Al comienzo de la parashá, aprendemos que uno de los objetivos de Dios para el Éxodo de Egipto fue asegurar que le relatemos esa historia a nuestra descendencia: “…para que tú relates en los oídos de tu hijo y del hijo de tu hijo que Yo me burlé de Egipto, y Mis señales que puse en ellos, para que sepas que Yo soy Hashem”.1

Después de leer este pasaje, viene a la mente una pregunta obvia: si se nos ordena enseñarles a nuestros hijos, entonces son ellos los que sabrán. Pero el texto dice "para que sepas", es decir, para que lo sepa el que relata la historia. Además, el orden parece estar invertido: ¿acaso uno no debe saber antes de enseñar? La Torá nos revela una profunda verdad sobre la naturaleza humana.

La mejor forma de adquirir entendimiento es aceptar la responsabilidad de instruir a los demás, porque eso nos obliga a estudiar y a tratar de entender. Por eso no es raro que hombres o mujeres que nunca pensaron mucho sobre su judaísmo pasen una transformación total cuando se convierten en padres. En ese momento comprenden que si quieren transmitir algo de valor duradero, que si quieren contarles "la historia" a sus hijos, primero necesitan poseer ese conocimiento. Esta lógica es cierta no sólo en lo referente a la crianza de los niños, sino que cada vez que necesitamos explicar nuestra realidad como judíos nos vemos obligados a explorar nuestras raíces.

EL LEGADO DE LOS PADRES Y DE LOS ABUELOS

El texto también nos muestra la mejor forma de brindar esta lección: “relata en los oídos de tu hijo”. La enseñanza debe ser personalizada e íntima. El estudio de Torá no puede ser simplemente una experiencia cerebral, sino que debe ser también emocional y espiritual. Debe transmitirse de corazón a corazón, con amor y con pasión. Esto fue lo que le permitió a Iosef conservar su fe al ser el único judío en Egipto. A pesar de su sufrimiento, él nunca titubeó, porque la imagen de su padre enseñándole Torá estaba grabada en su mente y en su corazón.

A partir de este pasaje, nuestros Sabios también concluyen que si tres generaciones (padres, hijos e hijos de los hijos) de una familia se comprometen al estudio de la Torá, podemos estar seguros de que la Torá y las mitzvot nunca abandonarán esa familia. La prueba de fuego de la continuidad judía es si el judaísmo continúa en la tercera generación. En la sociedad contemporánea, cuando gran parte de nuestro pueblo se está asimilando y se casa con personas de otras religiones, esta pregunta tiene un gran peso. Cada judío debe preguntarse: "¿Estoy haciendo lo suficiente para asegurar que mis nietos sigan siendo judíos?”

Por desgracia nuestra generación es espiritualmente huérfana, y la mayoría no tiene abuelos que le cuenten la historia. Por eso debemos buscar rabinos y maestros de Torá y pedirles que "relaten la historia en [nuestros] oídos". Sobrevivimos a través de los siglos porque este mandamiento de contarles la historia a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos es un pilar de nuestra fe. No importa el lugar adonde nos haya llevado el destino, continuamos relatando la historia y continuaremos haciéndolo hasta el final de los días.

EL REGALO DEL TIEMPO

Este mes será para ustedes el comienzo de los meses…”.2 Con esta proclamación, Hashem nos dio el más grandioso de los regalos: el tiempo.

Cuando éramos esclavos en Egipto, nuestro tiempo no nos pertenecía. Los días se fundían uno con el otro. Cada día era dolorosa y monótonamente lo mismo. En la vida de un esclavo no hay esperanza, no hay creatividad, no hay futuro. Pero los hombres libres tienen que efectuar elecciones, y la más importante de ellas es usar el tiempo sabiamente y no derrocharlo.

Esta enseñanza es particularmente relevante para nosotros, en el siglo XXI. La tecnología y el desarrollo científico nos liberaron de gran parte del trabajo pesado, dejando a nuestra disposición más tiempo que lo que nuestros antepasados soñaron que podía ser posible tener. Lamentablemente abusamos de ese tiempo y lo desperdiciamos en objetivos insignificantes.

