Estas son las doce tribus de Israel, y esto es lo que su padre les dijo y las bendijo; a cada hombre acorde a su bendición los bendijo” (Bereshit 49:28).

Rashí allí mismo: “A cada uno lo bendijo con la bendición que en el futuro tendrían”.

La aclaración de Rashí acerca del tipo de bendición que Yaakov les dio a sus hijos no hace mucho sentido: ¿para qué Yaakov les daría una bendición para que reciban lo que de todas maneras ya estaba decretado que tendrían en el futuro? ¿De qué sirvió entonces la bendición de Yaakov?

Las bendiciones que Yaakov les dio a sus hijos no fueron como las bendiciones que nosotros solemos dar o pedir a otras personas. Normalmente, cuando una persona se acerca a un tzadik para pedirle una bendición, le pide que lo bendiga en aquella área que carece. Por ejemplo, si alguien no puede tener hijos después de muchos años de matrimonio, va con el tzadik y le pide una bendición para tener hijos. Si una persona tiene dificultades económicas para lograr mantener a su familia, va con el tzadik y le pide una bendición para que pueda mejorar su situación económica y goce de manutención más holgada. Rara vez encontramos que alguien con 12 hijos le pida a un tzadik una berajá para tener hijos o un multimillonario pida una berajá de parnasá. Creemos que las bendiciones son para recibir aquello que carecemos y nos parece importante poseer, ya sea de hijos al que no los tiene, de parnasá al que lucha para mantener su familia o de shalom bait al que tiene problemas maritales en su hogar.

Las bendiciones de Yaakov no fueron así, sino que bendijo a sus hijos en lo que en el futuro tendrían, “acorde a su bendición los bendijo”. En otras palabras, Yaakov los bendijo a cada uno según las virtudes y capacidades que cada uno de sus hijos ya tenía naturalmente: a Yehudá lo bendijo para que pudiese potenciar su virtud de reconocer errores (tal como ya lo había hecho en el episodio de Tamar, lo cual eventualmente provocaría que sus hermanos lo reconocieran a él como fundador de la realeza), a Dan en su potencial de juzgar a otros (lo cual efectivamente sucedió en el futuro cuando su descendiente Shimshón juzgó al pueblo de Israel). A cada uno de ellos los bendijo respecto a las virtudes y potenciales que ya poseían.

Es posible que una persona posea una virtud muy valiosa, pero con el curso del tiempo pierde esa virtud, ya sea por malas decisiones o por obstáculos imprevisibles. La bendición de Yaakov a cada uno de sus hijos fue: ojalá que esa virtud que ya naturalmente tienes y que posee la capacidad de proporcionarte grandes beneficios a futuro, puedas desarrollarla a grado tal que puedas actualizar todo el potencial que se encuentra contenida en ella.

Para decirlo con las palabras de Rav Yerujam Levovitz, uno de los grandes baalé musar de principios del siglo XX: “Aprendemos de aquí algo maravilloso, que sólo a través del cuidado de las virtudes que alguien posee naturalmente puede llegar a su propia perfección. La razón es porque la base de todo el trabajo personal de alguien es respecto a sus propias virtudes naturales, que si tan sólo conservase y las fomentase, a grado tal que no perdiese su bondad natural, eventualmente llegaría a la perfección e inclusive sus defectos se convertirían en virtudes”.1

Es decir, el trabajo central en la personalidad no debe ser en el énfasis hacia los defectos, sino en el desarrollo de las virtudes. El mensaje hacia nosotros mismos, nuestros hijos y hacia las personas que nos rodean es claro: el énfasis no debe ser en mostrarles los defectos a nuestros hijos o a los demás que están cerca de nosotros, sino ayudarles a que identifiquen sus mayores virtudes y las desarrollen. Esta es la mayor ayuda que podamos darles.


1 En Daat, Jojma Umusar, primer volumen, Maamar 103.