Estamos en el mes de elul, que es un acrónimo de aní ledodí vedodí li, ‘yo soy para mi Amado y mi Amado es para mí’.

¿No hubiera sido más apropiado que el mes se llamara dalul, formando dodí li veaní lo, ‘mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado’? Aparentemente esa hubiera sido una descripción más acertada, dado que Hashem, nuestro Amado, es Quien inició la relación con nosotros, el pueblo judío.

La razón por la que se llama elul, aní ledodí vedodí li, es porque la forma en que nos relacionamos con Hashem define cómo percibimos la manera en que Él se relaciona con nosotros. Las relaciones son reciprocas, como enseña el Rey Shlomó: “Kamaim hapanim lapanim ken lev haadam laadam” ‘así como el reflejo de un rostro en el agua es un rostro, el corazón de una persona refleja el corazón de otra’ (Mishlei 27:19). Cuando amamos a alguien, sentimos que somos amados; cuando sentimos resentimiento hacia alguien, sentimos que esa persona nos resiente.

Este principio se aplica también a nuestra relación con Hashem. Aní ledodí, si amas a Dios, vedodí li, entonces verás que Dios te ama. Pero si sientes resentimiento (Hashem, no me trataste bien, no valoras lo que he hecho por Ti, estás haciendo que mi vida sea muy difícil), entonces pensarás que Hashem no te ama.

Los espías son un ejemplo de esta dinámica. Al volver de explorar la Tierra de Israel y dar su malvado informe, los espías se quejaron amargamente, como dice el pasuk: “Hablaron mentiras en sus tiendas, y dijeron: ‘por el odio que Hashem nos profesa nos ha sacado de la tierra de Egipto, para entregarnos a manos del emorí, para que nos extermine’” (Devarim 1:27). Sobre las palabras besinat Hashem otanu ‘por el odio que Hashem nos profesa’, Rashi comenta: “Él los amaba, pero ustedes eran los que Lo odiaban. Un proverbio popular dice: ‘lo que hay en tu corazón hacia tu amigo, es lo que tú crees que hay en su corazón hacia ti’”.

Lo que sientes hacia tu prójimo es lo que imaginas que él siente hacia ti. El mismo principio se aplica a Dios. Si odias a Hashem, entonces crees que Él te odia. Asimismo, si amas a Hashem, sentirás que Él te ama. Ese es el significado de aní ledodí vedodí li. Por lo tanto, una de las principales áreas donde se debe trabajar durante el mes de elul es amar a Hashem, y de esta manera sentirás Su amor por ti. La parashá de esta semana nos da una poderosa herramienta para lograrlo: la gratitud.

Bikurim, los primeros frutos

La parashá comienza presentando la mitzvá de bikurim, llevar al Beit HaMikdash los primeros frutos de las siete especies por las que es alabada la Tierra de Israel. “Vendrás al cohén que esté en esos días y le dirás: ‘Declaro hoy a Hashem, tu Dios, que he entrado a la Tierra que el Eterno juró darnos” (Ibíd. 26:3). Lo que estás diciendo es: “Hashem, reconozco que me diste esta Tierra y el regalo de todos estos frutos abundantes”. Pero eso no es todo. En las palabras “veamartá elav” ‘y le dirás’, Rashi explica que al llevar los bikurim, se le debe informar al cohén que no eres un kafuf tov, un ‘ingrato’.

¿Por qué debes decirle eso al cohén? ¿No alcanza con no ser kafuf tov? No, debes articularlo y decirlo en voz alta. El habla es un puente entre lo interno y lo externo. Hablar de algo concretiza tus pensamientos y los hace reales. Por eso en el Beit HaMikdash, ante la presencia de Dios, se le debe decir a un cohén que vive con la realidad de Hashem, que Dios te dio regalos sin ninguna condición. Debes mirar al cohén a los ojos y convencerlo de que realmente sientes gratitud. Él se da cuenta si eres sincero o no, si estás lleno de alegría y piensas que la vida es hermosa, o no. El hecho de decirlo en voz alta permite que tú mismo veas en dónde te encuentras. No hay más simulacros.

