Al final de Séfer Bamidbar, la parashá habla nuevamente de las cinco hijas de Tzelofajad, a quienes Hashem les instruyó casarse dentro de su tribu, Menashé, para asegurar que la herencia ancestral de su padre permaneciera dentro de la misma. Veamos primero cómo heredaron la tierra de su padre.

“Las hijas de Tzelofajad, hijo de Jéfer, hijo de Guilad, hijo de Majir, hijo de Menashé, de las familias de Menashé hijo de Yosef, se acercaron… y se pararon frente a Moshé, frente a Elazar el Kohén, y frente a los líderes y a toda la asamblea a la entrada de la Tienda de la Cita, para decir: ‘Nuestro padre murió en el desierto, pero no fue parte de la asamblea que se reunió contra Hashem en la asamblea de Kóraj, sino que murió por su propio pecado, y no tuvo hijos. ¿Por qué debería perderse el nombre de nuestro padre de dentro de su familia, porque no tuvo un hijo? Danos una porción de entre los hermanos de nuestro padre’” (Bamidbar 27:1-4).

Las hijas de Tzelofajad le pidieron a Moshé, a Elazar y al Sanhedrín, ser herederas de la tierra de su padre, porque éste murió sin dejar atrás ningún hijo. Moshé no sabía que responder y le preguntó a Hashem, Quien contestó: “Las hijas de Tzelofajad hablan con propiedad. Tienen razón”.

Rashi dice que vieron con sus ojos lo que Moshé Rabeinu no pudo ver. Entendieron lo que Moshé Rabeinu y el Sanhedrín no entendieron.

Cuando presentaron su argumento, dijeron: “Nuestro padre no tiene un hijo”. Rashi explica: “Si hubiera tenido un hijo, no hubieran hecho ningún reclamo. Esto nos enseña que eran mujeres astutas”. No eran mujeres simples, eran instruidas e inteligentes. Ahora, ¿por qué necesita la Torá decirnos que eran mujeres astutas? ¡Claro que eran astutas! ¡Vieron lo que ni Moshé pudo ver!

Hay otra dificultad en el primer Rashi del capítulo, donde explica por qué la Torá trazó el linaje de las hijas de Tzelofajad hasta Yosef. Rashi dice que esto nos enseña que, así como Yosef valoraba Éretz Israel, como demostró al ordenarles a sus hijos que sacaran sus huesos de Egipto para que fuesen enterrados en Israel 210 años después de su muerte, las hijas de Tzelofajad también valoraban Éretz Israel, como dice la Torá: “Tnú lanu ajuzá”, ‘danos una porción’ (v. 4).

¿Cómo prueban estas palabras que ellas amaban la tierra? Si alguien te dijera que tienes una herencia en África, ¿la pedirías? Quizás nunca querrías poner un pie allí, pero seguramente te apropiarías de lo que te pertenece por derecho y sacarías provecho de la misma. Entonces, ¿por qué el pedido de una porción que hicieron las hijas de Tzelofajad demuestra el amor que ellas tenían por la tierra de Israel?

La respuesta es que las hijas de Tzelofajad vieron lo que Moshé Rabeinu no vio, pero no por haber sido astutas. Eso no hubiera sido suficiente. La razón por la que vieron lo que él no vio, fue porque amaban la tierra de Israel. Casualmente, eran instruidas, por lo que la Torá nos lo dice, pero no fue su inteligencia lo que las capacitó para presentar su argumento, sino sólo su amor por Éretz Israel. Vieron lo que Moshé Rabeinu no vio porque deseaban desesperadamente una porción en la tierra. Pensaron y pensaron hasta que se les ocurrió el argumento adecuado.

La pasión es el motor

El secreto para destacar en algo es sentir pasión por lo que haces. Si quieres tener éxito en el estudio de Torá, debes amar la Torá. Si quieres hacer retornar al pueblo judío y conectarlo con la belleza y el significado de nuestro legado, debes amar apasionadamente a tus hermanos judíos. Si los amas, encontrarás una forma para llegar a ellos.

