Y no codiciarás la mujer de tu prójimo, no desearás la casa de tu prójimo, su campo, su esclavo, su sirvienta, su buey, su asno, ni nada que le pertenezca a tu prójimo” (Devarim 5:18).

En esta parashá, Moshé les recuerda a los hijos de Israel la entrega de la Torá en el Monte Sinaí y los 10 Mandamientos.1 En la versión que aparece en Shemot, el versículo señala “Lo tajmod…”, que normalmente se traduce al español como 'no codiciarás'. En los versículos de esta parashá, está escrito “Lo tajmod…” y también aparece “Lo titavé…”, que normalmente se traduce como 'no desearás'.2 El deseo y la codicia son una constante en la personalidad humana y en las relaciones interpersonales. Vale la pena analizar de dónde proviene el impulso humano de desear y codiciar.

Rav Jaim Vital3 escribe una idea extremadamente útil para identificar los rasgos que poseemos. La idea es la siguiente: todas las midot (atributos de personalidad) tienen su origen espiritual en alguno de los cuatro elementos primordiales: agua, fuego, tierra o aire. Estos cuatro elementos son, por así decir, el origen de todos los atributos de personalidad y, por lo tanto, cada uno de los atributos pertenece a alguna de estas categorías generales, de modo tal que los demás atributos que pertenezcan al agua, por ejemplo, tendrán relación con todos aquellos atributos que también pertenezcan al agua. Así, cuando una persona identifica el elemento que da origen a algún rasgo de su personalidad, muy probablemente también identificará otro rasgo que pertenece a la misma familia.

Siguiendo con el ejemplo del agua, tanto el deseo como la codicia comparten su origen en el elemento del agua, y la razón es la siguiente: el agua no posee límites propios, pues adquiere los límites del recipiente que la contiene. Si uno vierte un litro de agua en un recipiente redondo, el agua se acoplará a ese recipiente redondo; si uno lo vierte en un recipiente rectangular, el agua también se acoplará a ese recipiente rectangular. El agua carece de límites propios. Así también, la persona que posee como rasgo distintivo ir detrás de sus placeres, también carece de límites propios: se le dificulta ejercer control sobre sí mismo y corre detrás del objeto de sus deseos, ya sea la comida, las personas del sexo opuesto o el dinero.4 En este sentido, el agua es el elemento base de la búsqueda de placeres físicos, de la codicia para lograr esos placeres, de las debilidades en su atracción hacia personas del otro sexo y de la envidia.

La prohibición del deseo y de la codicia de los bienes ajenos nace de la falta de conciencia de la persona de reconocer sus propios límites. Aquél que es incapaz de auto-controlarse, no sólo violará estas dos prohibiciones, sino que muy probablemente también sufrirá de envidia, deseos prohibidos hacia personas del sexo opuesto y debilidad al intentar controlar cualquier tipo de deseo.


1. Aunque la entrega de la Torá y los 10 mandamientos fue antes, poco después de que salieron de Egipto, Moshé los recuerda ahora a la nueva generación que posteriormente ingresará a la tierra de Israel.

2. Según Rambam, la diferencia entre “codiciar” y “desear”, es que la prohibición de “desear” se viola cuando uno desea algo que le pertenece al prójimo y planea cómo adquirirlo (Yad haJazaká, Hiljot Guezelá, 1:10). Por otro lado, la prohibición de “codiciar” se viola retroactivamente cuando uno adquiere —inclusive legítimamente— aquello que deseó y codició (Yad haJazaká, Hiljot Guezelá 1:9).

3. Rav Jaim Vital, uno de los mayores cabalistas de los últimos 5 siglos, en su libro Shaare Kedushá, Capítulo 2.

4. Hay personas cuya codicia no se traduce en amasar lo suficiente como para satisfacer sus deseos, sino para adquirir prestigio social; la búsqueda de kavod sin embargo, no pertenece al elemento de agua, sino al fuego.