Hashem llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Él dijo: ‘Oí Tu voz en el jardín, y tuve miedo, pues estoy desnudo, así que me escondí’. Y Él dijo: ‘¿Quién te dijo que estás desnudo? ¿Acaso comiste del árbol del que te ordené que no comieras?’. El hombre dijo: ‘La mujer que me diste para que estuviera conmigo, ella me dio del árbol y yo comí [literalmente: ‘y yo comeré’]1. (Bereshit 3:-12).

Recordando el contexto de este versículo, Dios le prohibió al ser humano comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal. Les dijo además que si comían de él, morirían (es decir, que serían mortales en vez de ser casi inmortales, tal como estaba originalmente dispuesto). Javá come, le da a su esposo del fruto, se esconden, Hashem se les aparece y les pregunta si acaso comieron del árbol del cual les había prohibido comer. Adam responde: “La mujer que me diste para que estuviera conmigo, ella me dio del árbol y yo comí (vaojel)”. Sobre este versículo, el Midrash señala que no está dicho veajalti, que literalmente significa 'y comí', en verbo pretérito, sino vaojel, que literalmente significa 'y comeré'.

La respuesta de Adam es impactante: Dios le está reclamando por qué comió del árbol que les había prohibido ingerir y Adam, sin pena alguna, le responde que no sólo comió, sino que además volverá a comer.

¿Por qué Adam volvería a comer? ¿Acaso no se dio cuenta del terrible daño que se había causado a sí mismo? ¿Acaso no se dio cuenta que erró?

Para responder esta pregunta, recordemos algo muy importante: la parashá de Bereshit es la base de la Creación y, por lo tanto, también de la creación del ser humano. Por ello, todo lo que aparece en ella describe la constitución personal y espiritual del ser humano.

Adam se dio cuenta perfectamente que se había equivocado, pues, después de todo, la orden Divina fue bastante clara: “No comas del fruto de ese árbol”. Aún así, Adam decidió comer y señaló que además lo volvería a hacer, si la oportunidad se presentase de nuevo. ¿Por qué?

Uno de los impulsos más poderosos del ser humano es el de afirmar su propia independencia.2 Es el impulso que nos permite actuar, salir adelante, luchar, conquistar, hacer las cosas sin ayuda externa y experimentar el placer de lograrlo. Es un impulso tan poderoso que, sin él, seríamos parásitos, esperando que las cosas se hagan por sí mismas, dependientes de los demás y sin ganas ni energía alguna para actuar.

Adam sabía que estaba en un nivel espiritual grandioso, sabía que él, más que nadie, fue creado a imagen y semejanza Divina, sabía que él era el pináculo de la Creación. Pero también sabía que ese nivel elevadísimo no fue gracias a sus esfuerzos y que, literalmente, estaba comiendo de un “pan regalado” que le proporcionaba vergüenza por recibirlo gratuitamente. Él quería estar tan cerca de Hashem como estaba previamente, pero a través de esfuerzo propio. Él deseaba autoafirmarse a sí mismo y demostrarse a sí mismo —y a Él—, que sí merecía ese nivel de cercanía con Dios, pues se esforzó en conseguirlo. Por eso decide pecar, alejarse de Él y caer de nivel espiritual para posteriormente subir gracias a su propio esfuerzo. Es por eso que dijo “comí y lo volvería a hacer”, porque sólo de esa manera se afirmaría a sí mismo y disfrutaría verdaderamente esa cercanía con Hashem, por ser fruto de su propio esfuerzo.

Adam, por supuesto, se equivocó, pues Hashem ordenó explícitamente no hacerlo, pero el impulso que lo motivó a pecar permanece con nosotros, nos empuja a actuar y a conseguir logros por nosotros mismos y ser independientes.

Todos buscamos independencia personal. Sin embargo, debemos ser cuidadosos en que esta búsqueda de independencia no sea en contra de lo que Dios explícitamente prohíbe.


1 Bereshit Rabá 19.

2 Véase Mijtav meEliáhu, volumen 4, página 27.