Una vez conocí a un hombre que tenía un asilo para ancianos en Baltimore. Conocía mis esfuerzos en kiruv, y me dijo:

-Realmente admiro tus logros. ¿Sabes? Yo también transformé a alguien en báal teshuvá.

-Increíble -contesté-. ¿Quién es esa persona?

-Es una mujer de 95 años a quien convencí para que dejara de comer taref.

-¿Una mujer de 95 años? -exclamé-. Mi amigo, usted es el experto, y yo el estudiante a sus pies. Enséñeme cómo logró hacerlo. La mayoría de los ancianos, particularmente quienes pasaron los 90, no están abiertos a la posibilidad de cambiar su vida. ¿Cuál es su secreto?

-Le contaré -respondió el hombre-. Tengo un asilo para ancianos en las afueras de Baltimore. La clientela es, casi en su totalidad, no judía. De los 300 residentes, tenía tres judíos. A los no judíos les daba comida no kósher, ya que es mucho más barata que la kósher. Pero no podía darles taref a los tres judíos, por lo que les pedía comida kósher de un catering. Todos los días recibían comidas especiales envueltas en bandejas. Me costaba un ojo de la cara, pero no tenía alternativa.

-Todo estaba bien, hasta que un día llegaron inspectores del Estado de Maryland. Les mostré todos nuestros registros de los pacientes y, gracias a Dios, estaban muy satisfechos. Cuando estaban a punto de irse, esta mujer judía de 95 años se acercó a uno de ellos y dijo que tenía una queja. “¿Cuál es su queja?”, preguntó el inspector. “Están discriminándome”, dijo ella. El inspector se me acercó y me preguntó: “¿Qué está pasando? Sabe que no tiene permitido discriminar”. Yo traté de explicarle al inspector que soy un judío religioso, y que no puedo darle a un paciente judío comida no kósher. A pesar de que me cuesta una fortuna, le doy comida kósher. El inspector me dijo: “Escucha, amigo, no puedes forzar tu religión sobre otras personas. Estamos en Estados Unidos. O le das la misma comida que reciben los demás, o te obligaremos a cerrar”.

Entonces, me dirigí a esta señora de 95 años y le dije:

—La comida taref es muy barata. ¡La comida kósher que te compro cuesta casi diez veces más!

—Ahórrate tu dinero —dijo— quiero comer lo mismo que los demás.

—Señora, todo el mundo sabe que la comida kósher es más rica. Está preparada con mayor cuidado.

-¡Tengo 95 años! ¿Crees que siento el sabor de algo? Lo único que quiero es comer lo mismo que los demás.

-Señora, todo el mundo sabe que la comida kósher es más sana. Esta comida taref es mala para usted. La comida kósher es saludable, y está inspeccionada por el gobierno.

-Tengo 95 años, cuanto antes me vaya, mejor. Quiero comer lo mismo que comen los demás.

El hombre de Baltimore me miró y dijo:

-Ahora se lava las manos antes de comer. Se levanta en la mañana y dice modá aní. Recita Tehilim, enciende las velas los viernes en la tarde y es shoméret shabat. ¡Cumple todo!

-Es increíble, -respondí- pero dígame, ¿qué le dijo?

-Ya le conté.

-No, no me contó.

-Le dije que el inspector dijo que me cerraría. Ij hub guehat a breira? ¡No me quedaba alternativa! El inspector me iba a clausurar. No sé lo que dije, lo único que sé es que ella ahora dice Modé Aní y dice brajot.

Porque estaba obligado a encontrar la forma de llegar a ella, este propietario de un asilo para ancianos se convirtió en experto en kiruv. Yo pasé toda la vida acercando a la Torá a judíos de todos los entornos, y nunca logré hacerlo con un nonagenario, y este hombre inexperto de Baltimore logró acercar a alguien de 95 años.

Nuestro error es que creemos que tenemos alternativa. Si realmente queremos algo, podemos hacerlo. Si amamos la Tierra de Israel como lo hicieron las hijas de Tzelofajad, veremos cosas que ni Moshé pudo ver. Sólo necesitamos quererlo lo suficiente.