Y Yaakov vio a Rajel, hija de Labán, el hermano de su madre, y a las ovejas de Labán, el hermano de su madre. Yaakov se acercó e hizo rodar la piedra de la boca del pozo y dio de beber a las ovejas de Labán, hermano de su madre. Entonces Yaakov besó a Rajel y alzó su voz, y lloró”. (Bereshit 29:11).

Rashí explica por qué lloró Yaakov: “‘Eliézer, el siervo de mi abuelo, tenía anillos, brazaletes y viandas [para llevar a la futura novia de Itzjak], pero yo no tengo nada [para darle a Rajel]’. ¿Y por qué Yaakov no llevaba nada? Porque Elifaz, el hijo de Esav, lo perseguía para matarlo, pero al final se abstuvo, pues también había sido educado en la casa de Yitzjak. Sin embargo, él dijo: ‘¿Cómo cumplo ahora la orden [de matarte] de mi padre [Esav]?’ Yaakov le respondió ‘Toma todo lo que tengo, pues una persona pobre se considera como si estuviese muerta [y así cumplirás con la orden]’”.

Más adelante, en la misma parashá:

Rajel no le había dado hijos a Yaakov y tuvo celos de su hermana; y le dijo a Yaakov: ‘Dame hijos, si no, soy como una persona muerta’. Y se despertó la ira de Yaakov contra Rajel y le dijo: ‘¿Acaso yo estoy en lugar de Dios, Quien te ha negado el fruto del vientre?’” (Bereshit 30:1).

Rashí deduce una implicación a partir de las palabras de Rajel: “‘Dame hijos, si no, soy como una persona muerta’. De aquí aprendemos que una persona que no tiene hijos es como una persona muerta”.1

Rashí, el comentarista clásico de la Torá, menciona dos casos en los cuales una persona es considerada por los sabios como si estuviese “muerta”, metafóricamente hablando. Por supuesto que los sabios no están sentenciando a nadie ni tampoco esas dos instancias deben ser vistas como castigos Divinos. No hay nada malo en ser pobre ni en no tener hijos. Siendo así, ¿a qué se refieren los sabios cuando señalan que estos dos grupos de personas son consideradas como “muertas”?

En verdad, estas no son los únicas que se consideran como si estuviesen “muertas”. Los sabios también adjudican este adjetivo a quien tenía tzaraat (un tipo de enfermedad que existía antiguamente y era consecuencia de, entre otras faltas, hablar lashón hará) y a un ciego. Las preguntas obvias son: ¿en qué sentido son consideradas como “muertas”? ¿Cuál es el común denominador de estos cuatro tipos de personas?

Rav Jaim Shmuelevitz, finado Rosh Ieshivá de la Ieshivat Mir en Ierushaláyim, responde que el común denominador de estos tipos de personas es su dificultad en dar y compartir plenamente con otros. La persona que sufría de tzaraat debía alejarse de la comunidad hasta que su enfermedad se curase, por lo que no podía contribuir a la sociedad. La persona ciega generalmente vivía (en tiempos talmúdicos) dentro su propio mundo sin la posibilidad de interactuar con otras personas y sin poder percibir las necesidades ajenas, por lo que tampoco podía dar a otros lo que necesitaban. La persona que vivía en pobreza extrema, a grado tal que requería de la ayuda ajena para poder sobrevivir, estaba también imposibilitada de dar y compartir de sus recursos al hambriento. La persona sin hijos tampoco podía dar a quién normalmente nos necesita más que cualquier otra persona: los propios hijos. Los hijos, especialmente si son pequeños, son quienes precisan más de nosotros que de cualquier otra persona, por lo que alguien que no tiene hijos no puede dar y compartir con quién más lo necesita a él.

Estas cuatro personas carecen de una de las características esenciales de la vida: la capacidad de dar y compartir con otros lo que uno posee2. La vida misma surgió del impulso Divino de dar: “El mundo fue creado con bondad” (Tehilim 89:3). Es a través de dar que imitamos al Creador al darle vida a otros: cuando le damos pan al hambriento o tiempo y consuelo al que requiere de apoyo emocional le estamos dando vida, ya sea vida física al que necesita del pan para seguir subsistiendo o emocional para que pueda seguir adelante con su vida cotidiana. Fuimos creados para dar, para compartir y para dar vida a otros. Cuando esta posibilidad de dar es afectada, la vida misma es afectada.

Rav Ítzele fue hijo de Rav Jaim de Volozhin y él escribió sobre su padre: “Y estas eran siempre sus palabras hacia mí, cuando veía que no compartía el dolor de otros: ‘El ser humano no fue creado para sí mismo, sino para ayudar a los demás en todo lo que pueda hacer’”.3

El impulso a dar es uno de los más poderosos que existen dentro el ser humano. Cuando la serpiente convenció a Javá de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, la convenció con el argumento que “Serán como dioses…” (Bereshit 3:5) refiriéndose, según cita Rashí, a que serían capaces de “crear mundos”. Si Javá accedió a comer con este argumento de la serpiente es porque le pareció atractivo ser capaz de “crear mundos”. Así como D-os “creó mundos” con Su capacidad de bondad, así también Java deseó ser capaz de “crear mundos” con su capacidad de dar. La serpiente mintió a Javá: no es a través de ingerir la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal que uno crea mundos, sino a través de la bondad constante. Javá fue engañada, pero su deseo de crear a través del impulso de dar sí fue un impulso verdadero de Javá. El ser humano desea dar vida a través de la bondad y ésta se convierte, debe convertirse, en la tarea central de la vida, a grado tal que cuando su capacidad de dar se limita, se limita, metafóricamente, la vida misma. A eso se refieren los sabios cuando dicen que estas cuatro personas son consideradas como “muertos”, pues están limitados en un elemento esencial de la vida: su capacidad de dar y compartir. Tal como lo dice el profeta Yeshayahu: “Se trata de que compartas tu pan con el hambriento, y que a los que no tienen hogar los acojas en tu casa; y vistas al que veas desnudo y no te desentiendas de tu propia carne” (Yeshayahu 58:7).


1 Nedarim 64b: “Cuatro se consideran como si estuviesen muertos: el pobre, el metzorá, el ciego y quien no tiene hijos”.

2 Por supuesto, toda persona puede dar de lo que sí posee, inclusive alguien con tzaraat, ciego, pobre o sin hijos, pero aún así no pueden dar de lo que otros sí pueden de manera tan plena.

3 Esta cita aparece en la introducción que escribió para un libro de su padre, llamado Néfesh haJaim.