Durante siete días, Moshé Rabeinu construyó y desmanteló el Mishkán, y trajo todos los sacrificios para inaugurarlo. Sin embargo, no pasó nada, Hashem no había aparecido aún.

En el octavo día, el pueblo judío estaba esperando ansiosamente la aparición de Hashem. ¡Y finalmente ocurrió! Moshé y Aharón bendijeron al pueblo “¡y la gloria de Hashem apareció ante todo el pueblo! Y salió un fuego de delante de Hashem y consumió sobre el Altar la ofrenda de elevación y las grasas; todo el pueblo vio y cantó regocijándose, y cayeron sobre sus rostros” (Vaikrá 9:23-24).

¿Puedes imaginar el éxtasis que experimentaron? Pero luego, en medio del clímax, Nadav y Avihú ofrecieron un sacrificio ‘no autorizado’ y salió un fuego desde Hashem que los consumió, matándolos. De inmediato, después de su muerte, Moshé consoló a Aharón y le dijo: “Sobre esto habló Hashem, cuando dijo ‘con mis cercanos me santificaré, y ante todo el pueblo seré honrado, y Aharón se quedó mudo” (ibid. 10:3).

De acuerdo al Talmud (Zevajim 115b), Moshé le dijo a Aharón que Dios le habló en profecía y le dijo que cuando el Mishkán fuera inaugurado, “Estableceré Mi encuentro allí con los Hijos de Israel, y seré santificado con Mi honor (bikvodí)” (Shemot 29:43). No leas “con Mi honor”, dice el Talmud, sino “a través de Mis honorables (bemekubadai)”. Moshé dijo: “Aharón, sabía que esta casa sería santificada a través de la muerte de los amados de Hashem, pero pensé que sería a través de ti o de mí. “¡Ahora veo que Nadav y Avihú eran más grandes que tú y yo!” (Vaikrá Rabá 12:2. Ver también Midrash Tanjumá, Sheminí).

Aharón se quedó mudo, indicando que entender el rol que tuvieron las muertes de sus hijos realmente lo confortaba.

¿Por qué le diría Hashem a Moshé que los judíos más grandiosos morirían en un día de tanta celebración y alegría? Dios no necesita ni sangre ni muerte. La presencia de su Shejiná trae bendición, placer trascendental y curación. ¿Por qué fueron necesarias sus muertes?

Una terrible advertencia

Toda profecía que predice un desastre es sólo una advertencia. En realidad, Dios le dijo a Moshé: “Ten cuidado. Ocúpate de esto porque, si no, cuando aparezca, los más grandes del pueblo judío morirán”. No tenía que ocurrir. Si el pueblo judío hubiera escuchado la advertencia y tomado las precauciones necesarias para evitar cometer un crítico error, hubieran prevenido la tragedia. Ahora bien, ¿qué error estaba Hashem diciéndole a Moshé que corrigiera?

Si prestas mucha atención a la forma en que el pueblo judío respondió cuando Hashem apareció, verás lo que carecían: “Y salió un fuego de delante de Hashem y consumió sobre el Altar la ofrenda de elevación y las grasas; todo el pueblo vio y cantó regocijándose y cayeron sobre sus rostros” (Vaikrá 9:24). ¿Qué faltaba? La Torá no dice que temieron. ¿En dónde estaba el irat shamaim, el ‘temor al cielo’?

Esa carencia fue corregida a través de las muertes de Nadav y Avihú. Cuando descendió el fuego y mató a los más grandiosos judíos, ahí sí que todos tuvieron miedo. Cuando viene Dios, no es para regocijarse y estar en éxtasis. Ni siquiera es para que te empequeñezcas. Debes temblar ante lo atemorizadora que es Su presencia.

Hashem intentó advertirle a Moshé con anticipación, para no tener que traer semejante calamidad. En cambio, Él tuvo que corregir el error por ellos, matando a los más grandiosos judíos, y devolviendo así el nivel correcto de reverencia a todo el pueblo.

Ahora, ¿por qué Hashem generó este temor específicamente a través de la muerte de Nadav y Avihú?

Porque, a final de cuentas, ellos eran los responsables de que este problema no estuviese corregido.

El Talmud (Sanedrín 52a) nos dice que Nadav y Avihú estuvieron en una ocasión caminando detrás de Moshé y Aharón, y Nadav le dijo a Avihú: “¿Cuándo saldrán del camino estos dos ancianos para que podamos liderar al pueblo judío?”.

La descripción que hace el Talmud de Nadav y Avihú como principiantes arrogantes, impacientes con el liderazgo actual, no es muy halagadora. Sin embargo, el Midrash (citado por Rashi y mencionado arriba) describe a Nadav y Avihú como personas aún más grandiosas que Moshé y Aharón.

¿Cuál es la descripción verdadera de Nadav y Avihú? ¿Eran dos estrellitas insolentes o eran más grandiosos que Moshé y Aharón?

Nuestros sabios no se contradicen a sí mismos. Entonces, esas descripciones tienen que ser dos caras de una misma moneda.

En un cierto aspecto, Nadav y Avihú eran más grandiosos que Moshé y Aharón, y esa grandeza fue lo que los hizo volverse arrogantes e impacientes con su liderazgo. Pero hay otro error, más sutil, descrito en la narrativa del Talmud, y es un error que todos cometemos normalmente al referirnos a los líderes de nuestra generación y a la forma en que manejan las deficiencias del pueblo judío.

