Nuestra parashá comienza con el mandamiento de shemitá (el año sabático), lo que significa que en Israel cada siete años se debe dejar descansar la tierra. Interesantemente, la Torá introduce este mandamiento declarando que Dios ordenó esta mitzvá en el Monte Sinaí, algo que a primera vista es bastante enigmático, porque sabemos que todas las mitzvot, todos los mandamientos, fueron entregados en el Sinaí. Entonces, ¿por qué se menciona esto especialmente respecto al año sabático? La respuesta a esta pregunta constituye el fundamento sobre el que se construye la fe judía, y es la confianza absoluta en Dios.

En la antigüedad, Israel era una sociedad agrícola. La supervivencia de la nación dependía por completo de lo que producía la tierra, pero las leyes de shemitá requerían que después de cada ciclo de siete años se dejara descansar la tierra. Durante ese año no se podía arar, sembrar ni cosechar, lo que en esencia implicaba que la cosecha del sexto año debía durar tres años (el sexto, el séptimo y el octavo, dado que durante el séptimo año no se realizaba ninguna tarea en los campos).

Que toda una nación quedara paralizada requería una confianza absoluta en Dios. Trata de imaginar lo que ocurriría si en el mundo contemporáneo nos dijeran que debemos cerrar nuestros negocios, nuestros campos, etc. cada siete años ¡y confiar que las ganancias del sexto año nos sustentarán durante tres! Sería un caos total. Cundiría el pánico, a pesar de que muchos tienen ahorros y que contamos con las reservas del gobierno para apoyarnos, además de tener medios para preservar los alimentos, por lo que no deberíamos preocuparnos de pasar hambre. Por lo tanto, el hecho de que nuestros ancestros aceptaran esta mitzvá sin cuestionamientos da testimonio de que la recibimos en el Sinaí: sólo Dios, Quien nos sustenta en todo momento, puede pedir algo así. Esta es la razón por la que se menciona al Sinaí en conexión al año sabático.

Además, al cumplir las leyes de shemitá declaramos al mundo que el verdadero dueño de la tierra es Dios y que sólo con Su permiso aramos el suelo y cosechamos su producto. Admitir esto nos lleva a tomar plena consciencia de que nuestro Padre Celestial es Quien está al mando y no nosotros. Admitir esto nos vuelve humildes y compasivos y nos permite tomar profunda consciencia de lo que es más importante en la vida.

NO SE NECESITA UNA EXPLICACIÓN

Desde el comienzo mismo de nuestra historia, esta confianza absoluta fue lo que forjó nuestra relación con Dios. En el Sinaí proclamamos “naasé venishmá, haremos y entenderemos”,1 sin saber todavía qué se nos pediría. La respuesta inequívoca se basó en nuestra confianza, y esa confianza es la base de la observancia de las 613 mitzvot. Más que en la lógica y la razón, nuestro compromiso se basa en el conocimiento de que Dios está aquí, que Él es quien habló, por lo que ningún mandamiento puede ser demasiado difícil, aunque en ocasiones el desafío parezca ser imposible de superar. Confiamos por completo en Dios y sabemos que dado que Él nos creó, si nos ordena algo tenemos la capacidad de cumplirlo.

El judío que posee esta fe no necesita que le expliquen por qué debe cumplir una mitzvá. El hecho de que Dios la diera es suficiente motivo y no necesita ninguna lógica mejor que esa. Con el paso de los años, vimos cómo la ciencia validó muchos de nuestros mandamientos dando legitimidad a su lógica desde un punto de vista médico. La sociedad también comenzó a valorar la sabiduría innata de nuestras leyes éticas y morales. Pero que la ciencia o la sabiduría convencional verifiquen nuestros mandamientos es completamente irrelevante. Nuestro compromiso es uno de confianza y fe absolutas, porque la voz de Dios continúa resonando en nuestros corazones. Esta fe y confianza son la base de nuestra supervivencia. Somos una pequeña minoría y, por lógica, deberíamos haber desaparecido hace tiempo.

La situación no es diferente en la actualidad. Nuestros hermanos en Israel están rodeados por un mar de naciones hostiles que buscan su destrucción. ¿Cómo podemos sobrevivir? La Hagadá de Pésaj nos da la respuesta: en toda generación nuestros enemigos buscan aniquilarnos, pero Dios siempre nos salva.

TEN CUIDADO DE NO PROVOCAR DOLOR

Nuestra parashá coincide con los preparativos para la festividad de Shavuot, cuando Dios nos dio Su Torá. Pertinentemente, esta parashá contiene mitzvot que nos enseñan a prepararnos de la mejor manera para este gran día. No sólo se debemos intensificar nuestra fe y confiar en Dios, sino que también se nos recuerda que debemos ser más sensibles hacia nuestro prójimo:

“No se hostigarán el uno al otro”2 significa que debemos ser muy cuidadosos con nuestras palabras y comentarios para no avergonzar ni herir a los demás. Bajo ninguna circunstancia se permite el uso de lenguaje peyorativo o de apodos ofensivos, ni se nos permite recordarles a las personas sus errores pasados, ni siquiera en broma.

En nuestra sociedad, se volvió normal "desacreditar a las personas" y "decir las cosas tal cual son", sin importar el dolor que eso provoque. A muy temprana edad se comienza a ridiculizar, insultar y poner apodos denigrantes, lo que lleva a que muchos niños se sientan destruidos psicológicamente por sus pares, ya sea en la escuela o en las colonias de vacaciones. El uso de palabras ásperas y cortantes continúa durante toda la vida. Arruina nuestros matrimonios y nuestras relaciones, es una de las causas principales de las crisis familiares y de las vidas amargadas y coléricas. Nuestra parashá nos recuerda que el arte de comunicarse con amabilidad y amor es la base para la armonía social y familiar.


NOTAS

1. Éxodo 24:7.
2. Levítico 25:17.