Pues los hijos de Israel son Mis siervos; son Mis siervos a quienes saqué de la tierra de Egipto. Yo soy Hashem, su Dios” (Vaikrá 25:55).

Rashí comenta sobre este versículo, explicando por qué después de decir que somos siervos de Hashem fue necesario enfatizar “Yo soy Hashem, su Dios”: “Todo el tiempo que alguien subyuga a otro abajo, es como si lo subyugase arriba1.

Es interesante que la Torá repita lo que todos sabemos: Dios nos sacó de Egipto de la casa de servidumbre2 y nosotros somos Sus siervos y debemos dedicar nuestras vidas a servir a Dios. Pero la Torá lo enfatiza y lo repite varias veces: son Mis siervos y el hecho de ser siervos de Dios excluye el tener otros amos, pues uno no puede servir a dos amos, tal como Rashí lo dice implícitamente: si alguien se deja subyugar por otro en esta vida, eventualmente se aleja del servicio Divino.

Las preguntas obvias son: ¿por qué la Torá enfatiza tanto que somos siervos de Dios? ¿Por qué es necesario repetirlo tanto? ¿Acaso es porque en ocasiones hubiéramos preferido y seguiríamos prefiriendo ser siervos de otros? ¿Acaso hay algo que nos impulsa a buscar ser dominados por otras personas?

Lamentablemente lo vemos en muchos individuos: la libertad los abruma y están dispuestos a regalar su propia libertad a otros. Este fenómeno es común con aquellas personas que deciden casarse con una persona que los controla y domina: ya sabían desde el noviazgo que su pareja era controladora, ya sabían desde el inicio de su relación que su pareja los dominaría inaguantablemente, pero aún así decidieron casarse con esa persona. Pareciera que tuviesen un deseo de ser dominados, un auténtico impulso a la servidumbre voluntaria. Esto implicaría una idea terrible: no es que el amo domina al siervo y lo obliga a servirlo, sino que el siervo busca a un amo que lo subyugue.

La Torá lo enfatiza en numerosas ocasiones para remediar este deseo insano: recuerda que Dios te sacó de Egipto y de la casa de servidumbre; recuerda que sólo le debes tu vida a Dios y que sólo a Él le debes entregar voluntariamente tu libertad; recuerda que sólo con Él serás verdaderamente libre3.

El mensaje es claro: si en ocasiones nos gustaría evadir responsabilidades y desear que otras personas decidan nuestra vida, debemos tener presente este versículo: “Pues los hijos de Israel son Mis siervos… Yo soy Hashem, su Dios”. Cuando uno entrega su vida a Dios y a lo que Él nos pide, automáticamente nos liberamos de la voluntad de otros.


1 En otras palabras, todo el tiempo que alguien subyuga a otra persona, le está impidiendo dedicarse plenamente al servicio Divino.

2 De hecho, este es el primero de los 10 Mandamientos: “Yo soy Hashem, tu Dios que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre”.

3 Recordemos que “No hay personas libres sino aquellas que se dedican a la Torá” (Pirké Avot 6:2) y “Todo el acepta el yugo del Cielo se libra del yugo del Estado y del Dérej Éretz (Pirké Avot 3:5).