Nadav y Avihú creyeron que uno sólo es responsable de abordar los problemas del pueblo judío cuando le es asignada una posición de liderazgo. Esto es contrario al entendimiento de la Torá sobre responsabilidad, como dice la Torá: “Los [pecados] ocultos para Hashem, nuestro Dios, pero los [pecados] revelados son para nosotros y para nuestros hijos para toda la eternidad” (Devarim 29:28). La Torá hace a cada persona responsable de enfrentar los problemas que ve en el momento, apenas los advierte.

Asumir la responsabilidad por el pueblo judío no es sólo una obligación de quienes ocupan posiciones de liderazgo; todos somos responsables. Ahora, ¿Cómo puede funcionar el pueblo judío si todos asumen la responsabilidad de resolver los problemas que ven en la forma que cada uno cree conveniente? Eso crearía anarquía.

Hay un balance entre asumir la responsabilidad individualmente y respetar el liderazgo vigente. Todos nosotros, más allá de nuestra posición o estatura, somos igualmente responsables de solucionar los problemas que vemos. En lo referente a responsabilidad, no hay jerarquía. Sin embargo, al momento de implementar soluciones, debemos trabajar bajo la guía del liderazgo existente para asegurar que nuestra propuesta sea buena y que nuestra resolución de problemas sea conducida apropiadamente.

Nadav y Avihú percibieron una falta de irat shamáim en el pueblo judío. Esa fue parte de su grandeza, pero por cuanto que no trataron de resolver el problema del pueblo judío en vida, Hashem hizo que su muerte fuera el medio para resolverlo (este es un aspecto del principio de mitat tzadikim mekapéret, ‘la muerte de los justos expía’). Nadav y Avihú creyeron equivocadamente que, para implementar una solución al problema que vieron, debían esperar hasta ser designados líderes. En cambio, deberían haber acudido a Moshé y Aharón, explicado el problema que veían y presentar posibles soluciones. Después de recibir el apoyo de Moshé y Aharón, deberían haber implementado su estrategia. Esa es la forma constructiva de resolver problemas.

Nosotros, a menudo, cometemos el mismo error de Nadav y Avihú. Vemos los problemas del pueblo judío, pero, en lugar de asumir la responsabilidad por ellos, nos decimos que resolverlos es responsabilidad de nuestros líderes. Luego, cuando nuestros líderes están completamente abrumados por los problemas, los criticamos por no actuar de manera más audaz y agresiva, nos frustramos y hasta sentimos resentimiento por la falta de progreso en esas áreas cruciales.

La respuesta correcta a nuestra preocupación es desarrollar una estrategia y discutirla con nuestros líderes, para luego implementarla con su apoyo y guía. Con este enfoque, las personas tienen la capacidad de asumir la responsabilidad y confrontar los desafíos que ven sin socavar el liderazgo al hacerlo.

La mayor diferencia

Inmediatamente después de la fundación del Estado de Israel, hubo un brit milá en Jerusalem al que asistieron muchos Roshei Ieshivot y rabinos del momento.

A Rav Jetzkel Sarna, Rosh Ieshivá de Hebrón, se le pidió que hablara. Rav Jetzkel era conocido por tener una colorida personalidad, y sus palabras de ese día no desilusionaron.

Rav Jetzkel comenzó como sigue:

“Sé que todos ustedes creen que fue su zeide quien tuvo el mayor impacto en Klal Israel en los últimos 100 años, pero estoy aquí para decirles que no fue ninguno de ellos”.

Eso, con certeza, alteró a algunos.

“Más aún”, continuó Rav Jetzkel, “la persona que tuvo el mayor impacto en Klal Israel no era un talmid jajam, de hecho, ni siquiera podía leer una página de Guemará”. Los rabinos le pidieron a Rav Jetzkel que cambiara el tema.

Insistiendo, Rav Jetzkel dijo: “Cuando les diga el nombre de la persona, todos concordarán conmigo de inmediato”. Teniendo en cuenta las personas congregadas en el brit, esa frase fue simplemente ridícula.

“La persona que tuvo el mayor impacto en Klal Israel en los últimos 100 años,” concluyó Rav Jetzkel, “fue Sara Schenirer”.

Todo el mundo concordó sin dudar.

Sin Sara Schenirer, el pueblo judío hubiera desaparecido. Si bien los hombres jóvenes estaban en Ieshivot y recibían educación e inspiración judía con Torá y mitzvot, las mujeres jóvenes asistían a escuelas públicas y perdían su conexión con el judaísmo. Sin una generación de mujeres religiosas, no hubiese habido una generación observante siguiente dentro del pueblo judío. Ella reconoció este problema y creó el movimiento Beit Yaakov de escuelas judías para niñas.

¿Cuál fue el secreto de Sara Schenirer? ¿Cómo consiguió enfrentar un problema del pueblo judío que ni siquiera hombres grandiosos como el Jafetz Jaim, Rav Jaim Ozer y el Gerrer Rebe enfrentaron?

En su diario, ella cuenta su secreto. Sara Schenirer modista, y las jóvenes acudían a ella para que les hiciera prendas. Ella hablaba con ellas y lloraba por ellas, pensando: “Estoy cosiendo hermosas prendas para cubrir sus cuerpos, pero sus almas están desnudas, porque carecen de mitzvot”.

Sara Schenirer salvó al pueblo judío porque vio un problema crítico, lo asumió como propio y puso manos a la obra. Vio la tragedia que transcurría y entendió que todo el futuro de Klal Israel estaba en juego. Sobre todo, evitó el error de Nadav y Avihú: no evitó la responsabilidad esperando que los líderes de su generación dieran un paso adelante y enfrentaran la crisis. Ella actuó, trabajando con la bendición de los rabinos principales de su generación, e hizo una diferencia que salvó al pueblo judío.