Serán santos a su Dios y no profanarán el Nombre de su Dios…” (Vaikrá 21:6).

Esta parashá habla acerca de la obligación de los cohanim de conservar su santidad y la necesidad de “Serán santos a su Dios” más que el resto del pueblo de Israel. La parashá anterior habló de la obligación de cada judío de ser santo, pero los cohanim tienen una obligación adicional de buscar y conservar esa santidad mayor que la que Dios le otorgó al resto del pueblo.

Sin embargo, es curioso que Dios les haya pedido a los cohanim en un mismo versículo algo tan elevado como ser santos e, inmediatamente después, prohibirles algo tan obvio y bajo como no profanar el Nombre de Dios. Rav Yaakov Neiman formula y responde esta pregunta1 señalando que si uno no busca la santidad, uno simultáneamente está a punto de profanar el Nombre de Dios.

Esta idea aparece también en el segundo párrafo que leemos en el Shemá: “He aquí que si obedecen Mis preceptos que Yo les ordeno hoy, de amar a Hashem su Dios, y de servirlo con todo su corazón y con toda su alma, entonces Yo proporcionaré lluvia para su Tierra en su momento propicio, las primeras y las últimas lluvias, para que puedas cosechar tus granos, tu vino y tu aceite. Proporcionaré hierbas en tu campo para tus vacunos y comerás y te saciarás. Sean precavidos, para que su corazón no sea seducido y se desvíen y sirvan a otros dioses y se inclinen ante ellos” (Devarim 11:13-16). En otras palabras, debemos amar a Dios y ser precavidos de nos servir a otros dioses: si no amamos a Dios, corremos el riesgo de servir a otros dioses.

Aparentemente la idea no tiene sentido, pero los sabios nos dicen: “Esta es la manera de actuar de la inclinación al mal: te incita a hacer esto y después lo otro hasta que te incita a adorar ídolos”2. Esto también explica por qué en la lectura de la Torá de Iom Kipur en la tarde leemos los versículos de las relaciones prohibidas: si uno no aprovecha Iom Kipur y se une a Dios, puede eventualmente violar inclusive las prohibiciones más severas.

No debemos menospreciar el impacto de los pequeños actos que poco a poco moldean nuestra personalidad. De hecho, no hay acto inocuo en la vida. Cada acto que llevamos a cabo, minúsculo o impactante, deja huella en la personalidad. Tomemos por ejemplo manejar un automóvil por algunos minutos: ¿corriges tu egoísmo al ceder el paso ante los peatones o lo fomentas al no hacerlo?3. Uno no permanece igual inclusive después de hacer algo tan aparentemente insignificante como trasladarse de un lugar a otro en automóvil.

Cada acto deja un impacto. Si no estamos en un camino que busca santificar el Nombre de Dios, muy posiblemente estamos en un camino que eventualmente lo profanará.


1 En Darké Musar sobre esta parashá.

2 Shabat 105b.

3 Ejemplo de Rav Aryeh Leib Malin, antiguo Rosh Yeshiva de Beis haTalmud en Nueva York.