Pero los hombres que habían ido [a Israel] dijeron: ‘No podemos sobreponernos a ese pueblo, pues es demasiado fuerte para nosotros’. Trajeron a los hijos de Israel un mal informe de la Tierra que habían espiado, diciendo: ‘La tierra por la que pasamos para espiarla, devora a sus habitantes; todas las personas que allí vimos eran enormes’. Allí vimos a los nefilim, éramos como saltamontes a nuestros ojos y así éramos ante los ojos de ellos también’” (Bamidbar 13:31-33).

El contexto de estos versículos gira alrededor del pecado de los espías que fueron enviados a explorar la tierra de Israel para ver por dónde sería más conveniente ingresar a ella. Tal como sabemos por el resto de los versículos, los espías desconfiaron de Dios y de Su promesa que podrían vencer a los habitantes de Canaán y conquistar la tierra de Israel sin contratiempo alguno. No sólo desconfiaron de Dios sino que además hablaron mal de la tierra de Israel y contagiaron con su desesperanza al resto del pueblo, a grado tal que el pueblo también perdió la confianza en Dios y las esperanzas de poder ingresar a la tierra.

El Rebe de Kotzk señala que la raíz de su pecado radicó en el versículo antes mencionado: Allí vimos a los nefilim, éramos como saltamontes a nuestros ojos y así éramos ante los ojos de ellos”. Nos queda claro que ellos se veían a sí mismos pequeños como saltamontes, pero ¿cómo sabían que también así los veían los demás? Además, ¿qué importa cómo los veían los demás, si tenían a Dios de su lado? Ellos se consideraban a sí mismos incapaces y por lo tanto proyectaron su propia deficiencia en los demás.1

Rabenu Yoná escribe al inicio de su libro Shaarei Avodá: “El primer paso que debe dar toda persona que sirve a Dios es conocer su valor propio y reconocer su gran nivel y el de sus antepasados,2 a quienes Dios amaba enormemente y hacer todo lo posible para mantenerse en ese gran nivel y comportarse acorde a él constantemente. Y si no reconoce su valor ni el de sus antepasados, con facilidad irá en el camino de los trasgresores…”.

En otras palabras, el primer paso en la relación con Dios es que la persona conozca y aprecie su propio valor y el de sus antepasados y cuando la persona lo asume, hará “todo lo posible para mantenerse en ese gran nivel”.

Los espías no creyeron en ellos mismos: se veían a sí mismos “como saltamontes... y así éramos ante los ojos de ellos también”. Como ellos se veían pequeños, asumieron que también los habitantes de Canaán los veían de esa manera y dejaron de creer que podrían vencerlos. Después de eso, olvidaron la garantía Divina y culparon a Dios por haberlos llevado hasta esa tierra: “¿Por qué Hashem nos trajo a esta tierra para caer por la espada… acaso no sería mejor que regresáramos a Egipto?”.3

Las personas que no tienen conciencia de su propio valor, dejan de esforzarse para mantener el nivel que en verdad tienen y tienden a evadir la responsabilidad y comienzan a culpar a otros —inclusive a Dios—por sus propios errores.


1 Rav Tzadok haCohén explica cómo es posible que líderes del pueblo judío de nivel espiritual muy elevado pudieron pecar de esa manera y señala que ellos percibieron la enorme santidad que estaba en la tierra de Israel y creyeron que no podrían vivir en estándares tan altos y por lo tanto Dios no los ayudaría. Si ellos, que tenían un nivel espiritual tan elevado, no recibirían la ayuda Divina para ocupar la tierra, con mayor razón el resto del pueblo tampoco la recibiría. Por lo tanto, regresaron y descorazonaron al resto del pueblo.

2 Refiriéndose a los patriarcas: Abraham, Itzjak y Yaakov.

3 Bamidbar 14:3.