).

Cuando en ocasiones una persona actúa de manera incorrecta con nosotros, la reacción normal es no perdonarlo. Si ya logramos perdonarlo, no perdemos la oportunidad de hacerlo sentir mal. A veces, sin embargo, con mucha frecuencia lo hacemos de manera tal que minimizamos el mal que nos hizo, como si no nos afectó: “No, no te preocupes, no fue nada”. Aunque es cierto que en ocasiones lo hacemos así para evitar que la otra persona se sienta mal, debemos ser precavidos de otra posible motivación menos noble y consciente, que es la de justamente no perdonarlo con sinceridad.

La razón subconsciente que nos motivaría a perdonarlo de esa manera sería doble: preservar nuestro orgullo al transmitirle el mensaje de “¿Y tú creíste que podías afectarme? En lo absoluto: no me hiciste nada”. Pero no solamente eso, también lo hacemos para anular la ofensa, para subconscientemente transmitir el mensaje que “No me has hecho nada, no hay nada por lo cual deba perdonarte y por lo tanto no te perdono; quédate con la culpa de haberlo hecho”.1 En este sentido, el perdonarlo de esa manera es un acto de crueldad, pues le impido a la persona la posibilidad de enmendar su falta.

La manera en la que Yosef habló con sus hermanos nos enseña cómo tratar a quienes nos perjudican: primero se asegura que sus hermanos ya enmendaron su falta y posteriormente les da una lección, pero sin negar que lo vendieron, sin negar lo que le hicieron, sino que le adjudica a Dios las razones detrás de la venta, a grado tal que pareciese que él es quien debe agradecerles por haberlo vendido.

La Torá nos enseña cómo debemos relacionarnos con la persona que dañamos, cómo pedirle disculpas y cómo enmendar nuestro error, pero también nos enseña cómo debemos relacionarnos con aquél que nos hizo daño: cómo perdonarlo y cómo reprenderlo para que él rectifique sus actos.

Sobre un ladrón que nos robó, el rey Shlomó señala2: “No desprecies al ladrón cuando robe, pues robó para satisfacer su alma”. En otras palabras, también hay reglas que nos indican cómo relacionarnos con la persona que nos hizo daño, no sólo con aquellos a quienes nosotros afectamos.


1 Véase Rav Yerujam Lebovitz, Daat Torá, Bereshit, página 261.

2 En Mishlei 6:30.