Después de declarar que no eres un ingrato, y de agradecerle a Hashem por traerte a la Tierra de Israel, el cohén toma tu canasta de frutas y la pone sobre el altar. Entonces dices en voz alta, para que todos escuchen: “Aramí oved aví” ‘un arameo intentó destruir a mi antepasado…’” (Ibíd. 26:5), la famosa sección que conforma la columna vertebral de la Hagadá de Pésaj y describe cómo Hashem sacó al pueblo judío de Egipto y lo llevó a Israel. Un aspecto esencial de hakarat hatov, ‘gratitud’, del judío, es agradecerle a Hashem por ser parte del pueblo judío, la nación que tiene la misión de traer moralidad y sabiduría al mundo. “Te regocijarás con toda la bondad que Hashem, tu Dios, te ha dado” (Ibíd. 26:11), incluyendo el privilegio de ser parte de esta grandiosa nación.

La gratitud es la base de toda relación amorosa, incluyendo nuestra relación con Hashem, y es el primer paso para aprovechar el poder de elul de aní ledodí vedodí li.

La razón de las maldiciones

La parashá contiene la lista de bendiciones que el pueblo judío recibirá si cumple las mitzvot, y también la tojajá, la interminable lista de maldiciones que describen las horrendas consecuencias que le acontecerán al pueblo judío si rechaza a Dios y a Su Torá. La costumbre es que el báal koré lee la tojajá en voz baja. Eso nos obliga a despertarnos, prestar atención y realmente escuchar. Si escuchamos a Hashem, tendremos el mérito de recibir todas las brajot.

En medio de la amenaza al pueblo judío con desgracias aterradoras, Dios dice: “Serán señal y prodigio para ti y para tu descendencia, eternamente, porque no le serviste a Hashem, tu Dios, con alegría y buen corazón, cuando todo era abundante” (Ibíd. 28:46-47). La Torá expresa la razón de todos esos sufrimientos: no le sirvieron al Eterno con alegría.

El Rambam (Hiljot Sucá 8:15) explica que, incluso si cumpliste todas las mitzvot, estudiaste Torá noche y día y te esforzaste mucho en tu servicio a Dios, si no lo hiciste con alegría, mereces una retribución y te has ganado todas esas maldiciones. Para algunas personas esto puede resultar sorprendente. Hashem, ¿qué quieres? Cumplí todas tus mitzvot, te serví diligentemente. ¿En dónde está la justicia? ¿Todo este esfuerzo, y esto es lo que recibo, sólo porque no lo hice con alegría?

Es fundamental recordar: Hashem no necesita nuestras mitzvot. Él es infinito, perfecto y no hay nada que podamos hacer por Él. Hashem nos creó para darnos el mayor placer y significado posibles. Nos dio Su Torá y Sus mitzvot para nuestro placer y beneficio. Creemos equivocadamente que, de alguna manera, estamos ayudando a Dios, haciéndole un favor cuando comemos kósher y respetamos Shabat. Y nos preguntamos: “¿Dónde está la gratitud de Dios?”. Somos como el niño desagradecido que se queja por tener que sostener el helado.

La vida, la Torá, las mitzvot, todo es para nuestro beneficio. La gratitud y la alegría son el nombre del juego. Si nos quejamos, si creemos que le estamos haciendo un favor a Dios, perdemos de vista el objetivo de la existencia. Aní ledodí vedodí li. Tenemos un Creador que nos ama, que nos creó y nos sustenta a cada instante. Es esencial recordar que Dios nos ama.

Despiertas en la mañana y lo primero que dices es modé aní ‘Dios, te agradezco por estar vivo’. ¿Realmente lo sientes? Díselo al cohén. Háblale a Dios, no a la pared. No lo digas mecánicamente. Reconoce que la vida es maravillosa, ¡y luego agradécele a Dios! No seas kafui tová. Ve lo que te dio: te dio vida, te dio una Torá para enseñarte cómo aprovechar la vida al máximo, y te dio una misión única en el mundo. Y te hizo parte del pueblo judío, que trae al mundo sabiduría, valores y significado.

Aní ledodí vedodí li. Valora lo maravilloso que es estar vivo, lo maravilloso que es tener una relación con Dios y lo maravilloso que es tener una Torá. Eso es verdadera teshuvá. Vive con gratitud y alegría, y recibirás todas las brajot.

El shofar está sonando. Dice: despierta y sé real, no hagas las mitzvot mecánicamente, como un zombi. Siente lo hermosa que es la vida. Durante el resto de elul, al despertar cada mañana, di modé aní sintiéndolo realmente. Convence al cohén de que eres sincero. Agradécele a Dios por la oportunidad de servirle. Conéctate con Su amor y agradece todo lo bueno que te dio. Dilo desde el corazón, y te cambiará la vida. Aní ledodí vedodí li.