Harás dos querubines de oro, con el martillo los harás, desde los dos extremos de la cubierta. Harás un querubín desde el extremo de un lado y un querubín desde el extremo del otro; desde la cubierta harás los querubines en sus dos extremos. Los querubines tendrán las alas extendidas hacia arriba, protegiendo la cubierta con sus alas, con los rostros enfrentándose; hacia la cubierta mirarán los rostros de los querubines”. (Shemot 21:37).

En esta parashá encontramos las directrices de cómo construir el Mishkán, el lugar a través del cual la Divina Presencia moraría dentro del pueblo de Israel. Parte de los componentes del Mishkán eran unos querubines, unas estatuas de oro que estaban justo por encima del Arón haKódesh. Independientemente de cuál sea el simbolismo de los kerubim, resalta mucho la atención que Dios haya pedido labrar unas estatuas, especialmente cuando el segundo de los 10 mandamientos prohíbe construir imágenes y estatuas.

De hecho, uno podría preguntar, tal como lo hace Rav Yehudá Levi, autor del libro El Kuzari, por qué Hashem castigó tanto al pueblo de Israel por hacer una estatua del becerro del oro cuando Hashem mismo ordenó hacer las estatuas de oro de los kerubim. Si está prohibido labrar estatuas, entonces ¿por qué Hashem les ordenó que labrasen los kerubim? Y si no tiene nada de malo labrarlas, ¿entonces por qué Hashem los castigó por hacer la del becerro de oro?

La respuesta del Kuzarí es muy simple, pero de implicaciones muy amplias: la única diferencia entre la estatua del becerro de oro y la de los kerubim es que Hashem ordenó hacer la de los kerubim y no ordenó hacer la del becerro de oro. En otras palabras, si Hashem hubiese ordenado construir un becerro de oro —sin adorarlo, por supuesto—, no hubiese existido problema en labrar su estatua, pero Hashem no lo ordenó. Por el contrario, si Hashem no hubiese ordenado labrar los kerubim, entonces el hacerlos hubiese constituido una violación a la prohibición de hacer estatuas.

El Kuzarí nos enseña algo muy importante: “La única manera de acercarse a Dios y recibir la influencia Divina es a través del cumplimiento de Sus mandamientos”1. Si Hashem ordena algo, debemos hacerlo para lograr acercarnos a Él. Si Hashem no lo ordena explícitamente, entonces debemos examinar cuidadosamente si el acto que estamos a punto de llevar a cabo es correcto dentro el contexto del resto de la Torá.

El mayor riesgo que tenemos de desviarnos del camino verdadero de crecimiento personal y espiritual es basarnos en nuestras propias convicciones y sensibilidades acerca de cómo debemos ser. Cualquiera de nosotros quiere ser bueno, pero no sabemos lo que eso implica; todos nosotros creemos que, esencialmente, tenemos buen corazón, pero quizás las personas alrededor no comparten nuestra creencia.

Muchos de nuestros parámetros de cómo comportarnos se originan en la visión social de a quién se le llama una persona “buena” y, por lo general, las exigencias de la Torá van mucho más allá de lo que la sociedad define como “bueno”. La Torá prohíbe, por ejemplo, hablar lashón hará, independientemente de si lo que se dice es verdadero o falso, pero la sociedad sólo prohíbe lo falso; si es verdadero está dentro de los límites de la libre expresión. La Torá prohíbe dejar de hablar con alguien en represalia por algún agravio recibido2; la sociedad no lo ve como algo malo en absoluto.

Son los mandamientos de la Torá los que nos guían en nuestro camino de crecimiento personal y definen cuál debe ser el ideal que debemos alcanzar. Quizás uno crea que actuar de cierta manera es adecuado, quizás uno suponga que no tiene nada de malo hacer tal o cual acto, pero sólo Dios define los medios y formas de acercarnos a Él y cómo merecer que la Shejiná more entre nosotros. Cualquier otra manera puede llegar a ser un alejamiento de Él, pese a nuestras mejores intenciones.


1 Kuzarí 3:23.

2 Si una persona le deja de hablar a otra en represalia, viola la prohibición de “No odies a tu hermano en tu corazón” (Vayikrá 19:17).