El cohén la examinará, y he aquí que la decoloración se ha extendido sobre la piel; el cohén lo declarará impuro; es tzaraat. Si la afección de tzaraat atacase a una persona, ésta será llevada al cohén y el cohén la examinará, y he aquí que es una erupción blanca sobre la piel y el pelo se ha tornado blanco, o hay carne sana, viva dentro de la erupción blanca; es una antigua tzaraat en la piel de su carne y el cohén lo declarará impuro; no dispondrá aislamiento porque es impuro” (Vayikrá 13:9-11).

Esta parashá se ocupa casi en su totalidad de las leyes de tzaraat1, que en ocasiones aquejaba a personas que habían violado ciertas transgresiones. Para que una persona fuese diagnosticada con tzaraat, era imprescindible que un cohén la identificase como tal y la declarase como tzaraat. Todo el tiempo que ningún cohén la declaraba como tal, no era tzaraat y no se le aplicaban las leyes de tzaraat.

Rav Yaakov Neiman, uno de los Baalei Musar de la generación pasada, cita2 este versículo y una Mishná en él Tratado de Negaim3 para ilustrar un concepto muy importante relativo al crecimiento personal. Sabemos que sólo un cohén podía diagnosticar si alguien poseía tzaraat. ¿Qué sucedía cuando la persona que tenía algunas llagas que podían ser tzaraat era también un cohén? ¿Podía él mismo diagnosticar su mal como tzaraat? Al fin y al cabo, él también conocía las leyes relativas a tzaraat y podía identificar sus llagas como tzaraat. La Mishná señala: “La persona puede ver las llagas de cualquier persona, menos las suyas propias”4. Es decir, si la persona tenía tzaraat y era un cohén, necesitaba ir donde otro cohén para que éste declarara si su llaga era de tzaraat o no.

El mensaje es bastante claro: la persona es capaz de ver con claridad los males y defectos ajenos, pero es incapaz de ver objetivamente los defectos propios. En ocasiones no vemos los defectos propios y en ocasiones los vemos (el cohén también se daba cuenta que tenía llagas, pero su percepción no era suficiente para saber si efectivamente era tzaraat o no), pero no con la objetividad necesaria. Sabemos que tenemos un defecto, pero no necesariamente lo vemos con la objetividad adecuada, pues creemos que no es tan grave o, por el contrario, que es más grave de lo que en verdad es.

También para esto necesitamos de un amigo. Tener un amigo posee varios beneficios: alguien en quien confiar, en quién poder desahogarnos de las tribulaciones de la vida o compartir nuestras alegrías. Rav Yaaakov Neiman nos enseña que necesitamos de alguien que nos ayude a identificar nuestras propias carencias. Por sí solos podemos quizás darnos cuenta que tenemos un defecto, pero no necesariamente podremos darnos cuenta qué tan grave o que tan insignificante es este defecto.

No es fácil tener este tipo de amistades. Puede ser que la mayoría de nuestros conocidos no nos conozcan tanto como para ayudarnos a identificar nuestros defectos. Puede ser que sí nos conozcan bien, pero aún así no se atrevan a decirnos con claridad cuáles son nuestros defectos. En ocasiones vale la pena y es suficiente con hablar directa y francamente con ellos y pedirles: “Quiero ser mejor persona y quiero corregir mis defectos. ¿Podrías hacerme un favor y pensar cuáles son desde tu punto de vista mis mayores defectos?” Será raro para ellos, pero si son personas con las cuales uno tiene la suficiente confianza, lo harán, siempre y cuando uno hable con ellos con honestidad.

Si uno tiene este tipo de amigos, la puerta del autoconocimiento verdadero ya está abierta.


1 Tzaraat no es la enfermedad de Hansen, producida por ciertas bacterias. Los sabios señalan repetidas veces que es una enfermedad causada por cierto tipo de transgresiones, la más común de ellas, la lashón hará. Al ser una enfermedad con origen espiritual, también su cura era de índole espiritual, cuando la persona con tzaraat hacía teshuvá de aquellas transgresiones que la causaron.

2 En Darkéi Musar, en esta parashá.

3 El Tratado de Negaim se ocupa de los distintos tipos de tzaraat y su proceso de regeneración.

4 Negaim, Capítulo 2.