La tecnología creó programas inútiles que sólo sirven para matar el tiempo. Sin embargo, cuando Dios nos confió el increíble regalo del tiempo, nos exigió algo más que sólo usarlo con prontitud. Él nos ordenó santificar el tiempo y hacerlo sagrado. La corte lo hacía al santificar la luna nueva.

A diferencia del calendario solar que usa gran parte del mundo occidental, nuestro calendario es también lunar. La luna no genera su propia luz, sino que refleja los rayos del sol. De la misma forma el pueblo judío no emana su propia luz, sino que refleja la luz de Dios. El foco de nuestra vida no es nuestra voluntad y nuestros deseos, sino el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así como la luna ilumina la noche, nuestra tarea es iluminar la oscuridad del mundo con la palabra de Dios: la Torá.

Otra razón por la que tenemos un calendario lunar es que la luna aparece y desaparece cada mes. Tal como la luna se renueva y se regenera, también nosotros tenemos el mandato de rejuvenecer y revitalizarnos haciendo teshuvá. Esta mitzvá de establecer el calendario y santificar la luna nueva fue elegida por Dios para estar dentro de los primeros de los 613 mandamientos. La libertad de la esclavitud egipcia no significó que nos liberáramos de la responsabilidad. Tampoco significó que podíamos hacer lo que deseáramos con nuestro tiempo. Por el contrario, cuando Dios nos dio la mitzvá de santificar el tiempo, nos confió la mayor de las responsabilidades: utilizar cada momento de nuestra vida por el bien de Su Santo Nombre.

Como judíos, debemos ser concientes de que nuestra vida es temporaria y de que debemos aprovechar al máximo cada instante, porque llegará el momento en que tendremos que rendir cuentas por cada día de nuestra existencia. Por lo tanto tenemos que santificar nuestro tiempo aquí en la tierra por medio de las festividades, del Shabat, del estudio de la Torá, de nuestras plegarias y de nuestras mitzvot. También debemos recordar que hay una sola cosa que si la perdemos nunca se puede recuperar: no el dinero ni las piedras preciosas, sino el tiempo que Dios nos dio en esta tierra.

¿SIENTES EL DOLOR DE TUS HERMANOS?

Y el Faraón se levantó en la medianoche…” (Éxodo 12:30).

Respecto a este pasaje, explica Rashi (cuyos comentarios son siempre concisos y expresivos y cuya obra es un componente clave para el entendimiento de la Torá): "El Faraón se levantó de su cama". ¿Qué es lo que Rashi quiere enseñar con este comentario? Parece demasiado obvio. ¿De dónde se iba a levantar el Faraón, sino de su cama? Nuestro querido padre, Rav Meshulem Halevi Jungreis ztz"l nos relató una historia que clarifica el comentario de Rashi.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hungría fue uno de los últimos países europeos que fue ocupado por los nazis. Pero antes de la ocupación alemana, los jóvenes judíos fueron reclutados para trabajos forzados. Al hermano mayor de nuestro padre, Iosef Dov, un joven brillante en el estudio de Talmud, una noche la policía militar húngara lo obligó a subir a un camión y lo llevaron a un campo de trabajos forzados. Desde ese día su madre, nuestra abuela la Rebetzin Jaia Sara, se rehusó a ir a la cama. Ella se pasaba toda la noche sentada en su silla, llorando y rezando por Iosef Dov. Su hijo menor, nuestro padre, era el único que quedaba en la casa. Él sintió la responsabilidad de cuidar a su madre y le imploró que se acostara y descansara.

"¿Cómo puedo descansar? ¿Cómo puedo acostarme en mi cama cuando Iosef Dov no está aquí?", le respondió en medio del llanto. Así fue que ella pasó las noches sentada en su silla hasta el día en que llegaron los nazis y la deportaron junto con toda la familia a Auschwitz, donde la mayoría fueron asesinados en las cámaras de gas.

Egipto estaba en llamas. En cada hogar había devastación, pero el despiadado Faraón dormía en su cama.


NOTAS

1. Éxodo 10:2.
2. Ibíd. 12:2.